Asientos reservados

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Hace algún tiempo en mi pueblo organizamos una reunión en un local vacío que tuvo tanto éxito que continúa de forma indefinida desde entonces. Resulta que en el local no hay sillas, que con la tecnología existente resultan ser muy resistentes (no se estropean con el uso) pero sin variedad: son bienes duraderos todos iguales (bienes fungibles, que dicen los economistas, indistinguibles unos de otros).

Recuerdo que la primera vez que estuve llevé una silla y la utilicé un rato mientras estaba sentado conversando con un amigo. Al rato me apeteció levantarme a bailar y me surgió un problema: es difícil moverse cargando todo el rato con la silla. Dejarla abandonada a su suerte no es buena idea, ya que podría haber ladrones, así que le pedí a un amigo que me la guardara hasta mi vuelta. Algo más tarde ese mismo día apareció una amiga que vino sin silla, y yo caballerosamente le presté la mía para que se sentara, por lo cual quedó muy agradecida. Pronto mi amigo se ausentó un rato y me pidió que le guardara su silla, y como yo estaba de pie le dije que si no le importaba me sentaría en ella; antes de que él volviera llegó una segunda amiga y yo, de nuevo caballeroso, le presté la silla de mi amigo, quien al volver entendió la situación y no se enfadó por ello.

Como tengo algo de perspicacia empresarial veo que hay dos diferentes oportunidades de negocio: guardar y prestar sillas, servicios para los cuales quizás la gente no siempre tenga amigos a mano. Así que al día siguiente voy con unas cuantas sillas y me instalo en una zona con dos partes diferenciadas: un servicio de custodia de sillas y un servicio de préstamo de sillas. Cobro según la cantidad de sillas y la duración del servicio, que a veces no es predeterminada (plazo fijo pactado al comienzo del servicio) sino que se extiende hasta que me pidan la silla guardada o me devuelvan la silla prestada; también puede suceder que yo decida devolver una silla guardada o reclame una silla prestada.

El negocio es rápidamente un éxito, y como trato con mucha gente y algunos no son conocidos tengo que llevar un registro básico. En el lado de la custodia de sillas le doy a cada uno un recibo por el cual me comprometo a entregar una silla ante la entrega del mismo. Algunos recibos son personalizados con el nombre del dueño de la silla, porque así aunque les robaran el papel el ladrón no podría reclamarla; aun así si se quiere que otra persona recoja la silla es posible transferir estos recibos a otra persona demostrando de algún modo en el documento que la transacción ha sido voluntaria. Por comodidad algunos recibos se hacen al portador: no importa la identidad de quien reclame la silla. En el lado del préstamo de sillas son los prestatarios quienes me dan a mí un reconocimiento de deuda por el cual se comprometen a devolverme la silla al final del tiempo pactado (o cuando yo se la reclame si es el caso).

Alguna vez me ha pasado que no me han devuelto una silla prestada: así he descubierto que los préstamos tienen riesgo, que es necesario fijarse en la fiabilidad o crédito del prestatario y ajustar mis tarifas según el riesgo de pérdida.

Normalmente tengo buen ojo para calcular cuántas sillas debo tener en el local, y si me hacen falta más puedo salir a una tienda cercana y comprar alguna más. Cuando me sobran sillas el mismo dueño de la tienda me las recompra, siempre a un precio menor al de venta por aquello de la diferencia entre el precio pedido y el precio ofrecido: la diferencia de todos modos no es muy grande porque al ser las sillas indestructibles el mercado de sillas nuevas y de segunda mano es el mismo.

En una ocasión sucedió que se agotaron mis sillas prestables, en la tienda no tenían más y todavía había personas que querían una. Mi perspicacia empresarial me llevó a pensar que quizás hubiera gente en el local que estuviera dispuesta a prestarme sus propias sillas, que yo a su vez podría seguir prestando a otros. Me convierto así en un intermediario en el mercado del préstamo de sillas: por un lado me las prestan a mí (yo debo esas sillas, tengo una deuda frente a otros o pasivo, que dice mi contable) y por el otro yo se las presto a otros (me deben sillas, tengo un activo, otros tienen una deuda frente a mí) a un precio ligeramente superior. Mis beneficios proceden de coordinar a distintas partes que no se han dado cuenta de la situación de los demás y no saben que podrían establecer relaciones mutuamente ventajosas con ellos: mi negocio es el punto de encuentro entre quienes les sobran y les faltan sillas.

En el negocio de la intermediación del préstamo no sólo importan las cantidades, los precios y los riesgos: también son muy importantes los plazos. Gestionarlos inadecuadamente puede poner mi negocio en peligro, ya que yo podría suponer un riesgo para mis prestamistas de sillas. Si yo recibo prestada una silla durante una hora lo más prudente es prestarla durante como mucho ese mismo plazo: así cuando me la reclamen de vuelta yo la tendré disponible.

Como algunas personas no saben cuándo van a sentirse cansados y querer sus sillas de vuelta, a veces me las prestan a la vista, o sea hasta que reclamen su devolución. Para no tener problemas con los plazos yo estas sillas también las presto a la vista y las reclamo cuando me las reclaman a mí. Algunas personas se ponen un poco nerviosas y creen que podría haber conflictos de doble disponibilidad sobre estas sillas, pero yo intento explicarles la situación quitando de en medio al intermediario para ver si así lo entienden: si tú me prestas la silla hasta que me la reclames de vuelta, el hecho de que me la prestes muestra que no la estás usando, y dispondrás de nuevo de ella a partir del momento en que me la pidas; yo la utilizo y dispongo de ella hasta que me la pidas.

Como mi negocio iba tan bien eventualmente surgió la competencia. Alguno procedió de forma deshonesta, prestando las sillas que le habían entregado en custodia: cobraba por ambos lados, cuando las recibía y cuando las prestaba. Yo lo denuncié y su negocio se fue a pique al perder la confianza de la gente.

De todos modos el negocio de la custodia es muy pequeño y tiende a desaparecer: mis clientes se dan cuenta de que si me prestan sus sillas y yo a su vez las presto con prudencia pueden recuperarlas cuando quieran, o sea que es casi como si las tuvieran guardadas (con algún pequeño riesgo) y no sólo no pagan por ello sino que incluso reciben un pequeño pago a cambio. Si algún cliente no se da cuenta yo mismo se lo propongo y son pocos los que insisten en que custodie sus sillas, para lo cual suelo usar unas cajas cuyos candados guardan ellos mismos.

Normalmente mantengo sin prestar una pequeña reserva de las sillas que me prestan para poder devolverlas en seguida sin tener que ir a buscar a mis deudores. Algunos economistas (por otra parte grandes pensadores) de la Escuela Oriental (porque por lo general están bien orientados) dicen muy indignados moralmente que esa reserva fraccionaria es ilegítima, fraudulenta, que disfruto de algún privilegio legal, que no podría hacer frente a todas las reclamaciones de sillas si se presentaran a la vez, que estoy generando múltiples y conflictivos derechos de propiedad, que los préstamos sin plazo prefijado son una aberración y no sé qué horrores más de un ciclo barato en el cual la gente cree que podrá estar sentada y resulta que se queda de pie. Me parece a mí que teorizan demasiado y no entienden el negocio.

Además me sorprende que no vean que el principal problema de este negocio puede venir de los plazos descalzados. No se trata de que no lleven zapatos, sino de que yo tome prestadas sillas a corto plazo y luego las preste a largo plazo (y por lo tanto sin derecho a exigirlas por mucho tiempo): si no tengo mucho cuidado mi negocio podría quebrar si me reclamaran simultáneamente muchas sillas y yo no encontrara quien me las prestara o vendiera. Y digo que es un problema porque la tentación para caer en esta práctica es muy fuerte, ya que el precio del préstamo de sillas por unidad de tiempo es casi siempre más barato a corto plazo que a largo plazo, y algunos listillos aunque no saben las reglas de este deporte quieren arbitrar esas diferencias. Como yo soy un empresario de una madurez ajustada no cometo este error: tengo muy en cuenta la posible desconfianza de mis clientes y la competencia real o potencial de otros empresarios.

Algunos listillos granujas están intentando organizar un oligopolio de intermediarios del préstamo de sillas: quieren restringir la competencia, montar una institución coactiva y obligatoria para la producción centralizada y planificada de sillas financiadas con impuestos que les permitan desajustar sus plazos y obtener sillas baratas en caso de necesidad, y prometer sillas pero en realidad prestar taburetes. Para que la gente siga prestándoles sillas y no se asusten van a imponer un seguro obligatorio que garantice la devolución sin importar lo arriesgado que sea cada intermediario. Como consigan todo esto me temo que aunque hasta ahora han sido indestructibles las sillas van a ver muy deteriorada su calidad y se van a parecer más a los bancos de la calle. Y lo vamos a pagar muy caro.

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