El deber

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Una de las nociones éticas más importantes es el concepto de deber. Y desgraciadamente una de las peor comprendidas y utilizadas. Según la falacia naturalista, no se puede deducir lo que debe ser de lo que es. Pero esto es problemático: si con “lo que debe ser” se indica el contenido de las normas de conducta de las personas, es cierto que no basta con afirmar que todo “lo que es” (lo que alguien hace, o quizás una mayoría) es válido (no es lo mismo una descripción que una prescripción, las leyes son físicamente violables). Pero sí es posible investigar racionalmente qué normas son adecuadas para la convivencia social basándose en la naturaleza humana (lo que el ser humano es, con su racionalidad y sensibilidad limitadas) y en criterios de igualdad (universalidad, simetría) y funcionalidad (consecuencialismo). Y resulta que no hay deberes naturales: por defecto, nadie está obligado a nada simplemente por ser humano, solamente a respetar (de forma pasiva) los derechos de propiedad ajenos (principio de no agresión). Los deberes positivos legítimos (de hacer algo de forma activa) se obtienen mediante contratos, acuerdos legítimos mediante los cuales las partes se comprometen formalmente y que legitiman el uso de la fuerza más allá de la defensa propia y la justicia ante las agresiones delictivas.

El deber (u obligación) y la prohibición son nociones éticas complementarias que expresan que para la legitimidad de una acción la voluntad de la persona afectada es irrelevante: tiene que hacerlo o no puede hacerlo, independientemente de si quiere o no. Añadiendo la negación es posible relacionar estos dos conceptos: prohibido hacer algo es equivalente a es obligatorio no hacer ese algo; prohibido no hacer algo es equivalente a es obligatorio hacer ese algo. Pero cuidado: que algo no esté prohibido no implica que sea obligatorio, y que algo no sea obligatorio no implica que esté prohibido.

Algo diferente del concepto ético de deber es el sentimiento moral del deber o sentido del deber, la sensación mental subjetiva de incomodidad si no se hace algo que íntimamente se considera obligatorio y la correspondiente satisfacción del deber cumplido. Los sentimientos morales son evolutivamente adaptativos porque causan conductas que facilitan la cooperación y la solidaridad y cohesionan los grupos humanos. Pero los imperativos morales tienen ciertos peligros, sobre todo si son absolutos: sirven para manipular a las personas sin necesidad de darles órdenes directas (implantando en sus mentes esos imperativos que viven como valores propios incuestionables), pueden transformarse en obsesiones particulares autodestructivas, y pueden ser intolerantes y fomentar la violencia cuando una persona cree y siente intensamente que los demás deben compartir su idea del deber, indignándose si no es así.

Es inteligente reflexionar acerca de lo que uno hace simplemente porque cree que debe hacerlo: qué sentido tiene ese deber, qué resultados y costes tiene la acción que provoca, qué alternativas hay y por qué no se siguen. La conducta humana flexible no es la de un autómata simple irreflexivo que sólo sabe cumplir órdenes (externas o endógenas). No se trata de eliminar por completo el sentido del deber o vaciarlo de contenidos, sino de depurarlos, entenderlos y aprender a utilizarlos. Algunos deberes son simplemente la expresión de la necesidad técnica (tal vez desconocida) de un medio indispensable o necesario para alcanzar algún fin (quizás la supervivencia o la reproducción).

En la sociedad actual, colectivista e intervencionista, muchos hablan de forma abusiva del deber, mostrando su ignorancia o su falta de honradez e intentando restringir la libertad ajena. Muchos deseos particulares se camuflan como deberes impersonales (“hay que”) u obligaciones colectivas (“tenemos que”): así parece que no son simplemente “yo quiero” (y además no admito que tú no lo quieras), o “yo ordeno”, o “creo que esto es necesario” (pero en realidad no sé explicar por qué). Los políticos, gente habitualmente de escasos escrúpulos morales, afirman cumplir con su obligación y así se sienten moralmente superiores y ocultan su ambición de poder y control mediante la coacción.

Es perfectamente legítimo cuestionar y rechazar estas engañosas reclamaciones que sistemáticamente recibimos. Desgraciadamente la gente no suele hacerlo (o lo hace pero lanza otras a los demás), y por el contrario a menudo intenta escaquearse de los auténticos deberes: cumplir responsablemente con el trabajo o con los productos y servicios contratados.

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