Jordi Sevilla y el capitalismo

Según Jordi Sevilla, la presunta sensatez económica dentro del PSOE, “La teoría marxista de las crisis económicas” es “una de las más sólidas explicaciones de este fenómeno recurrente”. Seguro: con eso de la apropiación de la plusvalía, el empobrecimiento progresivo del proletariado, la disminución de los rendimientos del capital y todas las demás memeces marxistas.

La Gran Depresión de los años 30 del siglo pasado estuvo a punto de ser esa crisis final que se llevara por delante un capitalismo asediado no sólo por sus problemas internos y la presión de una lucha de clases evidente, sino también por la presión externa que representaba un sistema comunista recién implantado en Rusia que, todavía en sus albores, tenía gran poder de atracción. Tan grave fue la cosa que en esa convulsión social y política se encuentra el origen de los fascismos y nazismos y con ellos la antesala de la Segunda Guerra Mundial. El keynesianismo, por tanto, con un profundo cambio de las reglas de juego que legitimaba la intervención pública, no fue la principal consecuencia institucional de la Gran Depresión, aunque sí la más duradera.

La Gran Depresión no la generó el capitalismo sino la intervención estatal: manipulación monetaria y crediticia por la banca central, proteccionismo y barreras comerciales, diversas coacciones legales contra los empresarios, regulaciones que impedían ajustes de precios… El keynesianismo, un revoltijo de múltiples falacias, no legitimó la intervención pública sino que fue una fachada intelectual utilizada por los intervencionistas para engañar a los ignorantes de ayer y hoy.

Sevilla tiene un serio problema semántico, como muchas otras personas, cuando hablar del “capitalismo actual” como si el sistema socioeconómico del presente mereciera ese nombre cuando en realidad se trata de socialdemocracia, es decir de socialismo democrático, de ingeniería social parcial y redistribución masiva de riqueza. El capitalismo significa libre mercado y derechos de propiedad (sobre bienes de consumo y de capital), lo cual está muy lejos de la realidad actual. Pero no importa, parece que todo lo que no sea comunismo puro son variantes menores del capitalismo: el sistema se transforma negándolo pero seguimos usando el mismo nombre para criticarlo a gusto.

Presuntamente en Europa “el consenso socialdemócrata … estabilizó las fluctuaciones cíclicas y produjo una larga etapa de crecimiento y bienestar”. O sea que como Europa era (y es) una socialdemocracia, debe ser eso lo que estabiliza y produce prosperidad. Si no se sabe apenas nada de economía uno podría hasta creérselo, aunque no nos cuenten cuáles son los mecanismos causales. Que nadie se atreva a plantearse que la prosperidad se obtiene a pesar de la socialdemocracia.

La actual Gran Recesión estuvo a punto de convertirse en la crisis final del neocapitalismo el día que se dejó quebrar a Lehman Brothers. En las últimas décadas, el reconocimiento de que también existen los fallos del Estado justificó que los mercados financieros internacionales, un segmento de la economía muy activo y creciente, se construyera, en muchos aspectos importantes, al margen de la regulación, el control y la supervisión estatal.

Ahora resulta que tenemos “neocapitalismo”, qué original. Fíjense cómo los fallos del Estado existen “también”, o sea que son un detalle añadido, que lo que principal son los fallos del mercado. Es cierto que algunas partes de los mercados financieros estaban parcialmente no regulados: pero convendría recordar que la esencia del sistema está controlada directamente por el Estado mediante la emisión de moneda de curso legal, la cartelización bancaria y las múltiples regulaciones que sí existen sobre las operaciones financieras.

La desregulación, el Estado mínimo y la presunción de que los mercados libres se autorregulan son presupuestos del modelo que entró en crisis hace casi 100 años.

Como no tiene ni idea de lo que habla es difícil que comprenda qué es la autorregulación, el orden emergente espontáneo, la capacidad adaptativa de los sistemas complejos. Lo de “hace casi cien años” refleja que o es muy malo con los números o utiliza referencias históricas poco claras. La mención al Estado mínimo también es muy graciosa.

Cuando surgieron los primeros problemas con las subprime, se produjo una respuesta que combinó en distintas dosis los siguientes elementos: sorpresa, incredulidad, sensación de inmunidad, confianza en que el problema estaba acotado sin saltar a la economía real y que los daños serían mínimos y controlables. Es el tiempo en que se oyen con fuerza voces que reclaman aplicar soluciones de mercado a la crisis. Soluciones que reforzarían la ofensiva liberal para despojar al capitalismo de aquellas reformas intervencionistas de las que se dotó hace décadas como respuesta a la Gran Depresión y soluciones que, básicamente, consistirían en dejar que el mercado se ajuste libremente, y si alguien tiene que quebrar, que lo haga, porque ello depura y fortalece el sistema.

¿El capitalismo se dotó a sí mismo de reformas intervencionistas? Eso sería regulación espontánea pero no es historia ni teoría científica sino pura ficción: los políticos, agentes extraños y nocivos para un mercado libre, impusieron de forma coactiva reformas destructivas.

Es verdad que la Reserva Federal intentó encontrar compradores para Lehman. De nuevo una solución de mercado.

¿Es una solución de mercado que un organismo semiestatal (y con la parte privada cartelizada) busque compradores para una empresa? ¡Qué mercado tan curioso! Libre, más bien poco.

Pero cuando decidió dejarlo caer, en aplicación de sus principios liberales y convencidos de que la crisis estaba acotada, la cosa se les fue de las manos mostrando, una vez más y como ante la Gran Depresión, las debilidades de un sistema capitalista puro de mercado en un contexto tan interrelacionado. La quiebra de un banco como Lehman amenazó con arrastrar a otros muchos en medio de una profunda crisis de confianza (en los períodos excepcionales, el comportamiento humano no es racional como predican los manuales para situaciones normales, por eso existen burbujas especulativas y crisis económicas profundas) que pudo llevarse por delante al conjunto del sistema. Así, la quiebra de Lehman evidenció los límites del libre mercado y los riesgos sistémicos para el propio capitalismo de aplicar a las crisis soluciones de capitalismo puro.

Para un socialista la ineptitud respecto a la ciencia económica se da por supuesta. En cuanto hay algo de libertad ya asumen que se trata de capitalismo puro, ignorando todas las partes del sistema que están intervenidas o controladas por el Estado: como por ejemplo la banca, que no es en absoluto libre.

Sevilla es así el típico necio que quiere ayudarte y controlarte por tu propio bien. Se siente responsable y sensato evitando que el capitalismo se autodestruya. Qué amable.

A partir de esa evidencia, se puso en marcha la mayor operación de la Historia de apoyo público a la banca y a la economía. Ya no se deja caer a ninguna entidad financiera grande con el curioso argumento de que algunos son «demasiado importantes para caer» (si es así, deben de ser públicos) y se empieza a hablar de refundaciones del capitalismo y de profundas reformas institucionales. Entre otras, la sumisión de todas las actividades financiera a la regulación y supervisión de los bancos centrales, sin agujeros negros, la supresión de los paraísos fiscales o la revisión del sistema de incentivos para los directivos.

Si algo es demasiado grande para caer y se convierte en entidad pública tardará mucho más en caer pero hará mucho más daño mientras exista. Las cosas demasiado grandes para caer se solucionan eliminándolas cuando aún no lo son, y aclarando que no se va a salvar a nadie con esa excusa.

Se vive ahora un momento en el que parece que, de la mano del G-20, el impulso reformista del capitalismo se vigoriza a semejanza de lo ocurrido tras la Gran Depresión y que vamos a volver a vivir una época de grandes transformaciones sociales impulsadas desde la racionalidad política y económica. Fracasada con Lehman la solución de mercado, entraríamos en la solución de Estado. El problema es que ahora, con la Gran Recesión, no existe ni la presión externa de los modelos alternativos ni la interna de una potente lucha sociopolítica con fines alternativos. Y, sin competencia, parece que los anhelos reformistas están languideciendo.

Racionalidad y política son básicamente antónimos, como demuestra este político (ahora ex) que de razonar sabe más bien poco. Resulta curioso que considere positivo que existan modelos alternativos (como los comunistas en todas sus variantes) para tomar partes de ellos: los seres humanos que sufran bajo esos sistemas destructivos no parecen ser tenidos en cuenta.

Obama ha aprobado una reforma del sistema normativo para las entidades financieras, pero se está quedando varado ante la reforma sanitaria. La UE ha hecho cambios relevantes sólo perceptibles por los expertos. Y el G-20, que celebrará otra reunión en breve, se atasca con las reformas sistémicas ante la perdida de fuerza transformadora conforme pasa lo peor de la crisis. Con ello, la alternativa político-estatal también está mostrando sus limitaciones. Si es así, estaremos incubando ya la próxima burbuja con su crisis correspondiente, porque, a estas alturas, me temo que ya sabemos que esta vez el mundo no va a cambiar de base. Aunque debiera.

Claro que “debería” cambiar de base: hacia un sistema libre, el que Sevilla despacha tan deprisa con sus pocas luces, que él sigue pretendiendo largas.

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