Xavier Sala i Martín sobre la prostitución

Xavier Sala i Martín escribe un artículo bastante acertado sobre la prostitución. Pero tiene un par de problemas.

Dice la sabiduría popular que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo. Aunque estrictamente hablando eso no puede ser verdad (en todo caso, el oficio más antiguo sería el del cliente que frecuentó a la primera prostituta, puesto que necesitaba haber trabajado en algún oficio para poder comprar sus servicios)…

Queriendo hacer una pirueta intelectual Sala se mete en un lío. Si se entiende por oficio una especialización con la que una persona se gana la vida ofreciendo sus bienes o servicios a los demás a cambio de algo de valor, la prostitución puede ser un oficio. Pero el cliente no necesita tener un oficio, puede ofrecer a la prostituta un bien, como la comida, que ha conseguido por sí mismo y que en general no ofrece a los demás. Además el argumento de Sala lleva a un regresión potencialmente infinita: si se dice que el primer oficio no fue la prostituta sino su primer cliente, se puede decir que no fue el primer cliente, sino el cliente de ese cliente, y así sucesivamente.

Otro asunto:

…en el proceso de intercambio de sexo por dinero, hay una persona inocente (y engañada) cuya salud es puesta en peligro por la conducta temeraria del hombre: la esposa. El marido tiene derecho a arriesgar su propia salud, pero no la de su pareja (o la de los amantes de esta, si los hay). Es decir, la amenaza a la salud de inocentes es una externalidad que necesita ser corregida.

¿Cómo? Los economistas han pensado dos maneras distintas… y ambas pasan por la legalización. La primera es la regulación: obligar a las trabajadoras de sexo a un control sanitario que garantice su salud y la de sus clientes. La segunda es la introducción de impuestos pigouvianos, parecidos a los que se usan para combatir la contaminación. Eso, además de equiparar la prostitución a todos los demás oficios que cotizan a Hacienda, encarecería la transacción, reduciría la demanda de servicios sexuales y disminuiría los incentivos económicos del hombre para practicar, voluntariamente, su outsourcing sexual.

Es curioso que Sala sólo piense en la esposa y no en las novias o amantes ocasionales del cliente. También resulta peculiar que un economista (por lo general utilitarista) hable de derechos con tanta desenvoltura. Parece dar por hecho que las infecciones venéreas son una agresión que viola un derecho, lo cual es posible pero debatible. Es posible considerar que la responsabilidad de que una enfermedad no se transmita esté en los receptores potenciales, quienes no tienen por qué dar por hecho que sus parejas sexuales están sanas y pueden exigir algún tipo de comprobación.

Y ya que se mencionan los derechos, si se entiende lo que es el contrato matrimonial se comprueba que el marido no tiene derecho a recurrir a la prostituta, ya que ha prometido formalmente fidelidad sexual a su esposa (resulta interesante analizar si la prostituta tiene derecho a tener clientes casados o si es cómplice en la vulneración de un derecho, de forma semejante a quien recibe bienes robados).

Las infecciones sexuales son externalidades negativas muy localizadas (es necesario contacto físico íntimo), no son como la contaminación atmosférica que la respiras aunque no hagas nada: el receptor del posible daño puede hacer algo al respecto. La externalidad no necesita ser corregida, sino que a algunas personas (pocas o muchas) puede interesarles reducirla: es posible que los costes (subjetivos) de la corrección sean mayores que la reducción del riesgo.

La regulación que obliga a las trabajadoras de sexo a un control sanitario que garantice su salud y la de sus clientes no es una medida muy liberal. La competencia en el mercado probablemente promoverá formas de certificar la salud de las prostitutas sin necesidad de coacción estatal (la cual al ser uniforme y burocrática no tendría por qué ser acertada). Y quizás haya clientes a quienes el coste adicional de la mejora marginal en la calidad no merezca la pena.

Los impuestos pigouvianos, si son sólo sobre la actividad y su precio, castigarían igual a prostitutas sanas que a enfermas, y a clientes casados o solteros, o a los clientes que usen siempre a la misma prostituta o solamente a prostitutas sanas (y que por lo tanto no infectan a nadie). Los impuestos obviamente encarecen la transacción y reducen coactivamente la demanda de servicios sexuales, lo cual implica que se dificultan transacciones voluntarias mutuamente satisfactorias.

2 Responses to Xavier Sala i Martín sobre la prostitución

  1. Pablo el herrero dice:

    Francisco, no le des demasiadas vueltas al tema. Para el caballero en cuestión (convenientemente ideologizado por el discurso feminista), como no podía ser de otra manera, en el tema de la prostitución el culpable siempre es el cliente… y por supuesto siempre que éste sea varón. Cuando es la mujer cliente de una prostituta o cliente de un hombre, ¡casualidad!, a las clientes nunca se las ve como culpables… ¡y eso que las clientes femeninas no dejan de aumentar! (tiene cara el “damo” éste afirmando que si el varón se va de putas su esposa es la víctima, pero se calla que sea el esposo la víctima si es esa esposa la que se va de putos).

    La cuestión a la que quiero llegar hace referencia al curioso y perverso razonamiento feminista de como en toda transacción libre entre un hombre y una mujer, siempre define como explotador al hombre, en tanto que lo que la mujer hace en esa transacción es un uso libre de sus derechos. En otras palabras, la feminista de turno (defensora ella de todas las mujeres, quieran o no quieran ser defendidas por las feministas), cuando imaginariamente se siente metidas en los zapatos de un prostituta, vienen a decir algo así como: “Tengo derecho a ser puta, pero si tu varón vienes a comprar mis servicios, eres el culpable de que yo los esté vendiendo”.

    Pero en todo lo demás que refiere al respeto a la libertad de elección de la prostituta para con su propia vida, créeme, a las feministas les importa un pepino, es más, es su objetivo, acabar en las mujeres con dicha libertad.

    Recuerdo que mi abuela le decía a mi madre: “hija, jamás cedas tu voz a nadie, pues el día que te quiten la voz, no tardando volverán… pero ya para quitarte la vida. ¡Y que larga se hace la vida hija, cuando te la quitan… y no te mueres!”.

    Por tanto, la pregunta en cuentión es: ¿Estas feministas a estas libres prostitutas, qué les están ofreciendo que mejore el resultado del intercambio que consiguen con sus clientes… y a cambio de qué? ¿De la pérdida de su libertad?

    ¿Quién hace mejor el papel de prostituta explotadora, la mujer que al vender libremente sus servicios sexuales permite a otros hombres y mujeres convertirse en sus clientes, o estas talibanesas feministas, que desean convertir a las prostitutas en sus clientes ideológicas a cambio de que ellas no vivan libremente la vida que quieren?

    Yo espero de las prostitutas, que al igual que mi abuela le decía a mi madre, ellas también, por nada del mundo, “jamás pierdan su voz”.

    Un saludo.

    Pablo el herrero

  2. Cha14 dice:

    Aunque la legalicen, la regulen, la prohíban, la autoricen, la toleren, la demonicen… la……la…. la…. etc etc.. jamas dejara de existir tal como la conocemos hoy, tal cual esta, que no se esfuercen en cambiar nada. Una mujer tiene mil formas de llamar a un hombre para ir a la cama por el( o para que él se vaya a la cama con ella), no hace falta que lleve minifalda ni que se ponga en una esquina, basta con un gesto (como quien juega a la brisca, una mirada y ya esta, en cuanto a la compensación, ambos pueden decir que fue gratis sin serlo ¿ y quien lo prueba?. diganle a los gobernantes que cambien de asunto que este esta perdido. Saludos.

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