No impact man, not much brain man

Colin Beavan, “No impact man”, es un “progre con complejo de culpa que intenta salvar el planeta”. Se propuso vivir un año sin electricidad, sin comida preparada ni servida a domicilio (sólo consumió comida producida localmente), sin pañales de usar y tirar para su hija pequeña, sin papel higiénico y sin salir de su ciudad para descubrir si es posible vivir reduciendo al mínimo la cantidad de residuos y efectos nocivos para el medio ambiente generados por el consumo personal. Y no sólo eso, ahora quiere contarlo y captar prosélitos.

Nos educan pensando que la felicidad consiste en acumular cosas. Pero el día a día del experimento me enseñó que son las relaciones humanas lo que realmente me hace sentir bien. Además, comencé a leer sobre psicología de la felicidad. Una vez que tienes tus necesidades básicas cubiertas, cuando tu salario llega a unos 35.000 euros al año, todo lo que le añadas no aumenta tu calidad de vida. Pero, claro, eso nadie te lo dice. Te convencen para que trabajes sin parar para que ganes más dinero para poder seguir consumiendo, y resulta que lo realmente importante, estar con familia y amigos, lo descuidas.

¿Quién le ha educado tan mal? ¿Está acusando a sus padres o a sus profesores? Las relaciones humanas pueden proporcionar felicidad, pero también son fuente de desdicha, no son siempre un cuento de hadas. Curiosamente los psicólogos a veces recomiendan contra la depresión el salir a comprar algún capricho.

Beavan parece creer que su experiencia personal es extrapolable a todo el mundo, y que un salario tope determinado es ideal, de modo que mayores ingresos no mejoran en nada la calidad de vida, en contra de las preferencias demostradas por millones de seres humanos. Asegura que nadie le dice algo que acaban de decirle: ¿no sería mejor aclarar que nadie se lo había dicho a él hasta entonces?

¿Quién le ha convencido para que trabaje sin parar? ¿No estará intentando excusarse con inexistentes o dudosas influencias externas por sus pasadas decisiones personales que ahora cree equivocadas? Estar con familia y amigos ¿es lo único realmente importante? ¿Volvemos a las tribus pequeñas primitivas donde estamos todo el rato juntos y somos felizmente pobres?

Según la reportera, “Beavan creció pensando, como muchos de sus compatriotas, que la libertad de un país se mide en función de la cantidad de productos a elegir en el supermercado”. Otro que confunde riqueza con libertad: suelen ir asociadas, pero no son lo mismo. Parece que su mujer descubrió que “renunciar a algunas de sus debilidades la convertía de hecho en una persona más feliz y más sana”. Esto nos pasa a todos, solo que nuestras debilidades son diferentes: lo que para uno es un lastre para otro es una fuente de placer (la televisión, por ejemplo).

Según Beavan “El planeta está al borde de un cataclismo” y “es esencial que la gente dé pasos individuales para salvar al planeta. Lo único que tenemos para contrarrestar el poder de la industria energética que quiere mantener el statu quo es gente”. La misma moralina supersticiosa de siempre de las catástrofes y la salvación. Viva la gente ecoactivista o ecofanática que lucha contra la malvada industria energética.

Cada uno de nosotros tiene que contribuir al cambio, lo que pasa es que somos muy autocomplacientes.

A sus órdenes, faltaría más. Hay que, es necesario, todos tenemos que. Pero somos muy comodones, o quizás es que nos están intentando colar una gran mentira para manipularnos y no están respetando nuestras preferencias reales. Porque en realidad se trata de “convencer a toda esa gente, de que el coche o los pañuelos de papel son lujos que deberíamos aprender a tratar como tales y no como artículos de uso diario e imprescindible”. No hay valoraciones subjetivas, sino sólo necesidades o lujos objetivos.

Hay que demostrarles que consumir no les hace más felices. Es una cuestión cultural, así que hay que comenzar por cambiar nuestra cultura de consumo. Mi hija tiene ahora cuatro años y no quiere consumir. Creo que las personas no tenemos ese instinto de acumular cosas. Nos lo enseñan porque nuestras economías dependen del consumo.

¿Hay que demostrárselo como si fuera un axioma objetivo igualmente válido para todos? Resulta que a algunos tal vez sí les hace más felices consumir. No es algo simplemente cultural, puede tener que ver con el afán instintivo de superación de la especie humana, que tiene parte de dependencia de cosas materiales.

Su hija está copiando su actitud ante la vida, y esa debe ser toda la extensión de la evidencia empírica que le lleva a sus peculiares creencias.

Las economías intervenidas por la nefasta influencia keynesiana dependen del consumo: las economías libres dejan que cada cual consuma o no según sus preferencias siempre que respete los ámbitos de dominio de los demás.

Desde la Quinta Avenida de Nueva York y sin un trabajo real conocido, Beavan nos recuerda que “Medio planeta vive sin papel higiénico. Se lavan con agua”. Ni siquiera se plantea que tal vez preferirían lavarse con papel higiénico, a ser posible suave y aromatizado.

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