Tráfico y libertad

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Algunos ilusos creen ingenuamente que los poderes públicos están al servicio de los ciudadanos. Puede comprobarse la falsedad de esta creencia intentando indicar a nuestros presuntos servidores qué deseamos que hagan por nosotros y en qué preferimos que no intervengan. Se escudarán entonces en el obligado cumplimiento de los deberes legales, en normas objetivas democráticamente establecidas e iguales para todos: la ley es la ley y hay que cumplirla porque sí (o tal vez por el bien común, si alguien sabe lo que es). Normas casi siempre paternalistas, coactivas y contrarias a la libertad humana, que muestran que el legislador y su ejército de autómatas burócratas incapaces de pensar críticamente por sí mismos creen saber más acerca de uno mismo que cada persona protagonista de su vida en circunstancias particulares muy complejas. Normas arbitrarias como las leyes del tráfico y el reglamento de la circulación aplicables a todas las carreteras monopolizadas por el Estado.

Si no llevas puesto el cinturón de seguridad, porque te resulta incómodo, porque se te ha olvidado, o simplemente porque no te da la gana utilizarlo (¿tal vez por rebeldía contra el sistema?), el diligente agente de la circulación aliviará el peso de tu cartera para recordarte que es por tu bien, o por reducir los costes de la sanidad pública que debes financiar sí o sí, o por reducir las cifras de víctimas que alguien ahí fuera considera inaceptables. No has agredido la propiedad ajena, pero has osado transgredir las normas y mereces ser castigado; tal vez así te des cuenta de que los que mandan no bromean.

Lo mismo pasa si no llevas el casco en la motocicleta. No importa si viajas muy despacio por una carretera desierta admirando el paisaje. Tus preferencias personales son irrelevantes, eres un irresponsable y debes ser reprendido. Si quieres hacer el favor de acercar a su casa a una amiga de noche no puedes si no tienes un segundo casco; hay que fomentar el transporte público y colectivo. De nada sirve ir con más cuidado, la ley no considera que puedas adaptarte responsablemente a las circunstancias, son normas arbitrarias que hay que cumplir; si fueran razonables y justas el poder político no tendría ninguna gracia.

Que no se te ocurra superar el número máximo de personas en un vehículo: los que sobren que se busquen la vida. Hablar por el teléfono móvil es un gravísimo pecado, tú no eres capaz de evaluar los riesgos y de decidir si la conversación es suficientemente importante. Si quieres llevar a tus sobrinitos de paseo mejor mételos en el maletero como equipaje porque si no eres padre es poco probable que dispongas de sillas de seguridad homologadas.

Recuerda que los límites de velocidad para distintos tipos de carretera son los mismos en cualquier circunstancia, aunque no haya nadie más en la carretera a quien poner en peligro, y aunque tu coche en otro país en una carretera semejante podría ir legalmente mucho más deprisa. Si has bebido algo de alcohol eres un criminal en potencia al volante incapaz de distinguir el bien y el mal. Si no has dormido en varios días, o estás enfermo o cansado, no pasa nada si no se nota mucho.

Si tu vehículo es una vieja tartana que no mantienes adecuadamente o si tu conducción es patosa o despistada, no te preocupes: el hecho de bloquear un carril por avería o accidente y causar graves pérdidas de tiempo y dinero a miles de personas puede hacerse sin ser sancionado y sin tener que compensar a los perjudicados por tu incompetencia (paraíso de misántropos). Si pierdes el control de tu vehículo y alguna persona fallece por tu culpa, pues sólo ha sido un accidente, qué se le va a hacer, las víctimas tendrán que resignarse. Si conduces sin carnet y atropellas a alguien por no respetar un paso de peatones y lo matas lo más probable es que no te pase gran cosa, no te considerarán homicida.

El reglamento de la circulación viola sistemáticamente los derechos de propiedad y la libertad contractual, se concentra en circunstancias objetivas arbitrarias que no afectan por igual a todos los conductores, e ignora la capacidad de los individuos de adaptarse responsablemente a las circunstancias. Como me recuerda la Dirección General de Tráfico en sus campañas de propaganda, no pueden conducir por mí. Obviamente tampoco pueden pensar por mí; ni siquiera pueden pensar.

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