José Blanco gobierna y decide por ti

05/10/2009

Artículo en Libertad Digital.


Carlos Mulas y la socialdemocracia

03/10/2009

Según Carlos Mulas, director de la Fundación Ideas, donde ninguna tontería queda sin ser expresada, “los partidos socialdemócratas europeos no han sabido sacar beneficio político de la asociación entre la veneración que tiene la derecha por los mercados libres y las crisis económicas que asolan al continente”.

Al parecer la derecha venera los mercados libres: tal vez; la derecha suele ser creyente; la izquierda, sin embargo, tan sabia, científica y descreída, “sabe” que el Estado y el socialismo funcionan, sólo que no terminan de cogerle el tranquillo a los detalles cuando están en el poder. Los progres practican la asociación libre psicoanalítica y se les junta la crisis no con el mercado libre sino con su veneración: qué cosas. Tal vez haya que empezar a dejar que los mercados funcionen porque se sabe que lo hacen, y no como un acto de fe.

A Mulas de todos modos no parece interesarle si esa asociación es correcta o no. En política se trata de aprovechar lo que haya sin demasiados escrúpulos. Además del rollo político habitual nos cuenta algo que resulta especialmente raro viniendo de un progre irredento:

Mientras los beneficios de la globalización se repartieron ampliamente, los costes fueron soportados por unos pocos, normalmente colectivos de la clase trabajadora que alguna vez fueron la base de los partidos socialdemócratas.

Resulta que los mercados libres extienden ampliamente sus beneficios, no los concentran en los más pudientes como pretenden muchos demagogos envidiosos. Si los costes son soportados por unos pocos, tal vez se les pueda pedir que los asuman en nombre de un utilitarismo que considere el bien de la mayoría (¿no va de eso el bien común?). Lo que es extraño es que se pretenda que esos pocos son la clase trabajadora que votaba socialdemócrata: ¿no se supone que los trabajadores conscientes de su clase social son muchos y los capitalistas pocos?; ¿cómo es que la socialdemocracia ha gobernado alguna vez con esos presuntamente escasos apoyos?


Joan Majó y los impuestos

03/10/2009

Joan Majó, ingeniero y ex ministro socialista, está a favor de que suban los impuestos, “¡pero no ahora!”. Un liberal podría suscribir este principio si se aplicara siempre de forma consistente: hoy se pide que ahora no se suban los impuestos; cuando mañana sea hoy se pedirá que ahora no se suban los impuestos; y así indefinidamente, como aquel cartel de “hoy no se fía; mañana sí”.

Parece que Majó entiende algo sobre la crisis:

Somos menos ricos de lo que creíamos y, a base de endeudarnos, vivíamos por encima de nuestras posibilidades.

Pero lo estropea muy deprisa:

La solución de la crisis, nadie lo discute, pasa por aumentar mucho el gasto público en forma de inversiones que den ocupación y de ayudas que mitiguen situaciones socialmente difíciles.

Nadie lo discute: ¿es Majó tan tonto que cree que conoce a todo el mundo y sabe lo que piensan, o miente con total descaro? La solución a la crisis está en reducir el intervencionismo estatal, parte del cual se expresa como gasto público con la falacia de que hay que aprovechar los recursos que están ociosos y sólo el sector público puede permitirse hacerlo.

A medio plazo, los impuestos tienen que subir… Estamos en una perspectiva de incremento de impuestos en los próximos años. Modestamente, pienso que quien dice lo contrario se equivoca o intenta engañar.

Con socialistas de todos los partidos a cargo del gobierno no resulta aventurado predecir que los impuestos vayan a subir. Otra cosa es que esa subida sea una necesidad inevitable: la sociedad puede vivir mucho mejor con reducciones de impuestos que dejen el dinero en los bolsillos de sus legítimos dueños, los ciudadanos que se lo han ganado.

Mientras la crisis sigue presente y supone, entre otras cosas, una fuerte reducción del consumo, lo más inmediato es cambiar la tendencia y reactivarlo de forma selectiva y socialmente justa.

Así que los gobernantes van en contra de las preferencias demostradas de los ciudadanos, que prefieren ahorrar, reducir deuda y restringir su consumo: ellos van a reactivar el consumo, y encima de forma selectiva, en lo que ellos prefieran (cuando hablan de justicia se refieren a los mecanismos populistas más eficientes en la compra de votos mediante la distribución del expolio fiscal). ¿La democracia no consistía en que los políticos representaban la voluntad popular?

Creo un error y una injusticia seguir poniendo en el mismo saco las rentas del ahorro y las plusvalías de la especulación.

¿Qué diferencia hay entre ambas aparte de que una suena más o menos bien y la otra está cargada de connotaciones negativas? ¿Se va a privilegiar a la deuda en perjuicio de las acciones? ¿Es que no hemos tenido suficientes excesos de endeudamiento? ¿Se va a insistir en que el ahorro tiene que ser a largo plazo al mismo tiempo que se permite que los bancos desajusten la madurez de su activo y su pasivo de forma sistemática? ¿Y si los ahorradores se dedican a corregir desajustes a corto plazo? ¿Se les va a castigar por hacerlo?

Pienso que no hay errores de política. Creo que hay errores de oportunidad y aún más errores de comunicación. Por descontado, la oportunidad y la comunicación forman parte de la política.

Es curioso cuando la gente asegura que piensa al proferir sandeces que demuestran que no piensa en absoluto. Aquí se afirma que P es un conjunto vacío, que O y C no son conjuntos vacíos y que O y C son subconjuntos de P. Y el señor tiene título de ingeniero y ha sido ministro (pero esto último ya “todos sabemos” que lo puede ser cualquiera).


Recomendaciones

02/10/2009

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Posner, una nueva víctima de Keynes, de Juan Ramón Rallo.

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Magia y neurociencia


Ramón Jáuregui, el mercado y el Estado

02/10/2009

Ramón Jáuregui, eurodiputado socialista, quiere limitar las retribuciones variables (bonus, primas, blindajes, stock-options) en el sector financiero, en contra de “la doctrina oficial del pensamiento económico liberal”. Resulta que los liberales somos (o éramos) la oficialidad: y nosotros creyéndonos radicales marginados antisistema.

Más allá de las formulaciones técnicas que se adopten, una cosa es indiscutible: quienes despreciaban al Estado e idolatraban al mercado, han visto destruidas sus aparentemente firmes convicciones cuando la política en estado puro ha sido llamada con urgencia al quirófano de la crisis.

No se puede discutir, tal vez porque lo ha dicho un político que manda mucho desde muy lejos, allí en Bruselas. No menciona a ningún idólatra del mercado, ni ningún ritual, oración o sacrificio propiciatorio; quizás cree que los que defienden los mercados sólo tienen fe y convicciones en lugar de conocimiento y experiencia, algo que seguramente a él le es bastante ajeno.

Queda muy gracioso un político que presume de su intervencionismo coactivo, reclamado por él mismo y sus adláteres, que pretende culpar al mercado del veneno que ellos mismos han inoculado a la economía, y que ahora pretende ser cirujano cuando más bien es un carnicero depredador chapucero.

Es la economía, los bancos, las bolsas, las empresas, los trabajadores, la sociedad entera quienes miran angustiados a sus instituciones representativas para resolver los problemas. Y al hacerlo, las instituciones se reivindican como fundamentos de una organización social, de una sociedad política. Triunfa lo público frente a la expansión egoísta de lo privado y al individualismo descreído e insolidario.

Si es la sociedad entera ¿para qué ir sector por sector? ¿Y por qué habla de las empresas y no de los empresarios? La desfachatez de los políticos para describir falazmente la realidad no conoce límites: proyectan sus obsesiones, filias y fobias particulares y creen que las comparte la sociedad entera, sin darse cuenta con sus pocas luces de que basta un solo discrepante para falsificar sus afirmaciones; pretenden politizar, colectivizar, eliminar la libertad de esos individuos egoístas, insolidarios y descreídos (¿pero no éramos idólatras?). Naturalmente que triunfa lo público: tienen el monopolio de la violencia y no dan opción a decir que no.

Se reafirma el papel interventor y arbitral de la política sobre los intereses particulares del mercado. Es el orden democrático el que se refuerza frente a la desregulación y la intervención marginal del Estado, con que se nos veía intoxicando desde hace más de veinte años. ¡Justamente lo que proclama la izquierda!

Esos intereses particulares que sólo triunfan en el mercado si sirven de forma competente a otros intereses particulares, algo que debe ser feísimo. Pobre Estado marginal, miles de páginas de leyes y regulaciones no son suficientes para una clase política que claramente padece una intoxicación por algún tipo de droga que impide el pensamiento racional.

Los idiotas de la izquierda se creen moralmente superiores y juegan en sus delirios a ser árbitros, reguladores, interventores: en la realidad no son más que parásitos, megalómanos, metomentodos violentos.

La cumbre de Pittsburgh ha formalizado la decisión de los países más poderosos de la tierra (85% del PIB mundial) de constituirse en el gobierno del mundo, ante la evidencia de que los problemas que afrontamos son supranacionales y requieren respuestas globales. Desde la crisis financiera al cambio climático, desde la seguridad energética a la paz mundial, sólo las decisiones coordinadas y planetarias serán eficaces.

Decisiones planetarias: qué gran título para una obra de éxito… de ficción literaria. Porque los socialistas no entienden que el problema de la coordinación no se resuelve desde arriba, desde las cúspides del poder; sólo funcionan adecuadamente los órdenes libres y espontáneos, los que se proponen desde abajo y se ajustan localmente mediante pruebas, errores y aciertos adaptativos.

Pero, claro, la complejidad de diseñar una gobernanza a la globalización es enorme, especialmente en un marco en el que es imprescindible poner límites a los mercados sin coartar la actividad económica. Precisamente por ello debemos pensar más allá de los instrumentos, métodos y marcos teóricos convencionales. Debemos considerar ideas nuevas y transgresoras.

Parece que al menos les suena el problema de la complejidad. Pero no es imprescindible “poner límites a los mercados”, lo que en realidad hace falta es liberalizarlos de verdad y no de boquilla, liquidar los bancos centrales, eliminar las leyes de curso legal forzoso, acabar con la obligatoriedad de las garantías de los depósitos, y olvidar las garantías implícitas o explícitas a los que fracasen en la competencia del mercado.

Jáuregui sólo menciona dos ideas que ni son nuevas ni son transgresoras. La primera, “vincular la retribución variable de los altos ejecutivos no sólo a los beneficios, sino también a las pérdidas, de manera que las primas reflejen los verdaderos riesgos que se toman en la banca”. Esto serán las propias empresas privadas (si es que lo son realmente) quienes deban decidir si merece la pena y puede hacerse eficientemente: no son los burócratas y los tecnócratas los más capaces de tomar estas decisiones sobra las que saben más bien poco.

La otra “valiente” idea es la vieja estupidez de la Tasa Tobin sobre los movimientos de capital. Citar a otros socialistas, como el comisario Almunia, que cree que es una magnífica idea, o diversos ministros y altos cargos europeos, no sirve para dar validez a la idea, sino para demostrar que los colectivistas de todo el mundo comparten ampliamente las mismas memeces y tienen las mismas ganas de confiscar toda la riqueza ajena que puedan.

La base moral y política del discurso que soporta esta idea es inapelable. Resulta evidente que la crisis que vivimos ha sido creada por excesos de entidades y directivos pertenecientes a lo que genéricamente podríamos llamar el capital financiero del sistema. Los Estados de todo el mundo han tenido que emplear ingentes cantidades de recursos públicos para sanear los daños y garantizar el funcionamiento del sistema.

Es curioso cómo los más ineptos califican como inapelables sus sandeces; les gusta sobre todo si se trata de juicios morales en ámbitos sobre los cuales lo ignoran prácticamente todo. Los principales causantes de esta crisis han sido los gobernantes y sus banqueros centrales en sus intentos por controlar y dirigir los capitales financieros. Luego han metido mano en el dinero ajeno y han gastado sin freno para que pareciera como que hacían algo inteligente.

Y cuando los Estados quieren compensar sus gastos y reducir sus déficits públicos y recurren a la fiscalidad, las rentas más altas y las grandes fortunas, las rentas del capital, etc., no aportan nada porque se esconden del fisco o se escapan de él hacia espacios fiscales opacos. En consecuencia, somos los ciudadanos los que volvemos a endeudarnos a través del Estado o sufragamos el coste de la crisis con los impuestos indirectos (desde el IVA a los combustibles). ¿Es esto aceptable?

Es inaceptable que se gasten ingentes cantidades de recursos en salvar empresas fracasadas y mantener bancos y cajas de ahorros zombis. Es inaceptable que no se reduzca el gasto público. Es inaceptable que las rentas medias y bajas no puedan huir también de las despreciables manazas de Hacienda. Es inaceptable que sujetos con obvias taras mentales traten de diagnosticar problemas que no entienden y que receten curas que agraven al enfermo.

Quisiera terminar este artículo, como lo hacía el ministro alemán: Si alguien tiene una idea mejor, que la diga.

Jáuregui, escucha (o lee): cualquiera tiene una idea mejor que las tuyas. El problema es que no te vas a dar por enterado, y además ni quieres ni puedes entenderlas.

Pero ya que lo pides, un pequeño ejemplo de Gabriel Calzada en Expansión.