Libertad, razón y emoción

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Dicen que el que no es socialista a los veinte años no tiene corazón, y que el que sigue siendo socialista a los cuarenta no tiene cabeza. Pero lo cierto es que quien es socialista a los veinte es un necio, y quien sigue siéndolo a los cuarenta sigue siendo un necio, por mucho que lata su corazón.

A menudo se nos critica a los liberales que no tenemos sentimientos. Cuando el colectivista (de izquierdas o de derechas) ya no tiene argumentos racionales que oponer (que es casi siempre), nos ataca llamándonos malvados, indiferentes, insolidarios. No nos preocupamos por los pobres, no nos importa el medio ambiente, no nos conmueven los sufrimientos humanos. Si defendemos temas delicados como la legalización de las drogas es porque nos dan igual los drogadictos; si proponemos la legalización de la prostitución es que nos es ajeno el drama personal de las prostitutas; si criticamos la prohibición del trabajo infantil es porque queremos explotar a los niños indefensos del tercer mundo. Y así con todo.

Es muy arrogante juzgar las intenciones de otro a quien apenas se conoce personalmente. Las emociones impulsan la conducta y son fundamentales en todos los seres humanos. Son fenómenos íntimos muy complejos: no siempre es fácil saber lo que realmente siente otra persona aunque trate de expresarlo con sinceridad, y en ocasiones uno mismo no tiene claros sus sentimientos. En los trabajos de análisis intelectual se estudian hechos de la realidad y no suelen expresarse emociones particulares de los autores, pero eso no significa que los pensadores sean fríos procesadores de información. Si un asunto humano se estudia en profundidad tal vez sea porque interesa el bienestar de las personas implicadas.

Algunos enemigos de la libertad parecen emocionalmente inmaduros: frente a los aspectos de la realidad que no les gustan sufren reacciones viscerales, bloqueos emocionales que les impiden pensar. Los análisis éticos y praxeológicos de muchos problemas humanos muestran cómo las prohibiciones estatales y las violaciones del derecho de propiedad están en la raíz de todos ellos, pero el colectivista se empeña en que la realidad no puede ser esa, que tiene que haber otras alternativas; no sabe cuáles son, ni siquiera entiende la situación, pero lo que le disgusta no puede ser cierto. El colectivista está equivocado y como la batalla de las ideas la tiene perdida sólo puede ofrecer buenas intenciones y hermosos sentimientos (sinceros o no).

Los liberales no acusamos a todos los socialistas de no tener sentimientos, solemos asumir que en general su ignorancia es al menos honesta y bien intencionada. Pero la psicología evolucionista muestra cómo en algunas circunstancias puede ser una buena estrategia de comportamiento el ocultar las propias emociones y fingir que se tienen buenos deseos hacia los demás. Demagogos y estafadores son expertos en manipular las emociones ajenas para obtener confianza y engañar a los incautos. Los líderes políticos más dañinos suelen ser muy carismáticos y seductores.

Una iglesia tenía este cartel a la entrada: “They will not care how much you know, until they know how much you care”. A la gente no le importa cuánto sabes, hasta que saben que te importan. De esta profunda verdad acerca de los seres humanos se han aprovechado sistemáticamente los enemigos de la libertad y la razón, tocando los corazones ajenos y nublando sus mentes, haciendo que asuman sus errores y se muevan a ciegas.

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