Recomendaciones

28/04/2010

Una mosca en el plato, de Iñaki Garay

¿Estos eran los brotes verdes?, de Juan Ramón Rallo

Estupideces, falsedades y errores, por Carlos Alberto Montaner

Five Myths About Green Energy, by Robert Bryce

Peak Everything?, by Ronald Bailey


El lenguaje antiliberal

28/04/2010

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

A menudo se enseña a los niños a no mentir, porque la falsedad va contra la naturaleza de la comunicación, y no se les explica mucho más acerca de la funcionalidad del lenguaje. Algunos pensadores, poco conocedores de su naturaleza evolutiva, parecen creer que el lenguaje humano sólo sirve (o sólo debería servir) para describir con precisión, claridad y concisión la realidad y compartir información de forma imparcial y desinteresada. Bastantes personas ignoran cómo el lenguaje se utiliza para la manipulación.

El lenguaje es una herramienta cognitiva que sirve para la interacción, el acoplamiento, la cohesión y la coordinación social (saber qué hacer juntos y cómo organizar las tareas). Algunas teorías evolutivas del lenguaje explican que el lenguaje puede surgir en sujetos aislados que no necesitan coordinarse con otros individuos: pero incluso entonces su utilidad es la comunicación entre diversos subsistemas de la sociedad de la mente, que no pudiendo comunicarse internamente de forma directa dentro del cerebro lo consiguen mediante un área de memoria de trabajo común o incluso saliendo al exterior mediante la expresión verbal y volviendo a entrar mediante la audición.

El lenguaje permite la transmisión racional de información objetiva, expresando hechos verdaderos acerca del mundo real, pero esa no es su única función ni su aspecto principal. El habla es una acción y también un medio para la acción: al hablar el emisor actúa sobre los receptores, influye sobre ellos, altera su estado mental, provoca emociones y cambia su conducta.

Estas interacciones y sus efectos pueden ser inconscientes o involuntarios, como cuando un miembro de un grupo percibe una amenaza, siente miedo y emite un grito que alerta y asusta a los demás, que pueden prepararse o escapar. Conforme los animales se hacen más inteligentes y conscientes perciben las relaciones entre las expresiones verbales y los efectos que producen en los demás, aprendiendo a utilizarlas en su propio beneficio (en ocasiones mediante el engaño y la distorsión de los mensajes). El hablante se transforma en un persuasor o seductor, que intenta provocar diversas acciones de sus oyentes para así utilizarlos como medios para la obtención de sus propios objetivos. Los sujetos participantes en actos comunicativos también pueden aprender a defenderse de la manipulación ajena, no creyéndose todo lo que les dicen o sospechando intereses ocultos. La existencia del lenguaje origina una carrera de armamentos evolutiva, desarrollando progresivamente mejores habilidades para su uso y para la defensa ante su abuso.

Los agentes sociales deben resolver problemas de coordinación de sus acciones grupales y de gestión de la confianza para la cooperación. Al actuar como un todo el grupo necesita tener un objetivo común, una sintonía o coherencia que permita que los esfuerzos vayan en la misma dirección y se potencien o complementen mutuamente en lugar de interferir de forma destructiva. Esta meta puede ser propuesta por algún individuo que intenta convencer a los demás de la conveniencia o necesidad de realizar alguna acción; otras personas pueden tener otras ideas diferentes, posiblemente incompatibles, y cada uno argumenta de forma competitiva según sus preferencias y creencias.

Pero el lenguaje que manifiesta la argumentación puede ocultar los intereses reales de cada sujeto. Sea o no sincero el orador que intenta animar a una acción colectiva (su intención no declarada podría ser egoísta y no altruista como pretende), su discurso se refiere al bien común, al interés ajeno (todo es por el bien de los oyentes): habla en plurales colectivos (debemos, queremos) o con formas impersonales (hay que, es necesario). El individuo puede fracasar en su intento de motivar y coordinar la acción social, pero al menos da una buena imagen de altruista interesado en los demás, un elemento en sintonía con el grupo.

Los grupos de interés se basan en alianzas que precisan fidelidad: los miembros necesitan emitir sistemáticamente mensajes que muestren su compromiso por la causa común. El individuo habla bien de su grupo no sólo para presentarse de forma positiva al exterior sino también para manifestar su adhesión. Los miembros de un grupo hablan para animarse y apoyarse mutuamente y para desacreditar a sus enemigos. Las ideas (por ejemplo las religiones), ciertas o falsas, sensatas o absurdas, sirven como cohesionadoras de los grupos, de modo que se fomenta la expresión de las creencias comunes y se penalizan los mensajes críticos que pueden perjudicar al grupo, especialmente si son ciertos.

La hipocresía es un rasgo natural en los agentes cooperativos que compiten por el estatus social. La comunicación sirve para hacer relaciones públicas, para presentarse ante los demás como un buen cooperador y así ganar el aprecio de los otros. La competencia por el estatus lleva a llenar el lenguaje de expresiones de buenos deseos hacia los demás, como los saludos rutinarios. Muchos mensajes sólo sirven para demostrar el reconocimiento y respeto hacia el otro, y estos hábitos se dan por supuestos, de modo que quien no los practica parece no ser neutro frente a los demás sino que aparenta desinterés y provoca emociones negativas, de rechazo. Aunque a menudo se mencionen sentimientos inexistentes, al no hablar de sentimientos parece que no se tienen.

La acción colectiva, especialmente a gran escala, a menudo implica algún perjuicio para otros (una típica actuación como un todo en los grupos es la guerra), sean miembros del propio grupo o de otros grupos. Los dirigentes simplemente declaran que sus actuaciones son por el bien común (o por el bien de los más débiles y necesitados) y no aceptan los deseos de los discrepantes de no participar: tal vez les dejan hablar o incluso votar, para desahogarse de forma inofensiva, pero no les permiten no contribuir una vez que el poder, sea en forma de mayorías o de minorías bien organizadas, ha decidido (la posibilidad de salida disminuiría drásticamente el poder de la acción colectiva). El crítico de la acción grupal, sea por escrúpulos ante la agresión contra otros o por ser víctima perjudicada, corre el riesgo de ser tachado de egoísta o traidor.

El lenguaje de las ciencias sociales, la descripción objetiva de la realidad humana, especialmente de hechos que cuesta asumir, resulta a menudo impopular, y se atiende más a los demagogos que apelan a las emociones, estimulan prejuicios enraizados y realizan bonitas promesas: la expresión de la preocupación por el bienestar ajeno suele importar más que el análisis intelectual de la realidad (porque son los intereses y las emociones, y no la búsqueda de la verdad, lo que en general mueve a la gente). Un parado puede ser técnicamente un trabajador potencial sin empleo a causa del intervencionismo estatal, pero resulta más evocativo presentarlo como un drama personal de angustia, incertidumbre y necesidad de ayuda.

El liberalismo enfatiza la no agresión y exige que la cooperación sea voluntaria y descentralizada pero no anima a ninguna cooperación concreta para ningún proyecto específico: algunos necios pueden acusarlo de promover la indiferencia, de defender privilegios de los poderosos o de estar a sueldo de intereses inconfesables. Es una filosofía política realista y sincera que no intenta ganar concursos de popularidad apelando constantemente a buenos sentimientos de solidaridad que casi siempre sirven para camuflar la coacción institucional.

El liberal puede intentar contrarrestar la demagogia colectivista y las tendencias liberticidas del uso del lenguaje de diversas maneras: explorar lo que no se dice, porque se calla intencionadamente (malicia) o porque no se piensa en ello (ignorancia); investigar las consecuencias de lo que se propone; llamar la atención sobre posibles estrategias de distracción de la atención; preguntar en nombre de quién se está hablando cuando se usan formas plurales, a quién pretende representar el orador (o es que no sabe hablar en primera persona); pedir precisión y concreción para evitar las vaguedades de términos que sólo se usan por sus connotaciones positivas o negativas; llevar más allá el mensaje lanzado, enfatizándolo aun más, para comprobar que es absurdo; preguntar sobre las acciones concretas que el sujeto está realizando por los demás, el ejemplo que debería estar dando ya que muestra tantos buenos sentimientos y reclama que todos ayuden; indagar si el sujeto pretende ser un desapasionado analista científico o un activista o agitador interesado.


Basura selecta

28/04/2010

The Machinery of Hopelessness, by David Graeber

Una apuesta por la formación, de Mercedes Cabrera, ex ministra de Educación

‘Tea Party’ español, de Lucía Méndez

Visados, el privilegio de la seguridad ciudadana, de Javier Cobo Valeri, presidente del Consejo General de Colegios Oficiales de Ingenieros Industriales

Seguridad laboral: la crisis no es excusa, de Marisa Rufino y Pedro J. Linares, secretarios confederales de Salud Laboral de UGT y CC OO

Son 826 las muertes reconocidas en España en el año 2009 y muchas más las silenciadas que, en el marco de la celebración del 28 de abril, Día Internacional de la Seguridad y Salud en el Trabajo, deben resonar en nuestra conciencia. Es inaceptable la poca atención que habitualmente suscitan, son muertes silenciosas, anónimas en la mayoría de los casos, y tenemos una deuda con todas y cada una de esas personas que mueren o enferman en su puesto de trabajo. Hoy, al menos, tenemos la obligación de recordarles y rendirles homenaje.


Recomendaciones

27/04/2010

David Calzada vs Goliat Uralde, de Fernando Díaz Villanueva

Tributos y votos, de Walter Williams

Las buenas intenciones no bastan para ayudar, de Ángel Martín Oro

Coming Up Short. What Michael Lewis’ The Big Short gets right—and wrong—about the financial meltdown, by Anthony Randazzo

A trade deficit with a babysitter, by Tim Harford


Recomendaciones

26/04/2010

DeLong on the Austrians, by Robert P. Murphy

Why Pretend?, by Robin Hanson

Greenpeace condecora al Instituto Juan de Mariana, de Gabriel Calzada

Pigou as public choice economist, not a Pigouvian, by Lynne Kiesling

The “sustainable” mantra -organic, local, and slow- is no recipe for saving the world’s hungry millions, by Robert Paalberg


Luces y sombras: Cómo construir una economía ‘verde’, de Paul Krugman

26/04/2010

Cómo construir una economía ‘verde’, de Paul Krugman

Las sombras:

Si escuchan a los climatólogos -y a pesar de la implacable campaña para desacreditar su trabajo, deberían escucharlos-, hace ya mucho que habría que haber hecho algo respecto a las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero. Aseguran que, si seguimos como hasta ahora, nos enfrentamos a una subida de las temperaturas mundiales que será poco menos que apocalíptica. Y para evitar ese Apocalipsis tenemos que acostumbrar a la economía a dejar de usar combustibles fósiles, sobre todo carbón.

Una vez que uno filtra las interferencias generadas por los grupos de presión, descubre que los economistas medioambientales en general coinciden en que con un programa basado en el mercado para hacer frente a la amenaza del cambio climático -uno que limite las emisiones poniéndoles un precio- se pueden obtener grandes resultados con un coste módico, aunque no despreciable.

La eficiencia no lo es todo. En concreto, no hay razón para suponer que los mercados libres generarán un resultado que consideraremos justo o equitativo. De modo que el argumento de la eficiencia del mercado no dice nada sobre si deberíamos tener, por ejemplo, alguna forma de seguro sanitario garantizado, ayuda a los pobres y demás. Pero la lógica de la economía básica dice que deberíamos tratar de alcanzar objetivos sociales mediante intervenciones posmercado. Es decir, deberíamos dejar que los mercados cumplan su función, haciendo un uso eficiente de los recursos del país, y luego emplear los impuestos y las transferencias para ayudar a aquellos a quienes el mercado pasa por alto.

La emisión de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero es un efecto externo negativo típico (el “mayor fallo del mercado que el mundo ha conocido jamás”, en palabras de Nicholas Stern, autor de un informe sobre el tema para el Gobierno británico).

Los modelos climáticos predijeron esto con mucha antelación, e incluso adivinaron la magnitud del aumento de las temperaturas con bastante aproximación. Mientras que es relativamente fácil idear un análisis que haga coincidir datos conocidos, es mucho más complicado crear un modelo que prediga el futuro con exactitud. Así que el hecho de que los creadores de los modelos predijesen correctamente hace más de 20 años el calentamiento mundial futuro les da una enorme credibilidad.

Los modelos basados en esta investigación indican que si seguimos añadiendo gases de efecto invernadero a la atmósfera como hasta ahora, terminaremos enfrentándonos a cambios drásticos en el clima. Seamos claros. No estamos hablando de unos cuantos días más de calor en verano y de un poco menos de nieve en invierno; estamos hablando de acontecimientos enormemente perjudiciales, como la transformación del suroeste de Estados Unidos en una zona de gran sequía permanente durante las próximas décadas.

Sin embargo, a pesar de la alta credibilidad de los creadores de los modelos climáticos, sigue existiendo una tremenda incertidumbre en sus previsiones a largo plazo. Pero, como veremos en breve, la incertidumbre es un argumento a favor de medidas más fuertes, no más débiles. De modo que el cambio climático exige pasar a la acción.

Cuando los compradores vayan a la frutería, por ejemplo, se encontrarán con que las frutas y las verduras que vienen de lejos tienen precios más altos que las locales, lo que será en parte un reflejo del coste de los permisos de emisión o impuestos pagados para enviar esos productos.

Dicho eso, podrían ser necesarias algunas normas específicas. James Hansen, el destacado climatólogo a quien se le debe atribuir gran parte del mérito de haber convertido el cambio climático en un problema prioritario, ha defendido enérgicamente que la mayor parte del problema del cambio climático se debe a una sola cosa, la combustión del carbón, y que hagamos lo que hagamos tenemos que dejar de quemar carbón de aquí a 20 años. Mi reacción como economista es que un canon caro disuadiría de usar carbón en cualquier caso. Pero es posible que un sistema basado en el mercado acabe teniendo lagunas, y las consecuencias serían terribles. Así que yo defendería que se complementasen las medidas disuasorias basadas en el mercado con controles directos del uso del carbón como combustible.

Fay un consenso aproximado entre los creadores de los modelos económicos en cuanto al precio de la actuación. Esa opinión general puede resumirse de la manera siguiente: limitar las emisiones frenará el crecimiento económico, pero no demasiado.

Después de todos estos análisis, resulta posible predecir cómo los productores y los consumidores de energía reaccionarán ante políticas que les pongan un precio a las emisiones, y qué coste final tendrán esas reacciones para la economía en su conjunto.

Pero, aunque sea improbable que estos modelos acierten en todo, está bien que, en vez de infravalorarlos, exageren los costes económicos de las medidas para abordar el cambio climático. Eso es lo que la experiencia del programa de tope y trueque para la lluvia ácida indica: los costes resultaron estar bastante por debajo de las predicciones iniciales. Y en general, lo que los modelos no tienen ni pueden tener en cuenta es la creatividad; sin duda, frente a una economía en la que hay grandes recompensas monetarias por reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, el sector privado encontrará formas de limitar las emisiones que todavía no están en ningún modelo.

La verdad es que no hay investigaciones creíbles que indiquen que tomar medidas enérgicas contra el cambio climático esté fuera de las posibilidades de la economía. Incluso si uno no confía plenamente en los modelos -y no debería hacerlo-, la historia y la lógica indican que los modelos exageran, no subestiman, los costes de la actuación climática. Podemos permitirnos hacer algo respecto al cambio climático.

Un arancel sobre el carbono sería un impuesto sobre los productos importados proporcional al carbón emitido al fabricar dichos productos. Supongamos que China se niega a reducir las emisiones, mientras que Estados Unidos adopta unas políticas que establecen un precio de 100 dólares por cada tonelada de emisiones de carbono. Si Estados Unidos impusiese ese arancel sobre el carbono, cualquier envío de productos chinos a Estados Unidos cuya producción conllevase la emisión de una tonelada de carbono estaría gravado con un impuesto de 100 dólares que se añadirían a cualquier otro impuesto. Esos aranceles, si fuesen impuestos por los actores más importantes -probablemente Estados Unidos y la Unión Europea-, ofrecerían a los países que no cooperan un incentivo considerable para que se replanteasen su postura.

A la objeción de que una política así sería proteccionista, una violación de los principios del libre comercio, una posible respuesta es: ¿y qué? Mantener los mercados mundiales abiertos es importante, pero evitar una catástrofe planetaria es mucho más importante.

Los propios creadores de los modelos climáticos se sienten cada vez más pesimistas. Lo que antes eran las peores situaciones posibles se han convertido en previsiones de partida, y algunas organizaciones han duplicado sus predicciones sobre el aumento de la temperatura en el transcurso del siglo XXI.

Podría haber cambios drásticos en el clima de algunas regiones a medida que las corrientes oceánicas se modifiquen. Siempre merece la pena tener en cuenta que Londres tiene la misma latitud que Labrador; sin la corriente del Golfo, Europa Occidental apenas sería habitable.

Podrían pensar que esta incertidumbre debilita el argumento en favor de la actuación, pero en realidad lo refuerza. Como ha sostenido Martin Weitzman, de Harvard, en varios artículos influyentes, si hay una posibilidad significativa de que se produzca una catástrofe absoluta, esa posibilidad -más que la cuestión de qué es más probable que suceda- debería dominar los cálculos de los costes frente a los beneficios. Y la de la catástrofe absoluta sí que parece una posibilidad realista, aun cuando no sea el resultado más probable.

Weitzman sostiene -y yo estoy de acuerdo- que este riesgo de una catástrofe, más que los detalles de los cálculos de los costes frente a los beneficios, es el argumento más poderoso a favor de una política climática rigurosa. Las previsiones actuales sobre el calentamiento global en ausencia de medidas para combatirlo están demasiado cerca de las clases de cifras que se asocian a las peores de las perspectivas. Sería irresponsable -resulta tentador decir que criminalmente irresponsable- no alejarse de lo que muy fácilmente podría resultar ser el borde de un precipicio.

Los economistas que analizan las políticas climáticas coinciden en algunos puntos clave. Hay un amplio consenso en cuanto a que tenemos que poner precio a las emisiones de carbono, y que este precio debe terminar siendo muy alto, pero que los efectos económicos negativos de esta política tendrán una magnitud abarcable. En otras palabras, podemos y debemos actuar para limitar el cambio climático.

Los defensores del big bang sostienen que el Gobierno debería tener mucha más perspectiva que los inversores privados. Stern, concretamente, defiende que los responsables políticos deberían dar la misma importancia al bienestar de las generaciones futuras que al de las actuales. Además, los defensores de la acción rápida sostienen que el daño debido a las emisiones podría ser mucho mayor de lo que indican los análisis de la política rampa, ya sea porque las temperaturas globales son más sensibles a las emisiones de efecto invernadero de lo que se creía, o porque el daño económico debido a una gran subida de las temperaturas es mucho mayor de lo que afirman los cálculos aproximados de los modelos rampa.

Como economista profesional, este debate me resulta doloroso. Hay personas inteligentes y bienintencionadas en ambos lados -algunos de ellos, como suele ocurrir, viejos amigos y mentores míos-, y ambos lados se han apuntado algunos tantos importantes. Desgraciadamente, no podemos declarar un empate honorable, porque hay que tomar una decisión.

Personalmente, me inclino por la opinión del big bang. El argumento moral de Stern a favor de amar a las generaciones no nacidas igual que nos amamos a nosotros mismos puede resultar demasiado fuerte, pero se puede argumentar convincentemente que la política pública debe tener una perspectiva mucho más amplia que la de los mercados privados. Y lo que es más importante, las recomendaciones de la política rampa se parecen demasiado a la realización de un experimento muy arriesgado con el planeta entero. La política preferida por Nordhaus, por ejemplo, estabilizaría la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera a un nivel que es aproximadamente el doble de la media preindustrial. Según su modelo, esto sólo tendría unas consecuencias moderadas para el bienestar mundial; ¿pero hasta qué punto podemos confiar en esto? ¿Cómo podemos estar seguros de que esta clase de cambios en el medio ambiente no conduciría a una catástrofe? No lo bastante seguros, diría yo, especialmente porque, como he señalado antes, los creadores de modelos climáticos han elevado radicalmente sus cifras aproximadas de calentamiento futuro en tan sólo los dos últimos años.

Así que, básicamente, me quedo con el argumento de Martin Weitzman: la probabilidad no insignificante de un desastre absoluto es la que debe dominar nuestro análisis político. Y eso es un argumento a favor de las medidas agresivas para frenar las emisiones ya.

Sabemos cómo limitar las emisiones de gases de efecto invernadero. Tenemos un buen conocimiento de los costes, y son asumibles. Todo lo que necesitamos ahora es la voluntad política.


Basura selecta

26/04/2010

Otro modelo de consumo, de Esther Vivas, miembro de la Red de Consumo Solidario

La peor política posible, de Juan Francisco Martín Seco

El club de los que siempre tienen razón, de Jesús Maraña

Tener siempre la razón puede parecer algo aburrido, pero no lo es, a juzgar por la insistencia que ponen en tal empeño quienes poseen ese don en exclusiva y para la eternidad. Lo mismo da si se trata de economía que de política. Quienes defendieron durante años la absoluta desregulación de los mercados como receta mágica para el crecimiento económico culpan ahora de la crisis financiera a los fallos de los órganos reguladores. Los altos ejecutivos que cobraban incentivos multimillonarios por provocar el hundimiento de valores y economías divulgan ahora sus recetas para superar la recesión. Los especuladores que arruinaban industrias sermonean a los estados para que pongan coto al déficit público.

La furia político-económica proexportadora del gobierno alemán, vista por un sindicalista, de Michael Schlecht, ex secretario económico de Ver.di (el sindicato del sector servicios alemán) y hoy portavoz de economía del grupo de La Izquierda alemana en el Parlamento federal.

Estratagemas al descubierto, de Carlos Balado, director de Obra Social y Relaciones Institucionales de la CECA