Basura selecta

Déficit bueno o malo, de Alejandro Inurrieta

Choque de civilizaciones, de Ignacio Camacho

Para cualquier europeo contemporáneo, la universalidad de la asistencia sanitaria constituye una premisa elemental que desde hace décadas dejó de ser una reivindicación ideológica de parte para convertirse en un pilar axiomático del sistema. Sin embargo, en Estados Unidos se ha producido una verdadera rebelión de la opinión pública, de una intensidad que ya quisiera Esperanza Aguirre en su campaña contra la subida del IVA, ante una reforma en la que Obama ha empeñado el éxito de su Presidencia para dotar a los norteamericanos de un nivel de cobertura médica que en el mejor de los casos será similar al que había en la última España de Franco. Parece que más de la mitad de los ciudadanos está en contra de que sus impuestos sufraguen la factura clínica (privada) de los más débiles, actitud que a cualquiera de nosotros se nos antoja como mínimo de un descarnado egoísmo insolidario. Hay gente en la primera democracia del mundo que ha de vender su casa para costearse un tratamiento, y la medida recién aprobada aún dejará sin seguro a millones de desamparados. Tan tenaz y larga resistencia a la extensión del bienestar social -ni Rooselvelt ni Johnson ni Clinton pudieron hacer otra cosa que estrellarse en similares intentos, y ya veremos cuántos votos le cuesta a Obama el éxito del suyo- provoca notable estupor en la mentalidad mayoritaria de una Europa de cultura proteccionista, para la que el contumaz individualismo liberal yanqui plantea una interesante variante democrática del choque de civilizaciones.

Por encima de la cohesión social, en América prima la impermeabilidad histórica del culto sagrado a la libertad del individuo. Se trata de una cuestión de principios que tiene que ver con la herencia moral de los padres fundadores, y que se traduce en una desconfianza primordial sobre la intervención del Estado. Muchos ciudadanos de la Unión detestan que el Gobierno organice o se inmiscuya en sus vidas, sobre todo si lo hace a través de subidas de impuestos. El keynesianismo y demás derivados socialdemócratas siempre han estado allí bajo sospecha, y está por ver hasta qué punto Obama va a pagar por su esforzada victoria una cuenta políticamente muy gravosa. Porque además de los principios va a necesitar el concurso de la eficacia, que en los USA no tiene que ver sólo con el servicio que se presta sino con su precio. No basta con reformar el sistema; tendrá que demostrar que funciona y sobre todo que puede financiarlo. En eso también existe una diferencia sustancial con el criterio dominante a este lado del Atlántico, donde el déficit goza de una establecida y relajada permisividad. Los españoles, por ejemplo, que disponemos de una sanidad pública tan excelente como ruinosa, aún no sabemos hasta cuándo ni cómo podremos permitirnos nuestro alegre aunque muy popular dispendio. Y quizá no esté lejano el día en que tengamos que planteárnoslo.

Separation of Health and State Debate, by David Balan

¿Pensiones públicas o privadas?, de Júlia Montserrat, profesora de la Universitat de Girona

El ahorro para la etapa de la jubilación gestionado por una institución pública es un concepto moderno típico del Estado del bienestar, que se asienta sobre el valor de la solidaridad con el fin de lograr una redistribución de la riqueza y mejorar la situación económica de la sociedad en general. Promover el valor de la individualidad –cada uno tiene que velar por su pensión– en lugar de promover el valor de la solidaridad –pensiones dignas para todos– conllevará un empobrecimiento de la población en su conjunto. No vale el sálvese quien pueda.

La primera victoria de Obama, por Antoni Segura, catedrático de Historia Contemporánea de la UB

El sistema de cobertura sanitaria en Estados Unidos presenta un déficit histórico que la reforma sanitaria de Barack Obama, aprobada anteayer en el Congreso, trata de paliar.

En el caso de los seguros privados, sucede que los asegurados con primas más bajas se encuentran a menudo en la disyuntiva de tener que priorizar determinados tratamientos por encima de otros relacionados con enfermedades o accidentes menos graves. No es extraño, pues, que países con una red sanitaria privada –o pública– más barata y accesible, pero eficaz, reciban enfermos estadounidenses para su tratamiento.

Las compañías aseguradoras deberán renunciar a algunos de sus privilegios como poner límites al costo del tratamiento clínico, cancelar pólizas cuando el asegurado contraiga una enfermedad grave o no aceptar niños con patologías previas.

El sistema no es todavía homologable a la cobertura sanitaria pública de la mayoría de los países de la UE, pero es un paso importante en la normalización de un sistema sanitario que no está a la altura de la capacidad económica de EEUU. Estamos ante la primera gran victoria de Obama que, con esta reforma, ha conseguido sacar adelante uno de los principales puntos de su programa electoral y empezar a cerrar un déficit histórico que venía planteándose sin éxito por diversas administraciones desde el final de la segunda guerra mundial.

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