Necedades buenistas de Mayor Zaragoza

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Según Federico Mayor Zaragoza, presidente de la Fundación Cultura de Paz, la globalización “ha sustituido la justicia y el buen criterio político por las leyes del mercado”. Típico de su forma chapucera de escribir de forma grandilocuente sin argumentar con un mínimo rigor, no aclara si se refiere a las leyes económicas descriptivas del funcionamiento de los mercados libres (como la formación de precios de los bienes según oferta y demanda) o al aparato jurídico inseparable de un sistema de intercambios voluntarios (respeto al derecho de propiedad, principio de no agresión y cumplimiento de los compromisos contractuales). Un mercado libre es en sí mismo justo, ya que da a cada uno lo suyo, pero los colectivistas pretenden sustituir la legitimidad ética de la libertad individual por la falaz “justicia social” (en realidad injusticia socialista) administrada por “el buen criterio político” (del cual afirmar que está en vías de extinción implicaría reconocer de forma en exceso generosa que ha existido alguna vez).

Mayor Zaragoza cree que para que los hambrientos del mundo no inicien una revolución que amenace la estabilidad mundial “hay que evolucionar a un nuevo sistema planetario” basado en el “desarrollo global” y no en la guerra y el dominio. Está muy bien que critique la guerra y la opresión, pero su odio al mercado y su profunda ignorancia de la ciencia económica le llevan a afirmar que el gasto bélico crece “por necesidades de la economía mundial” y que es la globalización del mercado la que “causa graves crisis como la alimentaria”. El gasto bélico es político, lo realizan los estados, los mismos que con sus manipulaciones monetarias y crediticias, sus subvenciones y sus barreras comerciales han provocado la crisis alimentaria.

Los necios de altos vuelos que pasan casi toda su vida en la alta burocracia internacional parecen perder por completo el contacto con la realidad. No entienden que la sociedad humana es un orden complejo espontáneo que se coordina mediante ajustes locales, los únicos posibles para personas cuyos intereses y capacidad de conocimiento y acción son muy limitados. Su megalomanía les lleva a colectivizarlo todo a la mayor escala posible, en este caso la planetaria, e insisten en que todos deben sentirse afectados y participar en el “desafío común”: “Los desafíos globales requieren soluciones globales, que implican a su vez cooperación a escala mundial.”

Los buenos en este cuento de hadas son los estados integrados a gran escala bajo la tutela de unas Naciones Unidas bien dotadas “de los medios personales, financieros y técnicos necesarios”: quizás un guiño en recuerdo de su etapa en la cúspide de la Unesco. Los malos son los que ahora tienen el poder real: las “grandes corporaciones supranacionales”, esas empresas tan maléficas y omnipotentes que constantemente le están ofreciendo bienes y servicios a precios atractivos no vaya a ser que usted los rechace o decida recurrir a la competencia.

La “concentración progresiva del poder económico, tecnológico y mediático”, esa que sucede voluntariamente por las múltiples y cambiantes decisiones de accionistas, trabajadores y consumidores, es denunciada. La concentración política, esa que llevan a cabo funcionarios no elegidos (o como mucho votados cada mucho tiempo sin opción de renuncia) y que se basa en el monopolio de la violencia, es alabada.

Como mediocre sermoneador que predica desde su presunta superioridad moral, no analiza la problemática ética sino que repite tópicos biensonantes, da órdenes e imparte exigencias tras las cuales camufla su ignorancia y sus preferencias particulares: “Los mínimos nutritivos deben garantizarse.” “Existe ya el conocimiento. Debemos ser capaces de aplicarlo. Es incuestionable que la gran urgencia actual consiste en hacer posible el disfrute por parte de todos de los frutos del saber.” Reclama grandes inversiones en investigación y producción para la energía, el agua, los alimentos, la vivienda: como si no hubiera ya ingentes cantidades de recursos dedicados por particulares y empresas privadas a estos ámbitos, que prosperan en ámbitos institucionales basados en la libertad individual; las que él propone serán con absoluta seguridad “excelente negocio”, pero no parece estar recomendando su idea a ahorradores interesados en invertir sabiamente su capital. “Es inadmisible que se transfieran ‘al mercado’ deberes morales y responsabilidades políticas que corresponden a los gobernantes democráticos.” Perdón, pero… ¿por qué cree que lo que él particularmente no puede admitir nadie podrá hacerlo? ¿Acaso cree que su nociva filosofía política es la única posible?

La ingenuidad de su ensoñación no parece conocer límites: “Podemos imaginar islas, incluso artificiales, con fuentes de energía eólica, termomarina, termosolar… produciendo grandes cantidades de energía y agua potable”. Ni una mención a sus costes, a lo que habrá que renunciar, a si serán viables económicamente. Basta con imaginarlas, desearlas muy fuerte, ordenarlas desde arriba, y se harán realidad.

“Hay que dejar de depender, con un plan mundial de emergencia, de las energías fósiles, cuyo precio se ha duplicado en los últimos tres años, y favorecer lo que durante décadas las grandes compañías petroleras han desacreditado y ocultado descaradamente: la contribución que pueden aportar las energías renovables, la nuclear (de fisión y de fusión), el hidrógeno…” En este caso el plan obligatorio (¡Hay que!) no sólo es mundial sino además de emergencia. Es que las grandes compañías petroleras son tan malvadas que hacen buenas a las nucleares… Y eso que casi todas tienen su sección de renovables.

“La especulación sobre materias primas, con el petróleo y los alimentos en primer lugar, ha llegado a niveles intolerables.” Y el nivel tolerable, ¿cuál es? ¿Quién lo decide? ¿Algún análisis intelectual mínimamente informado además de esta protesta llorona? Exige “aplicar, de una vez por todas, impuestos sobre las transacciones de divisas que, según las palabras del propio secretario general de Naciones Unidas, no afectarían el funcionamiento del mercado”. Pero ¡cómo es posible que el mandamás supremo de la ONU no nos hubiera asegurado esto antes para así poder proceder con el saqueo financiero a gran escala! El principio de autoridad ante todo, especialmente si se cita lo más penoso de alguien como Amartya Sen, premio Nobel de Economía: “El Estado, no el mercado, debe ser el responsable del bienestar de los ciudadanos, sobre todo de los países en vías de desarrollo.” Que nadie se dé cuenta de que hemos vuelto de la ciencia de la economía positiva a la manipulación de masas de la moralina política.

Como visionario agitador, Mayor Zaragoza parece dado al forofismo: “Los diagnósticos ya están hechos. Ahora es necesario aplicar los tratamientos adecuados a tiempo. En momentos de gran aceleración histórica, son más necesarios que nunca los asideros morales. Se avecina una nueva era.”

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