Liberalismo radical

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

El liberalismo no es simplemente una ideología política que refleja los deseos particulares de los liberales. La ética de la libertad es una teoría científica acerca de la convivencia en sociedad de los seres humanos, respetando cada cual de forma tolerante las acciones no violentas de los demás. Como teoría científica debe tener una estructura lógica consistente (axiomas, argumentaciones, demostraciones, teoremas) y ser en la medida de lo posible correcta (comprobable, verdadera o al menos falsificable, adecuada), eficiente, precisa, clara y completa (tratando todos las áreas posibles en profundidad). Para muchas personas el liberalismo es algo puramente económico y tiene que ver con los mercados y el intervencionismo estatal. Pero la libertad, entendida como el respeto al derecho de propiedad y su equivalente principio de no agresión, puede estudiarse respecto a todo lo humano, haya o no intercambios comerciales o dinero de por medio.

Muchas personas tienen bloqueos emocionales o tabúes (a menudo religiosos) respecto a diversos ámbitos de la realidad: su repulsa moral se dispara, se activan los prejuicios y se dificulta la capacidad de argumentar racionalmente aplicando con consistencia principios fundamentales. Para algunos se trata del dinero, para otros es el sexo, las drogas, algunos alimentos prohibidos, el aborto, la eutanasia, la compraventa de órganos, el mercado de adopción, etc. Si los liberales quisiéramos ganar algún concurso de popularidad, tal vez podríamos guardar un prudente silencio respecto a asuntos escabrosos que hieren la sensibilidad del espectador, correr un tupido velo y esperar que nadie pregunte al respecto.

Para algunos comentaristas el liberal debe dedicarse fundamentalmente a la batalla política, sobre todo en estos momentos de tan graves problemas (rellénese aquí con lo que se quiera, porque el presente político siempre es gravísimo, sobre todo si no gobiernan “los nuestros”): hay que atacar al partido declaradamente socialista y defender al partido no nominalmente socialista; hay que tender puentes y forjar alianzas con “nuestros aliados naturales”, los conservadores, que esos al fin y al cabo nos dejan algo de libertad económica (más bien poca) a cambio de negar unas cuantas libertades personales sin importancia.

Tal vez a algunos nos interese mucho más la batalla intelectual: no nos preocupa tanto caer simpáticos y conseguir votos. Y si se quiere investigar con rigor sobre la libertad es necesario estudiar todos los temas relevantes posibles: no necesariamente para restregárselos por la cara a personas que no están cognitiva ni emocionalmente preparadas para asumir ciertas ideas, pero sí para comprobar la fortaleza de la teoría y aclarar sus contenidos. Hay asuntos que la gente suele callar por educación, por delicadeza, para no ofender. Sin embargo, aunque no afecten a muchos que se consideran normales y honrados, sí pueden ser importantes para otros que piden un debate abierto, ya que las intuiciones morales pueden estar equivocadas y las buenas intenciones no bastan para solucionar problemas.

Son muy pocos los que piden la eutanasia, pero no les consuela que la inmensa mayoría no sufra ese problema y no respete la libertad ajena. Bastantes personas sufren por carencia de órganos para trasplantes, pero muchos meapilas contribuyen a la prohibición de mercados de órganos apelando difusamente a la socorrida “dignidad inalienable” de los seres humanos. La guerra contra las drogas es un completo fracaso enormemente costoso, pero cuando se intenta hablar de liberalización saltan como un resorte los histéricos profetizando la drogadicción generalizada de los niños. En grupos humanos enormes siempre habrá unos pocos excéntricos con deseos que casi todos considerarán anómalos y asquerosos (¿probar el sabor de la carne humana, tal vez?), pero si no hay víctima no hay crimen, y si su actividad es disfuncional les perjudicará exclusivamente a ellos y tenderán a extinguirse solos.

Algunos presuntos liberales consideran que los que tratamos ciertos temas de forma radical y fundamentada somos unos locos peligrosos, adanes caídos en la fatal arrogancia, un cáncer para el “auténtico” liberalismo, que es naturalmente el suyo. Estos críticos hipersensibles que ven por todas partes la amenaza del anarcocapitalismo (aunque no venga a cuento) insisten en informar al mundo de que ellos no son como nosotros, que sienten repugnancia, asco, ante ciertas ideas que les parecen absolutamente inaceptables e indignantes. Los niveles de histeria y escándalo suelen ser inversamente proporcionales a la corrección de los argumentos.

Igual que los aspirantes a médicos que no venzan la repulsión instintiva ante un cadáver, la sangre y las vísceras difícilmente podrán ayudar a nadie, los aspirantes a intelectuales que no puedan controlar sus fobias ideológicas difícilmente podrán ofrecer razonamientos con algo de sustancia e interés. E igual que un cirujano para operar suele tener que cortar, lo cual sin anestesia resulta muy doloroso, un liberal que analice críticamente la realidad a menudo se encuentra mostrando errores ajenos, de los cuales parece que no hay escasez. Como a la gente no le suele gustar que le muestren su ignorancia ni que se critiquen sus preferencias más íntimas, el liberal radical va por la vida “haciendo amigos”. Espíritus delicados abstenerse.

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