Juan Carlos Escudier defiende a los sindicatos

Juan Carlos Escudier intenta argumentar en defensa de los sindicatos y en contra de las “actitudes beligerantes de una patronal que no quiere oír hablar de subidas de sueldo”. Ni siquiera se plantea que las relaciones contractuales entre trabajadores y empresarios sean libres, voluntarias e individualizadas, o sea que no estén intervenidas coactivamente mediante la legislación estatal.

Reconoce defectos a los sindicatos, pero afirma que se debe “reconocer que han contribuido decisivamente en el desarrollo social del país, que han combatido la pobreza y la explotación, y que siguen siendo los garantes de un Estado del Bienestar que ahora se quiere poner en cuestión”.

Lo que los sindicatos han hecho en realidad ha sido (en general) poner obstáculos de todo tipo a la libertad y al progreso; han desarrollado el estatismo y el parasitismo; han contribuido a la redistribución coactiva de riqueza que no ha combatido en absoluto la pobreza; la excusa de la explotación laboral es un camelo que los progres agitan con profusión; y el Estado del Bienestar tiene mucho de Estado (monopolio de la violencia) y casi nada de bienestar.

Los sindicatos han de ser cada vez más globales, sin olvidar que su poder radica en los centros de trabajo. No es una tarea fácil en un país con una red empresarial tan atomizada, con casi un 20% de empresas de menos de seis trabajadores. Es aquí donde han de desarrollar su función los liberados sindicales, en vez de copar el 5% de la plantilla de RTVE.

Pretende liberados sindicales en microempresas: qué agradable es no trabajar y cobrar. Lástima que con esa carga improductiva y generadora de conflictos (el poder de un sindicato se basa en el daño que pueda hacer, en los problemas que pueda causar) las empresas lo tienen difícil para generar beneficios y sobrevivir. Y aspira a que sean globales, cuanto más lejos del ciudadano de a pie mejor.

Su acción es imprescindible para enfrentarse a directivas como la del comisario Bolkestein, que pretendía con la libre prestación de servicios trasnacionales que empresas y trabajadores se rigieran por las condiciones de su país de origen, o para impedir que la jornada laboral pueda fijarse en un pacto individual en el contrato. Son útiles, incluso, a las propias empresas, que difícilmente podrían encauzar sin su ayuda algunos conflictos laborales a los que se enfrentan.

Qué horror que haya competencia institucional respecto a la legislación laboral: todos los países deben ser socialistas sin excepción, y no permitir algo tan repugnante como “los pactos individuales en el contrato”. A la gente no se la puede dejar sola, que igual se comprometen voluntariamente y de mutuo acuerdo a colaborar de forma productiva sin los metomentodo sindicales.

Y qué grandes servicios prestan los sindicatos a las empresas: si esto fuera verdad, ¿por qué no se permite que sean estas quienes decidan si aceptan o no sindicatos en su seno? No caerá esa breva, se dirá que va en contra de la “libertad sindical”.

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