La propiedad de las calles

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

El derecho de propiedad sirve para evitar, minimizar y resolver conflictos entre seres humanos: el propietario es el único legitimado para decidir qué hacer con su propiedad, y su única limitación es no agredir la propiedad ajena. Los no propietarios pueden no estar de acuerdo, o no gustarles lo que hacen los demás con sus cuerpos, sus vidas y sus cosas, pero eso no es equivalente a ser agredido, así que no tienen ningún derecho a intervenir coactivamente para evitarlo.

Existen situaciones en las cuales es difícil (aunque quizás no imposible) asignar derechos de propiedad sobre ciertos bienes a personas individuales. En estos casos las unidades de gestión más pequeñas son más adecuadas para localizar y resolver problemas, porque tienen el conocimiento y los incentivos necesarios para ello, y porque cuantas más personas estén involucradas en un asunto más difícil es llegar a acuerdos máximamente satisfactorios.

Las calles existen porque es necesario trasladarse de un lugar a otro y suelen ser públicas porque es difícil y caro cobrar a los transeúntes por su utilización. Quienes viven o trabajan en un lugar son los principales interesados en que su hábitat sea agradable y atractivo y no se degrade, e igualmente son quienes mejor conocen la problemática particular de la zona. Las unidades urbanas más pequeñas posibles (bloques urbanos, barrios, pequeños municipios) son las más adecuadas para establecer las normas de uso de los espacios comunes.

Pero no hay garantías de que no haya conflictos, ya que distintas personas pueden tener diferentes preferencias, y la tragedia de los comunes enseña que es muy humano intentar aprovecharse al máximo de algo y contribuir lo mínimo posible a su mantenimiento: si alguien obtiene un beneficio provocando un coste a otros debería pagarles por ello de algún modo, con una tasa por un aprovechamiento o con una sanción por un daño causado. Cuando los destrozos se permiten lo normal es que proliferen, ya que la destrucción es fácil y a menudo divertida (los edificios abandonados suelen tener muchas ventanas rotas y no es por accidente).

Es posible conocer algunos principios generales acerca de cómo optimizar la normativa de uso de las calles mediante la observación de cómo se comportan las personas en sus propios hogares y cuando son invitados a viviendas ajenas, y mediante el estudio de las normas de conducta en calles de propiedad privada (centros comerciales, parques de atracciones).

Parece sensato exigirle a la gente que no ensucie ni estropee la calle, y por lo tanto no defecar u orinar en ella (tampoco los animales de compañía), ni abandonar basura (cuesta muy poco utilizar las contenedores dispuestos al efecto), ni destrozar el mobiliario urbano. Si alguien no admite esto tal vez lo entienda cuando otras personas hagan sus necesidades en el pasillo de su casa, abandonen allí también su basura y además destrocen sus muebles.

Los que pegan carteles sin permiso deberían retirarlos, limpiar lo ensuciado y ser informados de que existen medios de comunicación de masas que aceptan comentarios políticos y publicidad comercial: si no quieren o no pueden pagar el precio es su problema, y tal vez a los ciudadanos no les interesen los mensajes que quieren transmitir. Las pancartas colgadas son al menos más fáciles de retirar.

Las pintadas y el graffiti, aunque a sus ejecutores les parezcan artísticos y les sirvan para dejar constancia pública de su probablemente patética existencia, no suelen embellecer el entorno (no hay mucha gente dispuesta a pagar por ello y algunos se limitan a firmar con mala letra): a estos vándalos callejeros, además de obligarles a limpiar su porquería y a devolver las cosas a su estado original, se les podría educar pintarrajeando sus caras, sus cuerpos, sus ropas y sus posesiones más queridas. A ver si les gusta.

La venta ambulante reduce mucho los costes para el vendedor: no tiene que pagar el alquiler de un local y puede desplazarse y colocarse donde más clientes potenciales haya. Lástima que al hacerlo impida el paso de los viandantes (quienes tal vez podrían hacer como si toda esa mercancía no estuviera allí y pasar por encima, ya que no tendría que estar allí). Y si uno puede hacerlo, ¿por qué no todos hasta que la circulación quede totalmente bloqueada?

Algunos comerciantes parece que no tienen suficiente con el espacio de su local e invaden parte de la acera con sus mercancías o su publicidad. Algunos quiosqueros expanden su negocio mucho más allá de su pequeño habitáculo (y seguramente más allá de lo que su licencia municipal les permite).

Los pobres pueden pedir ayuda en múltiples organizaciones de caridad; pero hay profesionales de la mendicidad que no quieren que les sermoneen o les ofrezcan trabajo, prefieren dar pena y no les importa demasiado si impiden el paso o si molestan a otros ciudadanos.

Las prostitutas pueden ejercer discretamente en domicilios particulares o burdeles, pero el contacto con el cliente es más rápido y directo en la calle; quizás no consideran que siendo su profesión tan mal vista por muchos deberían ser cuidadosas con sus vecinos, parece que a mucha gente no le gusta la prostitución callejera cerca de sus hogares, escuelas, iglesias o trabajos.

El botellón callejero es una forma atractiva para los jóvenes de pasar el rato juntos, conversar, hacer amigos, buscar pareja y entretenerse. Todo eso puede hacerse en lugares privados (o sin convertir la zona en un basurero), pero al parecer las copas son muy caras: a ninguno se le ocurre tener un poco de iniciativa empresarial y poner un bar donde sean más baratas.

Aparcar en la calle parece gratis, pero obviamente tiene un coste: esa plaza no puede ser utilizada por otros; no es descabellado exigir una tasa cuando el espacio es limitado. Dejar el vehículo mal aparcado puede entorpecer el paso de otros.

Las manifestaciones callejeras sirven para presionar políticamente a los gobernantes o para protestar por múltiples causas. Podrían reunirse pacíficamente en muchos lugares donde no entorpecerían el tráfico (estadios, parques, manifestódromos), pero parece que parte esencial de muchas manifestaciones es llamar la atención perjudicando a otros y mostrando cuántos son y cuánto daño pueden hacer si se ponen de acuerdo.

Se supone que los gobernantes organizan la utilización de los recursos comunes de modo que no se abuse de ellos, pero los políticos y los burócratas son notoriamente incompetentes en sus funciones. Y en realidad se dedican a otras cosas que quedan como ejercicio para el lector. Pero luego dicen que a los liberales no nos interesa lo colectivo.

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