Francesc Reguant defiende la agricultura europea

Francesc Reguant, presunto economista experto en temas agrarios, asegura en ‘Contra el hambre, agricultura en Europa’:

A fuerza de ser proclamadas unánimemente, algunas afirmaciones se convierten en axiomas, en verdades indiscutibles. Pero la historia ha enterrado muchas de esas verdades evidentes y me atrevo a predecir cuál será una de las próximas: la idea de que el proteccionismo agrario –sin matices– de los países desarrollados es un gran freno al desarrollo de los países no industrializados.

La ignorancia es atrevida: atrévete a mostrarla sin miedo, Francesc.

Cuando se plantea una mayor liberalización, la agricultura surge siempre como actor en discordia. Uno de los protagonistas del fracaso de hace un año de la Ronda de Doha de la Organización Mundial de Comercio (OMC) fueron las cláusulas de salvaguardia de los productos agrícolas. Las posiciones intransigentes partieron de la India y no de los países desarrollados, entre ellos la Unión Europea y su política agrícola común.

Seguro que es cierto y todos nos creemos que la Unión Europea no pone ninguna pega a la liberalización agrícola. Los grupos de interés agrícola en Europa no tienen ningún poder. Los malos, como cuando jugábamos a los vaqueros, ahora resultan ser los indios.

Probablemente, la producción de alimentos sea algo demasiado sensible como para abandonarlo a la mano invisible del mercado.

Qué exquisita es la sensibilidad de la producción de alimentos, que no puede ser libre y competitiva, que necesita la protección coactiva del puño bien visible de papá Estado. Aunque sólo probablemente.

Si se produjera una brusca desprotección de las agriculturas desarrolladas, los resultados podrían ser totalmente perversos. Teniendo en cuenta los costes diferenciales (por la calidad, por las exigencias sanitarias y medioambientales) de la agricultura europea respecto de las de países menos desarrollados, la desprotección produciría una fuerte caída de la oferta agrícola europea, un abandono masivo de la actividad (las dificultades actuales de la agricultura europea pueden ser un síntoma real de ello).

Resultados perversos… ¿para quién? Tal vez para los agricultores, acostumbrados durante muchos años a vivir de la subvención, ahora dependientes e incompetentes. La calidad de un producto se consigue fácilmente en un mercado libre, pero no se impone por decreto: son los consumidores quienes deciden cuánta calidad están dispuestos a pagar a según qué precios. Los productores que se empeñen en ofrecer más calidad que la que el mercado reclama tenderán a desaparecer. La solución es ser competitivos, y el que se busque la protección legal contra otros competidores potenciales revela el fracaso propio.

Dado que Europa es un gran productor de alimentos, la consecuencia sería un alza brusca de los precios agrícolas en el mundo y una desviación del comercio hacia los países con mayor poder adquisitivo (Europa, entre ellos), con el resultado paradójico de nuevas carestías en los países menos desarrollados, los beneficiarios teóricos del fin de las subvenciones a los agricultores de la UE. El ajuste sería largo y doloroso, con secuelas y resultados indeseables.

Nadie obliga a los agricultores europeos a abandonar su actividad: pero no pueden hacerlo a costa de los demás ciudadanos europeos ni aprovechando las barreras comerciales levantadas contra los agricultores de otros países. La producción europea de alimentos es muy cara: si desapareciera, seguramente sería sustituida por la producción de otros países a precios más bajos. Además así Europa dejaría de descargar excedentes sobre países no desarrollados que destruyen sus sectores agrícolas.

Aunque la actual crisis económica ha desactivado el boom de precios agrícolas, es necesario recordar que las causas que lo produjeron siguen todavía latentes. De hecho, la guerra de los alimentos del siglo XXI ya ha comenzado. La prensa se ha hecho eco de las compras estratégicas de terrenos agrícolas en países menos desarrollados, por parte de países emergentes, para garantizar el aprovisionamiento futuro.

No se nos explica cuáles son esas causas del alza de los precios agrícolas, pero se nos asusta con una “guerra de los alimentos del siglo XXI”: nos vamos a tirar los pepinos y las lechugas a la cabeza… Bueno, no, resulta que el indicador de los movimientos bélicos es… ¡la compra de terrenos agrícolas!, algo enormemente agresivo e inaceptable.

El mundo no puede prescindir de la producción agrícola europea, ni Europa puede renunciar a unos grados determinados de autoabastecimiento alimentario ni de los beneficios y servicios aportados por una agricultura local viva.

Hay que tener muy poca vergüenza para defender con tanto descaro a un grupo de interés tan nocivo y parasitario como los agricultores europeos: “el mundo no puede vivir sin nosotros”. El grado de autoabastecimiento de cualquier país puede determinarse de forma espontánea mediante mecanismos de mercado libre (precios, beneficios y pérdidas), y no mediante las rimbombantes declaraciones de tecnócratas endiosados que pretenden hablar por todo un continente.

La seguridad alimentaria mundial debe situarse en primer lugar. Estoy de acuerdo con Sirkka-Liisa Anttila, ministra de Agricultura y Bosques de Finlandia, cuando afirma: «El único camino a través del cual la Unión Europea puede ayudar a erradicar el hambre en el mundo es asegurando que su propio potencial productivo se mantiene adecuadamente».

Francesc Raguant no está solo en su estupidez: así que sólo si nos autoabastecemos podremos ayudar a erradicar el hambre en el mundo dándoles a los pobres nuestros excedentes, logrando así mantenerlos dependientes de nuestras limosnas e impidiendo que desarrollen sus economías. Europa, potencia cultural, tecnológica, científica, industrial… y también agrícola. Si es que aspiramos a todo y no dejamos nada para los demás. Adiós a la especialización y al comercio mundial.

Y el camino del sostenimiento de la agricultura europea pasa indefectiblemente por un cierto grado de protección y regulación de los mercados agrarios. Los argumentos no proceden de razones paternalistas próximas a la beneficencia, ni de subterfugios justificativos más allá de la actividad productiva. Las razones son de interés general por la importancia estratégica de la agricultura, como sector básico de futuro. Tengamos en cuenta que en el escenario del siglo XXI la agricultura juega del lado de las soluciones, tanto en el ámbito alimentario como en los de la energía y el medioambiente.

El interés general y la importancia estratégica: las grandes palabras vacías de los necios que ocultan sus ataques a la libertad asegurando que no están perpetrando subterfugios justificativos, qué va.

Respecto a energía y agricultura, igual está sugiriendo los subsidios al etanol como combustible: una gran idea, seguro, para acabar con el hambre en el mundo matando a los hambrientos.

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