Basura selecta

La libertad, según FAES, de Marco Schwartz

Cuando Margaret Thatcher llegó al poder en Reino Unido, en 1979, el general chileno Augusto Pinochet llevaba seis años al frente de una de las dictaduras más brutales de la historia latinoamericana. Thatcher era una ferviente admiradora del modelo económico ultraliberal impuesto a la fuerza por Pinochet y su implacable aparato represivo. En 1982, cuando el gurú del liberalismo Fredrich von Hayek propuso a la premier británica aplicar la receta en su propio país, esta le contestó: “Estoy segura de que usted entenderá que, en Gran Bretaña, dadas nuestras instituciones democráticas y la necesidad que aquí existe de alcanzar un elevado nivel de consenso, algunas de las medidas adoptadas en Chile son del todo inaceptables. Nuestra reforma debe ser conforme a nuestras tradiciones y a nuestra Constitución”.

Lo que estaba en marcha en el laboratorio chileno era la instauración de la ley de la selva, la consagración del darwinismo social en toda su violenta magnitud. Una manera despiadada de concebir la humanidad que Thatcher (pese a sus reservas iniciales) y su amigo estadounidense Ronald Reagan implantarían en sus países y en buena parte del mundo por tres décadas, hasta el día de hoy.

El martes pasado, FAES, la fundación del PP que preside José María Aznar, otorgó el Premio de la Libertad a Thatcher, protectora de un cruel dictador y adalid de un modelo económico inhumano que ha ahondado las desigualdades y las injusticias en el mundo. Eso sí: era amiga de Pinochet. No de Castro o Chávez.

Exorcista Amorth dice que ataques al Papa por pederastia son obra de Satanás

¿Un Estado unido para limitar al mercado…?, de Jordi Sevilla

Soy más partidario de buscar soluciones que culpables. Pero de nada valen algunas soluciones si no modificamos, a la vez, aquellas actitudes y comportamientos que nos han conducido a una situación, no deseada, de crisis. Y, con mucha frecuencia, estos cambios que alteran posiciones de privilegio para algunos sólo se pueden llevar a la práctica desde el carácter imperativo de la ley y las normas. Es decir, desde la acción del Estado que, en la medida en que sea democrático, tiene un alma más humana que la del mercado cuya finalidad es, sólo y exclusivamente, ganar dinero persiguiendo, con egoísmo, el interés propio.

La socialdemocracia moderna persigue tres objetivos alcanzables mediante una acción pública racional: libertad real para llevar adelante el proyecto de vida que cada uno decida, igualdad efectiva de oportunidades […] y fraternidad entre quienes compartimos un proyecto constitucional con normas y procedimientos compatibles con distintas visiones sobre la vida, la religión o la moral. Remover los obstáculos sociales que impiden desarrollar ese proyecto y promover todas aquellas reformas institucionales que lo hagan posible […] es un programa político, pero también moral.

Otro fracaso del mercado, de Jorge Calero, catedrático de Economía Aplicada

Las que aún tienen que servir, de Isaac Rosa

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