Charla en Seminario Lucas Beltrán

04/04/2011

La ética de la libertad. Estudio de normas universales, simétricas y funcionales para la convivencia social.

Jueves 7 de abril a las 18:00. Sala de Juntas de la Facultad de Económicas de la Universidad CEU San Pablo (Julián Romea, 23, 1ªplanta).

Live-blog en http://www.marygodiva.wordpress.com por María Blanco.


Tabaco y libertad

11/01/2011

Artículo en Libertad Digital.

Versión no editada:

El humo del tabaco se dispersa por el aire, y en locales cerrados sin una ventilación o reciclaje adecuados la alta densidad del humo puede resultar molesta (malos olores, irritación de ojos o garganta) o incluso perjudicial para la salud de quienes lo inhalan.

La norma fundamental de una sociedad libre es el principio de no agresión. A primera vista podría parecer que el humo del tabaco es causa de agresiones éticamente inadmisibles (tu libertad termina donde empieza la de los demás) y que por lo tanto siempre debería penalizarse el contaminar con humo de tabaco el aire que respiran otras personas. Pero el principio de no agresión debe entenderse dentro del marco de los derechos de propiedad y los acuerdos contractuales libremente pactados.

El propietario de un espacio físico es quien establece las normas que rigen en dicho lugar para todos aquellos (parientes, amigos, socios, clientes, trabajadores) que quieran acceder al mismo por el motivo que sea (personal, laboral, comercial). Siempre que no haya externalidades negativas (humo que escapa a propiedades ajenas), un propietario puede decretar que en su propiedad está permitido fumar y que quienes entren en la misma deben asumir el posible daño del humo, renunciando al derecho a no ser molestados: quienes no acepten estas condiciones no tienen derecho a entrar; quienes acceden a la propiedad de otro están pactando, sea de forma explícita o implícita, obedecer las normas impuestas por el dueño a cambio del permiso para utilizar ese espacio.

Toda norma es una restricción que puede gustar a unos y disgustar a otros. Es imposible garantizar que alguna norma universal sobre el humo del tabaco satisfaga a todo el mundo, e imponer las preferencias de las mayorías es simplemente oprimir a las minorías. Las posiblemente diversas condiciones ambientales (pureza del aire, temperatura, humedad, ruidos) y normas de convivencia en los múltiples espacios de una sociedad libre reflejan las decisiones de sus propietarios teniendo en cuenta sus propias preferencias subjetivas y los múltiples posiblemente incompatibles deseos particulares de sus invitados, clientes o colaboradores.

Toda decisión implica un compromiso entre lo que se gana y lo que se pierde: las elecciones tienen costes. En una reunión en un domicilio privado se puede molestar a unos o a otros al permitir o prohibir fumar. En algunos locales los propietarios pueden prohibir fumar y arriesgarse a perder el negocio de sus clientes fumadores; en otros locales los propietarios pueden permitir fumar y arriesgarse a perder el negocio de sus clientes no fumadores (o perder trabajadores que no aceptan esas condiciones laborales o piden un salario mayor); también es posible reciclar y acondicionar el aire o segregar espacios asumiendo los costes de las instalaciones necesarias.

La libertad no tiene mucho mérito cuando se trata de consentir actos que uno mismo aprueba o desea: lo difícil es tolerar lo que uno desaprueba pero no tiene derecho a exigir que cambie. Quienes no quieran sufrir la molestia del humo del tabaco simplemente deben evitar entrar en espacios cerrados privados donde se permita fumar (e incluso pueden criticarlos o boicotearlos de forma pacífica). Si son trabajadores, pueden buscar otro empleo (o pedir una prima por las molestias) o formar una cooperativa a su gusto; si son clientes, pueden buscar otro comercio.

Si no existen trabajos o locales acordes a sus preferencias particulares, puede ser que estas sean minoritarias y difíciles de satisfacer, pero también puede tratarse de una oportunidad empresarial de crear un negocio o asociación que sirva a esos deseos mayoritarios insatisfechos y obtenga grandes beneficios: si la mayoría de los consumidores prefieren bares y restaurantes libres de humo, resulta extraño que la mayoría de los locales ignoren esa preferencia de sus clientes.

Los liberticidas no suelen ser tolerantes con las decisiones ajenas que les desagradan y no destacan por su perspicacia empresarial para servir a los demás: suelen preferir recurrir a la coacción estatal para imponer sus criterios de forma universal sobre toda la población, de modo que no es extraño que muestren su alegría ante la prohibición generalizada de fumar en múltiples ámbitos privados. Además de que confunden cuando les conviene los locales privados abiertos al público con los espacios de titularidad pública, tal vez su cobardía o inconsistencia intelectual les hace olvidar los daños que produce el humo del tabaco en domicilios particulares donde aún se permite fumar.

Confunden problemas de salud pública, como epidemias causadas por patógenos contagiosos difícilmente detectables o evitables, con el humo ambiental fácilmente perceptible y evitable o asumible. Se quejan de que para mantener relaciones sociales se ven obligados a acudir a locales llenos de humo: culpan a la sociedad opresora, no tienen el carácter necesario como para tratar el problema con sus amistades o elegir mejores compañías.

Se creen que ellos tienen derecho a mandar allá donde van, así que para imponer su deseo de disponer de bares y restaurantes sin humo a su conveniencia han conseguido eliminar posibilidades alternativas satisfactorias para otros. Insisten en que la única normativa aceptable es la impuesta de forma monolítica y centralizada por presuntos expertos benevolentes (especialmente cuando están de acuerdo con ellos): los órdenes complejos espontáneos y adaptativos les son ajenos.

Se presentan como víctimas que han aguantado mucho y suelen proclamarse moralmente superiores mediante la repetición acrítica e irreflexiva de dogmas normativos acerca de cómo deben ser las cosas, cuando en realidad simplemente expresan de forma camuflada o abierta sus preferencias subjetivas y las leyes que quieren imponer a todos. Alegan que los costes del tabaco los pagamos entre todos, cuando el problema real es que se obliga coactivamente a todos los ciudadanos a financiar la sanidad estatal.

Recurren demagógicamente a los pobres trabajadores de la hostelería, que al parecer tienen derechos fundamentales diferentes a los del resto de ciudadanos: no han pensado que por esta prohibición algunos podrían perder sus empleos; además olvidan cuidadosamente las rigideces del mercado laboral y las trabas a la creación de empresas, e ignoran que en muchos negocios los trabajadores son también los dueños. También recurren a la lágrima fácil de apelar a los enfermos, a los niños y al muy difuso bien común.

Pretenden falazmente que los liberales quieren que no haya normas, que no haya nada prohibido. Aseguran que las normas estatales, proclamadas e impuestas por presuntos representantes legítimos de los ciudadanos, son las únicas que posibilitan y mejoran la conveniencia social: no se molestan en analizar la legitimidad de los gobernantes y los límites de sus actuaciones, ni en estudiar contenidos legales diversos y sus consecuencias.

El humo del tabaco por lo general apesta; muchos fumadores no fueron precisamente inteligentes cuando siendo adolescentes quisieron aparentar rebeldía o madurez y cayeron en un vicio adictivo que no pueden controlar de forma satisfactoria; bastantes fumadores no tienen el coraje y la fuerza de voluntad de aguantar el malestar del síndrome de abstinencia y superar su adicción. Pero tal vez la libertad sufra menos por los tontos y pusilánimes ahumadores que por la dudosa fragancia moral de los arrogantes prohibicionistas.


Libertad de elección y abundancia de alternativas

31/03/2010

Artículo en el Instituto Juan de Mariana.


Esperanza Aguirre y las garantías hipotecarias

29/05/2009

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, “insta al Gobierno a que cambie las leyes que sean necesarias”. Aguirre sugiere que la garantía de pago hipotecario se limite al piso, de modo que al perder su casa por no pagar la hipoteca al menos se cancele totalmente su deuda hipotecaria: el deudor entregaría al banco la vivienda y daría por cancelada la deuda pendiente de cobro. Según la actual legislación española, cuando se produce el impago de la hipoteca, si el valor del inmueble ejecutado no cubre completamente la deuda pendiente, el titular debe responder con el resto de su patrimonio presente y futuro.

La información de Raquel Díaz Guijarro contiene un error: “en el crédito hipotecario de Estados Unidos y del resto de países anglosajones el deudor responde sólo con la garantía hipotecaria”. La legislación hipotecaria no es completamente uniforme en Estados Unidos, y en algunos estados existen las garantías personales.

Si la ley se aplicara a los préstamos hipotecarios en vigor sería una agresión a lo libremente pactado por las partes en el pasado, beneficiando a una (el embargado) a costa de la otra (el banco). La noticia recoge con acierto que “cuanto menores sean las garantías de cobro, los créditos serán más caros”, y “que cualquier modificación retroactiva en los contratos existentes produciría unos efectos negativos mayores que el beneficio perseguido”. “Si la modificación se planteara sólo para las hipotecas futuras, a la luz de lo ocurrido con los préstamos subprime, los analistas vaticinan porcentajes de financiación mucho más bajos y plazos más cortos”.

El gobernante se cree muy sabio al proponer sus presuntas soluciones para los problemas sociales, y no suele aceptar que éstas pueden surgir de forma espontánea de la propia sociedad. Abundan las leyes que limitan la libertad de las partes al contratar, con la excusa general de proteger al más débil. Se impone coactivamente una normativa uniforme a todos y se impide que los contratantes adapten los pactos a sus circunstancias particulares. Los políticos discuten cuál debe ser el contenido de la ley, pero cada uno aspira a imponer su versión sobre todos los ciudadanos (qué duración debe tener un alquiler, cómo funcionan las garantías de una hipoteca…). No aceptan que las normas se generen sin su participación, que surjan libre y evolutivamente desde abajo, por los agentes económicos de forma voluntaria en sus múltiples transacciones, experimentando y copiando las variantes más exitosas.

El liberalismo no es sólo respeto al derecho de propiedad: también es libertad para contratar. No se trata solamente de respetar la ley, que puede ser liberticida, sino de que las leyes defiendan la libertad. No se trata de que la ley sea la misma para todos hasta sus últimos detalles: basta con que la ley prohíba la agresión contra la propiedad y garantice el cumplimiento de los contratos. El contenido concreto de estos contratos es asunto de las partes contratantes.

La ciencia ética puede estudiar qué normas son universalizables, pero esto no significa que todas las normas legítimas deban ser universales. Los contratos permiten particularizar las normas, y las partes no contratantes no tienen derecho a inmiscuirse y exigir que todas las normas sean iguales para todos. Quien quiera puede copiar a otros y contribuir a la uniformidad de la normativa, pero no se puede exigir a quienes quieren pactar de formas alternativas que lo hagan como todo el mundo.


Antonio Ruiz de Elvira, la economía y la libertad

24/05/2009

Es curioso observar a un necio en economía pretender dar lecciones sobre el tema:

El presidente Obama por fin ha comprendido algo de la realidad económica.

La resistencia numantina de Bush a aceptar medidas de eficiencia energética ha acabado como Numancia: En el desastre absoluto de la industria de Detroit.

Ruiz de Elvira parece creer que los coches hasta ahora no eran más eficientes respecto al consumo de combustible por un capricho de alguien, y que se puede conseguir de forma mágica mediante un mandato legislativo. Como todos los que insisten en fijarse sólo en ese aspecto de un vehículo, se permite ignorar otros como la seguridad, la comodidad y el precio: tal vez a él no le importan.

Además falta a la verdad respecto a Bush: no incrementó las exigencias legales respecto a la eficiencia energética, pero tampoco las eliminó. El desastre absoluto de la industria de Detroit se debe a que estaba capturada por el sindicato de los trabajadores del automóvil (UAW) que la hacían muy poco productiva.

Las centrales de carbón deben desaparecer, lo mismo que las centrales nucleares. Lo dice ya hasta el dinosaurio (una ideología de mediados del siglo XIX) que es el PSOE.

A sus órdenes, señor Ruiz de Elvira: ¿para cuándo las quiere desaparecidas? ¿Ha tenido en cuenta que la energía que producen desaparecería con ellas? ¿Que la sustituiríamos por la producida con molinos de viento y placas solares? Siga soñando, y cuando despierte dentro de unos años quizás sean ya económicamente competitivas.

Es de agradecer que este gran intelectual se dé cuenta de que el socialismo es una ideología anticuada (aunque pretender que está extinta es algo prematuro). Pero parece que no entiende lo esencial, por qué es errónea: porque es imposible planificar una economía compleja de forma centralizada. Ruiz de Elvira no lo sabe pero él comete el mismo grave error al insistir en imponer mediante mandatos coactivos cómo debe ser el mercado de producción y distribución de energía.

Las empresas pueden invertir en nuevas tecnologías sin más que dejar de pagar primas a sus ejecutivos.

Ruiz de Elvira, empresario y directivo en tantos proyectos empresariales, nos aconseja olvidar las primas a los ejecutivos. Tal vez entonces no tengamos a los mejores o no estén motivados por los resultados, pero seguro que eso no importa. Y los mercados de capitales no deben de ser necesarios para captar recursos, porque con lo que vamos a ahorrar en salarios tendremos suficiente para el desarrollo de nuevas tecnologías. Palabra de Ruiz de Elvira, que conoce a tantos ejecutivos “más preocupados por el avión privado y el yate en Mallorca que en crear riqueza”.

Los signos externos de riqueza son una reliquia del dominio de los genes. Los genes utilizan los cuerpos que ellos mismos crean para garantizar su propagación. Su evolución se basa en utilizar todos los recursos para sobrevivir. Uno de estos es que los cuerpos, sus vehículos, lleven, por ejemplo, plumas de pavo real. El ser humano, un producto genético, puede, sin embargo, pasar por encima de las órdenes genéticas. La exhibición genética de riqueza, que no sirve a nuestra parte humana, puede ser superada por la razón. No necesitamos lanzar señales. Hoy día podemos comunicar directamente sin conducir Roll-Royces o Ferraris.

Es un dolor leer a este hombre por lo mal que escribe y argumenta, hay que corregirle algo en cada frase. El éxito evolutivo se basa en utilizar recursos de forma eficiente y adaptativa. No tenemos una parte no humana. La razón no es omnipotente. Necesitamos comunicar mediante señales. La señalización es un fenómeno esencial en evolución muy relacionado con la cooperación y la selección sexual (que no se molesta en mencionar). Los seres humanos no pueden simplemente ignorar las órdenes genéticas: pueden complementarlas con instrucciones procedentes de otros replicantes: los memes y la cultura. Ruiz de Elvira simplemente usa un discurso chapucero presuntamente científico para disfrazar su fobia a ciertas señales de riqueza de crítica científica. Es algo que practica a menudo en sus artículos: odia las carreras de coches, a los deportistas de élite muy ricos, las viviendas junto al mar, especialmente si tienen piscina…

La economía, la riqueza, el progreso, es utilizar hoy portátiles, memorias flash y WiFi. ¿Quién haría dinero hoy vendiendo ordenadores de 20 kg de peso, 1 mega de memoria y más lentos que los perezosos de la América tropical? De la misma manera no se puede crear riqueza manteniendo una economía basada en el ladrillo, la construcción naval de baja tecnología, o las minas y centrales de carbón. O basada, como quiere el dinosaurio PSOE de Extremadura, en las refinerías.

Ya saben, agentes económicos: Ruiz de Elvira les ha dicho lo que deben producir y lo que no. Háganle caso, que si no igual le da una rabieta.

Sobre la libertad:

La libertad jamás se compra. La libertad se tiene, la tiene cualquiera que rechace la esclavitud, sin necesidad de comprarla. La tiene, esencialmente, el que respeta a los demás.

Algunos esclavos compraban su libertad. No es libre el que rechaza la esclavitud, sino el que no está esclavizado. No es libre el que respeta a los demás, sino el que no es agredido por los demás. Hay gente que rechaza la esclavitud y sin embargo no son libres: los esclavos; y ya puestos, los súbditos del Estado.

La ciencia se diferencia de otras muchas formas de ver el mundo, de religiones y filosofías, simplemente en que lo que dice lo puede comprobar cualquiera. No por consenso. Simplemente mirando.

No es tan fácil. No todo el mundo tiene la capacidad intelectual como para comprobar las afirmaciones científicas, y muchas son ambiguas, discutibles, la evidencia empírica no es concluyente.

Para saber si hay o no cambio climático basta con subir al Pirineo, o acercarse al Ártico en cualquier momento del año. ¿Cómo están los glaciares? Si han disminuido notablemente es que hay cambio climático.

Un fenómeno local no es necesariamente señal de algo global. Además podría ser algo pasajero.

Empecé hace años pidiendo a los fumadores, en el tren que me llevaba a Alcalá, que apagasen los cigarrillos. ¿Es esto una “imposición” de modo de vida? Los que fuman, fuman ellos y hacen fumar a los demás. Pedir que apaguen los cigarrillos es eliminar la imposición de algo que no quiero respirar. De la misma manera, pedir que los coches dejen de emitir humo es exigir que me obliguen a respirar algo que no quiero tragar. Y exigir que me dejen seguir viviendo con glaciares y con lluvia.

Supongo que lo que quiere es que no le obliguen a respirar humo, no que le obliguen a respirar humo que es lo que realmente ha escrito. Pero él no pide que los coches no emitan humo, sino que no se emita dióxido de carbono, que no es tóxico y cuyos efectos sobre otras personas son muy indirectos y variados. Pretender que se tiene derecho a los glaciares y a la lluvia es algo problemático; la lluvia, de todos modos, no va a desaparecer con el cambio climático, más bien al revés.

El mundo es un conjunto de individuos, personas, plantas y animales. La libertad individual tiene muchísimos límites. El primero, la libertad de los demás. El segundo, el derecho del resto de seres vivos a seguir su vida. La libertad de una persona para hacer ruido acaba donde empieza la libertad de otra de no tener que oírlo. Una persona tiene libertad individual sólo, y exclusivamente sólo, mientras no perturbe la libertad de los demás.

¿Lo entendemos?

Obviamente él no lo entiende aunque por partes de su retórica parezca que sí. Es bastante problemático asignar derechos a todos los seres vivos a seguir con su vida: ¿qué vamos a comer? Uno es libre cuando su ámbito de decisión (su propiedad) no es perturbado por los demás. Los ladrones no dejan de estar libres cuando roban, sino cuando los meten en la cárcel. Tal vez lo que le cuesta decir bien es que no tenemos derecho a perturbar la libertad de los demás, y que si lo hacemos los poderes públicos nos quitarán la libertad.

¿Lo entiendes?


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