Aurelio Arteta, las armas y el Estado

Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía Moral y Política de la UPV, y miembro portavoz de UPyD, junta en un solo artículo casi todas las sandeces que pueden escribirse acerca de la libertad de posesión de armas en Estados Unidos, aliñadas con necedades impropias de alguien que se supone que debe saber algo sobre filosofía política.

Comienza describiendo al Estado como “una unidad política con capacidad de mantener la paz civil de su territorio” para lo cual requiere “el monopolio en el uso de la violencia legítima”. Todo esto ya es muy problemático, porque en general los Estados son éticamente ilegítimos: la presunta legitimidad de su violencia se la otorgan a sí mismos, igual que el presunto derecho a excluir toda posible competencia en la prestación de sus supuestos servicios de mantener la paz civil. Los súbditos de los Estados no son consultados individualmente respecto a si desean o no participar de esa unión política: simplemente quedan adscritos a ella por el simple hecho de vivir en un determinado lugar sobre el cual el Estado reclama jurisdicción plena. Dicho territorio tiene además una extensión arbitraria.

Los hechos que originan la “reflexión” de este funcionario de la universidad pública y aspirante a representante político son las “matanzas periódicas que estremecen aquel país”. Como si solamente sucedieran allí. Y se pregunta “¿Para cuándo enmendar la Segunda Enmienda?” y “prohibir la compraventa de armas de fuego”. Es muy generoso por su parte preocuparse de un problema de un país que no es el suyo y proponer una enmienda política sobre la cual él nunca podrá votar. Pero convendría que espabilara un poco intelectualmente, porque su análisis es superficial e incompleto, y sus argumentos muy débiles: no comprende ni la realidad de las armas en Estados Unidos ni la fundamentación de la Segunda Enmienda.

Sabemos por los clásicos que un Estado nace cuando sus miembros consiguen superar el miedo de todos a todos por preferir el miedo de todos a uno. Tal parece el requisito para lograr nuestro deseo más básico, que es obtener la máxima seguridad en la conservación de la propia vida. Todos, salvo los asesinos natos, hemos firmado una renuncia a defendernos por la fuerza, un acuerdo de confiar las armas al soberano para que éste nos defienda mediante ese poder común.

¿Lo sabemos por los clásicos? ¿Todos los clásicos dicen lo mismo? ¿No podría mencionar a alguno, por ejemplo a Hobbes o a Locke, que no dicen lo mismo? ¿Quién decide quiénes son los clásicos? ¿No ha habido anarquistas entre los clásicos? ¿Y desde cuándo el principio de autoridad es fuente segura de conocimiento? ¿Los clásicos no se equivocaban nunca?

Esta explicación del nacimiento de un Estado es patética, y creérsela y difundirla refleja una ignorancia espantosa. Los humanos nunca se han tenido miedo todos a todos (es muy difícil temer a todo el mundo), y nunca se han puesto unánimemente de acuerdo en sustituir ese miedo universal inexistente por un miedo particular a un individuo (el mismo para todos, además). Así no se obtiene  “la máxima seguridad en la conservación de la propia vida”, sino que se renuncia a la libertad y se pierde simultáneamente la seguridad. Es de una ingenuidad pavorosa o de una gran estulticia olvidar mencionar la posibilidad de que el soberano abuse de su poder y lo utilice contra sus súbditos.

Los Estados han nacido en realidad cuando unos pocos individuos organizados han conseguido imponer su dominio violento sobre una colectividad, y para reducir sus costes han disfrazado su fechoría bajo la pretensión de ser sus protectores legítimos y los organizadores y gestores de lo común. Sería conveniente que Arteta mostrara los documentos donde aparecen esas firmas de todos a renunciar defendernos por la fuerza: por otra parte, si no nos defendemos por la fuerza, ¿cómo nos defendemos? ¿Sin la fuerza? Además deberá explicar en qué consiste el derecho de legítima defensa y qué relación tiene con la posesión y uso de algún tipo de arma, si es algo que sólo existe en Estados Unidos. La tontería de que los asesinos natos no han firmado esa inexistente renuncia no merece comentarios.

Las armas adquiridas como medios defensivos -porque las carga el diablo- se vuelven ofensivas a la menor oportunidad.

“A la menor oportunidad”: así los ciudadanos responsables que quieren proteger a sus familias de potenciales agresores (o incluso del mucho más peligroso abuso del Estado) son presentados como pistoleros de gatillo fácil.

De suerte que ese derecho a la autoprotección ha de provocar un riesgo mucho más general que si fuera denegado.

No da ningún dato, no hace ningún análisis de riesgos, simplemente se lo saca de la manga, y no sólo afirma que el riesgo sea mayor sino que asegura que tiene que ser mayor. Tal vez olvida realizar el análisis de lo que no se ve (Bastiat): la cantidad de crímenes que se evitan porque sus víctimas están o podrían estar armadas (véase John Lott, “More guns, less crime”).

En cuanto un ciudadano sepa o tan sólo sospeche que su vecino dispone de una pistola para prevenir su eventual agresión, ya cuenta con una razón (con tantas razones como vecinos armados) para sentirse amenazado y procurarse la herramienta para repeler su ataque. Aumentarán las medidas de vigilancia, pues ahora cualquiera resulta un criminal en potencia. En definitiva, allí donde cada uno puede portar armas mortíferas hay sobrado fundamento para que todos se teman mortalmente entre sí.

Tanta tontería en un solo párrafo. Es posible desconfiar de los vecinos, pero también es posible confiar en ellos (suele ser lo normal) y no sólo lamentar que estén armados sino incluso agradecerlo porque así pueden participar en una defensa común. Arteta, corto y estrecho de miras, sólo ve la posibilidad de que todos se teman unos a otros y organicen una escalada armamentística que acabe muy mal. Olvida mencionar que hay países como Suiza, donde mucha gente tiene armas en casa (en parte por obligación legal del servicio militar) y no parece que se dé esta paranoia. Como tampoco es el caso en Estados Unidos.

Y no es para menos. Pues aquel derecho incluye también el de discernir quién amenaza mi vida y dictar su condena o tomarme venganza; entraña la prerrogativa de reservarnos a un tiempo el papel de juez y verdugo de los demás. A lo mejor así este o aquel ciudadano consiguen salvar su vida en un momento dado, pero seguro que muchos inocentes caerán víctimas de semejante empeño. El ideal de la National Rifle Association parece el Far West redivivo. El sheriff y los paisanos, todos con el dedo en el gatillo; el uno invocando su deber de preservar la supervivencia colectiva, los otros su derecho a defender la suya propia… aun a costa de poner en graves apuros las ajenas.

Las sandeces continúan: poseer armas para ejercer el derecho de legítima defensa tiene poco que ver con ser juez y verdugo. Respecto al Far West, Arteta no hace más que repetir un tópico sin demasiado fundamento. Convendría que leyera “The not so wild, wild west” para superar sus erróneos prejuicios.

Los estadounidenses exigen, desde luego, que su Estado les ampare frente a la agresión de otro Estado. Pero, de puertas adentro, tan fuerte es el miedo recíproco que no consienten abandonar su defensa individual en manos de nadie. Puesto que han de prever que su guardián legal les falte cuando más lo necesiten, cada cual deberá a fin de cuentas ocuparse de sí mismo. A esto conduce inexorablemente la obsesión desorbitada por la seguridad personal.

Los estadounidenses están obsesionados por la seguridad personal y se temen a muerte unos a otros: este análisis psicológico y sociológico simplemente refleja las obsesiones personales de su productor, el catedrático Arteta; y el hecho de que sea catedrático refleja la “calidad” de la universidad pública en España. En algo acierta: los ciudadanos saben que el Estado les fallará cuando más lo necesiten, luego más vale que se responsabilicen de su propia defensa. Para entender por qué el Estado falla conviene aprender algo de economía y saber de la imposibilidad del socialismo y el estatismo. Lo de la responsabilidad es algo que no se estila en las avanzadas socialdemocracias que deberían servir de ejemplo para esos bárbaros estadounidenses: porque aquí nunca hay matanzas con armas de fuego, o con armas blancas, o con lo que sea. Aquí se obedece dócilmente al sabio y omnipotente gobernante y todo va bien.

Arteta reconoce que “no hay seguridad absoluta posible ni mediante el sistema público más eficaz”, pero se limita a considerar casos sueltos de policías que se convierten en agresores. No considera la posibilidad, ya estudiada por “los clásicos” que inspiraron a los Padres Fundadores, de que todo el aparato estatal se convierta en agresor contra los ciudadanos. De ahí que los ciudadanos estén armados, no porque desconfíen del vecino con quien conviven y se relacionan voluntariamente, sino porque desconfían de los cuentos de hadas acerca del Estado protector.

Uno cree que vivir en sociedad, por perfeccionado que fuere su aparato protector, estará siempre expuesto a que los conciudadanos nos hagamos algún daño. Reducir ese daño al mínimo debe ser prerrogativa del Estado. Y no conviene cuestionar tan viejo monopolio, pero sí someterlo a las condiciones de una justicia democrática.

Efectivamente Aurelio Arteta “cree”. Saber, sabe más bien poco. Los auténticos pensadores cuestionan, critican, exigen fundamentos; pero para él estos dogmas sobre el Estado “no conviene cuestionarlos”. Como tantos presuntos expertos en filosofía moral que no analizan la moralidad sino que simplemente sermonean y dan órdenes encubiertas, su análisis se limita a “Reducir ese daño al mínimo debe ser prerrogativa del Estado”. La interminable estupidez del “hay que” y el “debe”. Hay un clásico, de nombre David Hume, que ya advirtió contra esta falacia. Quizás no esté entre los clásicos de esta lumbrera.

One Response to Aurelio Arteta, las armas y el Estado

  1. Navegante dice:

    Muy buena entrada.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

A %d blogueros les gusta esto: