Pedir o exigir

16/02/2012

Artículo en Libertad Digital.


Charla en Seminario Lucas Beltrán

04/04/2011

La ética de la libertad. Estudio de normas universales, simétricas y funcionales para la convivencia social.

Jueves 7 de abril a las 18:00. Sala de Juntas de la Facultad de Económicas de la Universidad CEU San Pablo (Julián Romea, 23, 1ªplanta).

Live-blog en http://www.marygodiva.wordpress.com por María Blanco.


Órdenes y prohibiciones sobre aspiraciones y bienestar

27/05/2010

Artículo en Instituto Juan de Mariana.


Ética y personas inexistentes

30/12/2009

Artículo en Instituto Juan de Mariana.


Carlos Blanco, ¿niño prodigio o perfecto necio?

19/05/2009

Afirma tajante Carlos Blanco:

Cuando vivimos una situación tan complicada como la actual, derivada de una crisis financiera de dimensiones desorbitadas que, sólo en España y por el efecto sumatorio del precario modelo de crecimiento de nuestro país, se ha traducido ya en más de cuatro millones de parados, conviene plantearse cuál es el papel de los economistas en el debate público. Y, en este caso, creo que urge, en aras del progreso social de Europa, ser sumarios e incluso lapidarios: un economista que no defienda el modelo social europeo y de prestaciones sociales (subsidios de desempleo, pensiones, dependencia, mejora de la educación pública…) será necesariamente conservador y regresivo, y propondrá volver al pasado en lugar de avanzar hacia el futuro; mientras que un economista que admita que toda solución de la crisis económica pasa por reforzar esos pilares sociales del estado de bienestar y, por tanto, por mejorar el nivel de vida de los ciudadanos, podrá ser calificado de progresista.

O sea que criticar o simplemente no defender activamente el modelo antisocial europeo, que básicamente consiste en la dependencia del Estado para casi todo, es malo. Sólo quien asegure convencido que el estado de bienestar mejora el nivel de vida de los ciudadanos es bueno, progresista. Si esto lo dijera alguien inteligente, los liberales podríamos estar preocupados. Pero lo dice un niño prodigio, un superdotado según algunos tests de inteligencia, que obviamente no miden gran cosa de los conocimientos sobre las ciencias sociales.

Aquí no caben medias tintas ni compromisos cómodos y acomodaticios. Las políticas económicas nunca son ideológicamente neutras, porque la economía, como ciencia social, no puede esconderse en el cómodo refugio de la indiferencia científica frente a los valores éticos. El fin nunca puede justificar los medios: el fin (salir de la crisis y conseguir crecimiento y prosperidad) no puede justificar el empleo de medios que lesionarían gravemente las grandes conquistas sociales que han hecho del modelo europeo un paradigma de cohesión y de integración social.

Resulta que hay grandes economistas, a quienes Carlos Blanco obviamente no ha leído o comprendido, que explican por qué la economía es una ciencia libre de valoraciones. En su discurso parece más un agitador profesional que un científico: lo suyo es la cruzada moralizante. Obsérvese cómo da por hecho un error tras otro: lo que llama “conquistas sociales” (¿a quién se han conquistado?) han producido un sistema antisocial, donde las relaciones sociales no son voluntarias, cooperativas, libres y espontáneas sino que están mediatizadas por la ineficiencia burocrática de los funcionarios del Estado al amparo de la violencia difusa institucional. Pero para Blanco es un paradigma de cohesión e integración social. La misma cohesión que tienen los sólidos inertes: sin vida y sin voluntad.

No hay progreso auténtico sin progreso universal: de nada sirve crecer en cifras macroeconómicas si ese crecimiento no supone, de por sí, su extensión al máximo número posible de ciudadanos. Y para hacerlo no basta con exigir una libertad negativa e indiferente, como la defendida interesada y acríticamente (ignorando las conclusiones de la ciencia sociológica) por el liberalismo, sino fomentar las condiciones para el ejercicio positivo de la libertad, tarea para la que es imprescindible la existencia de igualdad de oportunidades, imposible sin el gasto social y sin el papel activo del Estado y de los agentes sociales.

Resulta que el liberalismo defiende la indiferencia, de forma interesada y acrítica, e ignorando las conclusiones de la sociología. Algo debe de andar mal en la cabeza de Carlos Blanco para confundir el rechazo de la violencia con la promoción de la indiferencia. Sugerir intereses espurios refleja que no da para mucho más, y por eso piensa que el liberalismo es acrítico: quizás no le suena el racionalismo crítico de Hayek. Cae precisamente en el racionalismo constructivista que criticaba Hayek, pretende en su megalomanía que el progreso sólo es real y aceptable si es universal (usted en su acción local particular no progresa de verdad) y que éste sólo es posible si es tutelado y dirigido por el Estado.

La igualdad de oportunidades es un deseo de algunos: pero como parece que les da vergüenza plantearlo como una preferencia personal, insisten en que es una exigencia irrenunciable para el ejercicio positivo de la libertad (tener riqueza y poder). Olvidan cómo el Estado destruye la libertad negativa para presuntamente conseguir (que no lo hace) la libertad positiva.

De nada le servirá al liberalismo teórico, sistémicamente insolidario, bunkerizarse en apelaciones vanas a la caridad individual. La beneficencia y la limosna constituyen privilegios que ennoblecen a quienes los realizan; con todo, sus resultados son prácticamente nulos y no se objetivan en derechos. Perpetúan una situación de por sí injusta y cortoplacista, en lugar de edificar un modelo social a largo plazo que permita que los ciudadanos sean libres y autosuficientes, dotados de derechos, dentro de un marco de solidaridad institucionalizada. Frente a propuestas individualistas que encuentran en la caridad la coartada para neutralizar el papel del Estado, debemos ser conscientes de que una sociedad madura, no infantilizada, no se contenta con lo que hacen los individuos solos y aisladamente, sino que construye un marco que coordine las acciones individuales de cara al interés social.

El liberalismo resulta ser sistemáticamente insolidario: no las personas, sino la teoría; curioso. Entonces su opuesto, el socialismo (quizás democrático) será solidario y maravilloso. Blanco no explica el valor moral de la solidaridad a la fuerza, la que es impuesta desde el poder político y no realizada voluntariamente por las personas. Y es que Blanco ignora tanto la realidad (es muy joven y quizás le falta experiencia) que desprecia la caridad individual como vana y de resultados nulos, mostrando una arrogante ignorancia acerca de la realidad histórica de la ayuda entre seres humanos.  Le parece mal que los pobres no tengan derechos a costa de los ricos: la igualdad ante la ley no parece importarle gran cosa. Su criterio de justicia no es el clásico de proteger la libertad y la propiedad privada: ahora consiste en ser todos más iguales. Su visión temporal está justo al revés: cree que es sostenible un modelo como el estatal de parasitismo y depredación de todos sobre todos. No entiende que las instituciones auténticamente funcionales son las que surgen de múltiples interacciones voluntarias entre muchos individuos, y las confunde con las organizaciones coactivas propias del Estado. No explica que los derechos que defiende los consiguen unos a costa de otros, lo cual no parece una receta acertada para la armonía social. Y si aspira a ciudadanos autosuficientes, ¿para qué van a relacionarse unos con otros si no se necesitan? No entiende que la sociedad es interdependencia voluntaria. Él, cuya madurez brilla por su ausencia, pretende saber qué es una sociedad madura y además habla en nombre del colectivo. Seguramente no le suena la idea de los órdenes espontáneos donde se coordinan las acciones individuales para el interés de los participantes sin necesidad de planificación estatal.

Es la hora de decidir qué es preferible: una economía individualista, conservadora y regresiva; o una economía social, imaginativa y progresiva. Las acusaciones de simplismo, ante la gravedad de la actual crisis, significarían de por sí un alineamiento casi automático con la primera de las tendencias. Es hora de defender los valores éticos que subyacen al modelo social europeo, la mejor herencia de la larga tradición filosófica y humanista de nuestro continente, frente a los cantos de sirenas que aún después de esta crisis todavía se atreven a decir que la suma de los egoísmos individuales, guiada por una mano invisible, conducirá al bienestar general.

Carlos Blanco no parece tener preferencias sino que decide qué es preferible, es decir qué puede ser preferido por todos. Y asigna la imaginación a las doctrinas más colectivistas, repetitivas y empobrecedoras, que se autocalifican de progresistas para ocultar que son esencialmente retrógradas: típicas de pequeñas tribus pero inadecuadas para sociedades extensas. Carlos Blanco tal vez no merece ser acusado de simplista: perfecto necio (y muchos otros adjetivos que vienen a decir lo mismo con más o menos gracia) le cuadra mucho mejor. No parece preparado para emitir juicios de valor sobre la herencia intelectual europea.

Su patética ignorancia acerca de la economía y las finanzas le lleva a culpar al liberalismo de la actual crisis: ni siquiera es original.


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