Hacia una economía con valores

12/03/2012

Juan Francisco Julià, rector de la Universidad Politécnica de Valencia, y Rafael Chaves, profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Valencia, defienden avanzar “Hacia una economía con valores”. Suena bien, claro, porque es una frase construida para sonar bien y elevar el estatus moral de quienes la pronuncian. Los valores son lo bueno, y uno queda bien defendiendo lo bueno.

Pero el discurso concreto ya no está tan logrado:

… es necesaria no solo una revisión en profundidad del modelo económico de crecimiento, sino también un cambio en el paradigma dominante del pensamiento económico. La actual crisis requiere un profundo giro, teórico y práctico. Como postulaba el profesor Stiglitz, unos días después de la quiebra de Lehman Brothers, el fundamentalismo de mercado, la mainstream del pensamiento económico actual, basado en la superioridad de los mercados autorregulables, ha demostrado una doble incapacidad en la práctica, por un lado, para resolver los problemas económicos y sociales más importantes de nuestro tiempo y, por otro, para salir de la crisis que el propio modelo ha generado.

El fundamentalismo de mercado no puede haber causado ninguna crisis porque no ha existido en ningún lado; ni puede fracasar en salir de la crisis porque sigue sin existir en ningún lado. Pero uno queda bien atacando a los “fundamentalistas” de mercado. Ser fundamentalista es malo, sea de lo que sea.

¿Cómo van a autoregularse las personas y sus asociaciones voluntarias en sus intercambios libres?; ¿mediante el respeto a los derechos de propiedad y el cumplimiento de las cláusulas contractuales? Eso no puede ser, hombre: unas personas tienen que imponer coactivamente reglas a otras personas.

En el origen de esta crisis se halla sobre todo una profunda crisis de valores cívicos y económicos que han guiado el modelo de crecimiento. En efecto, un exceso de codicia, un escaso respeto a las prácticas de buen gobierno corporativo y una marcada insensibilidad hacia el medio ambiente y social que nos rodea, así como a las condiciones de vida y de trabajo de la mayor parte de la humanidad, han sido los valores aceptados por las instituciones y los órganos centrales de decisión en las pasadas décadas. Resulta por ello obligada la reivindicación de una economía más equilibrada y con valores sociales y económicos potenciadores del desarrollo humano y de la sostenibilidad. Debe emerger un nuevo paradigma basado en economías más plurales, donde el sector público y los otros modelos de empresas y organizaciones, en especial las cooperativas, las entidades no lucrativas y otras entidades de economía social adquieran roles significativamente más relevantes.

Si no te gustan las preferencias de otros, acúsales de crisis o falta de valores; o concreta con la codicia, que eso funciona siempre; y remata con insensibiliad social o ambiental, que está ahora de moda. Mucha gente es mala: pero siempre son otros…

Cuando reivindiques, di que lo haces “obligado”, o que “resulta obligado”, quitándote de enmedio. Y propón generalidades vacías de contenido pero que suenen bien: desarrollo humano, sostenibilidad…

No te preocupes al dar órdenes con lo que debe ser o hacerse: la gente parece acostumbrada a ese lenguaje y no nota la coacción implícita. No promuevas pacíficamente más cooperativas o entidades no lucrativas: debe haber más de ellas, y más sector público, que parece que nunca es suficiente, y más “economía social”, que suena fenomenal.

Pero ¿alguna economía no es social?; ¿o es antisocial? ¿No será la de libre mercado, verdad?

En este contexto, la economía social, un tercer sector de la economía situado entre la economía pública y las empresas privadas tradicionales capitalistas, adquiere un renovado valor teórico y práctico. Se trata de un sector económico que pone énfasis en las personas más que en el capital, en la satisfacción de las necesidades sociales, el interés social y el interés general más que en el lucro, y en el anclaje a los territorios y sus poblaciones más que en la volatilidad geográfica. Un sector que demuestra en la práctica cómo el interés común y los bienes colectivos pueden ser eficazmente gestionados desde el ámbito privado, como revela Elinor Ostrom, la primera mujer premio Nobel de Economía. Todo ello sin caer en tentaciones intervencionistas, no olvidando las fuerzas del libre mercado, ya que no puede ignorarse que en el marco de la actual economía de mercado también se produjo en las últimas décadas, antes del estallido de la actual crisis, la etapa de mayor crecimiento económico, como bien nos recordaban en un artículo en el Financial Times Becker y Murphy al indicar cómo, desde 1998 a 2007, el PIB mundial se incrementó en un 145%.

Si realmente quieren defender el libre mercado y evitar el intervencionismo e incluso citan a Ostrom, tal vez podrían revisar su lenguaje y su argumentación.

Enfatizar las personas más que el capital suena muy bonito, pero resulta que los capitalistas o ahorradores… también son personas.

Las necesidades sociales suelen ser las necesidades de muchos individuos, que pueden ser incompatibles o conflictivas; lo del interés general o social suena muy bonito pero suele resultar engañoso y tramposo. Y la satisfacción de esas necesidades ¿quién la va a pagar?

El lucro no tiene nada de malo, sobre todo cuando se consigue sirviendo a los demás.

El anclaje a los territorios y a sus poblaciones ¿no significa olvidarse de otros territorios y otras poblaciones que quizás también tienen necesidades y que curiosamente a veces son más competitivas?; ¿no implica que las poblaciones locales pueden acabar viviendo del cuento y haciéndose las víctimas cuando las empresas buscan mejores oportunidades?


Colectivos, jefes, depredadores y parásitos

29/11/2011

Artículo en Libertad Digital.


Pobre macroeconomía

03/08/2010

Artículo en Instituto Juan de Mariana.


La limitación intelectual de Moisés Naím

12/06/2010

Artículo en Libertad Digital.


Nuevas sandeces de Antonio Ruiz de Elvira

12/10/2009

Aquí

Me dice un amigo que solo debería hablar de lo que sé, y me encuentro totalmente perdido. ¿De qué sé? Sé un poquito de física. Conozco algo del problema del clima. Pero lo que realmente sé es que no sé nada, y siguiendo a Sócrates quizá al saber eso ya estoy en el camino de la sabiduría.

Es verdad que Ruiz de Elvira está totalmente perdido y que no sabe nada, pero le da igual. Un amigo le sugiere que no sea tan bocazas hablando de lo que no sabe y él sigue sermoneando sin parar.

El problema es que los expertos no suelen servir de nada. ¿Ejemplo? Revisen los lectores las páginas de El Mundo de los años 2006, 2007, 2008. Ningún “experto” fue capaz de predecir la crisis, ni de señalar caminos alternativos. Y, antes del mayor desarrollo de la ciencia y la tecnología, en 1900, los expertos en física, los catedráticos de Berlín, dijeron a Max Planck que buscase otra profesión: La física se había acabado. ¡Expertos!

Parece que cree que conoce a todos los expertos en economía. O quizás insinúa que los expertos de El Mundo son muy malos…

Pues bien, un no experto, yo mismo, sugiero ahora la solución al problema económico y al problema de clima.

No tiene ni idea de economía pero va a opinar con su contundencia y estulticia habitual.

Pero existe alternativa: Se llama lanzar la tercera revolución energética. La segunda, la única que conocemos bien, la del carbón, tuvo sus tremendos detractores, esencialmente los terratenientes atrincherados que veían con horror la posibilidad de que otros ganasen como ellos, de que otros, los “comerciantes” se convirtieran en señores. Pero la revolución triunfó, (sin guerras, muertes, sin REVOLUCIÓN) y la disponibilidad de energía, que es lo mismo que riqueza, nos trajo el bienestar, trabajo para casi todos, y desarrollo personal.

¿Qué tendrán que ver los comerciantes con el carbón? ¿Desde cuándo energía es lo mismo que riqueza?

Podemos lanzar en cualquier momento la tercera revolución energética. Basta con cerrar los oídos a los que se agarran a sus privilegios.

O sea que los sordos lo tienen más fácil para la tercera revolución energética. Yo haría un esfuerzo y dejaría de escuchar a Antonio Ruiz de Elvira a ver si así también ayudo al progreso: porque él tal vez sea un funcionario agarrado a sus privilegios…

Sobre la incapacidad de aprender, algo que él domina a la perfección

Podemos invertir, en vez de subvencionar. Podemos plantar mil millones de árboles. Podemos montar centrales eléctricas solares. Podemos llenar las fachadas de las casas de celdas solares. Eso es pagar por dar trabajo, no pagar a cambio de nada. Acabo de comprar un Prius de Toyota, híbrido. ¿Por qué? Porque he comprobado que gasta la mitad de gasolina que cualquier otro. He pagado a cambio de un beneficio real. Recuperaré lo pagado en 4 años. Pagaré yo la deuda. No otro. Y emitiré el mínimo posible.

Podemos parar el cambio climático y al tiempo crear empleo. Para ello hay que fajarse y ponerse a trabajar.

Parece que no entiende que subvención e inversión no son contradictorios: muchas subvenciones son fondos dedicados a la inversión. El problema es que las inversiones sean inteligentes, que produzcan beneficios. Él está seguro de que sus inversiones recomendadas son acertadas, y ahí está su error: es imposible asegurar con certeza que una inversión es correcta, y por eso la empresarialidad es difícil e imprescindible.

Al menos se agradece que quiera pagar él su deuda y no pasársela a otros. Lástima que las subvenciones a su energía favorita, la solar, no las paga él, y suponen un coste que sí se carga sobre los contribuyentes sin su consentimiento.

Crear empleo es trivial. Lo difícil es que crear empleos en proyectos empresariales financieramente sostenibles, es decir que den beneficios. Y los empleos que se quieren crear para presuntamente parar el cambio climático no son sostenibles y encima implican mayores destrucciones de empleo (o no creación de más puestos de trabajo) en otros sectores de la economía.

Así trata a los presuntos “Expertos”:

El report de Bjorn Lomborg del ‘Copenhagen Consensus’ sobre gastos en Cambio Climático no puede ser más ignorante. Lo firman 3 premios Nobel y 2 profesores de universidades americanas. Es decir “expertos”, es decir, gente a la que hay que creer.

Siempre se puede ser más ignorante. Ruiz de Elvira se supera en esa tarea cada día sin desfallecer nunca. ¿Quién le obliga a creer a nadie?

Ahora, las ideas vertidas en el mencionado report, no se sostienen. La idea básica es que frenar el cambio climático “cuesta” mucho. En El Mundo tendremos, en noviembre, un seminario en el cual la cuestión del “coste” quedará completamente clara.

De la misma manera que el Informe Calzada de hace unos meses, este informe Lomborg se basa en el concepto antiguo y superado del “coste de oportunidad”, la idea de que si uno gasta en una cosa no puede gastar en otra. Parece que estos dos economistas no son capaces de aprender más que lo que leyeron cuando eran estudiantes.

La realidad es que gastamos en toda clase de cosas simultáneamente.

Todo esto por alguien que no entiende ni de lejos el concepto de coste y quiere dar un seminario al respecto. Yo puedo gastar en una cosa y en otra si tengo recursos para ambas: pero si no es así, tendré que elegir y gastar en una cosa o en la otra. Y los recursos siempre son escasos en relación con los deseos. Gracias a la economía de mercado libre somos bastante ricos y podemos gastar en muchas cosas simultáneamente: qué gran descubrimiento.

El problema del gasto, que no del costo, es para qué se emplea ese gasto. Podemos emplear los dineros que tenemos en hacer más dinero: Inversiones productivas. O podemos emplear esos dineros en consumo suntuario. Un ejemplo lo puede dejar claro. Si yo gasto dinero en un molino de viento, la energía que me da no la tengo que pagar a ninguna compañía eléctrica. Estoy produciendo dinero a partir de un gasto.

Si el mismo dinero que he gastado en comprar o fabricar un molino de viento lo empleo en una serie de comilonas o en un crucero, cuando acabo tendré satisfacción, pero no más dinero. De la misma manera, si gasto el dinero que tengo en subvenciones miserables, mantendré a personas con una vida miserable, pero no generaré puestos de trabajo, es decir, no generaré más dinero. Si doy dinero para el hambre en África, mantendré con una vida miserable a algunas personas, cuando lo que tendría que hacer es comprarles sus productos para generar trabajo, es decir, conseguir que mi gasto genere dinero.

Tanto el informe Calzada, como este de Lomborg, consideran, sin más, que el dinero empleado en frenar el cambio climático es gasto suntuario.

Está muy bien que se dé cuenta de que los recursos pueden consumirse (como seres vivos jamás podremos reducir esto a cero) o pueden utilizarse para producir más recursos (inversión). No todo consumo es suntuario, y ese calificativo lo usa para criticar el consumo que hacen otros y a él no le gusta.

También está muy bien que sustituya las limosnas a África por el comercio con ellos, aunque no lo expresa demasiado bien con eso de que el gasto genera dinero. Ya que quiere comerciar con África no queda claro por qué no quiere comerciar con una compañía eléctrica. Si cada uno se monta su propio molino de viento, ¿por qué no también cultivar la propia comida, construir nuestras propias casas, tejer nuestra propia ropa? No entiende las ganancias de eficiencia que se obtienen con la división del trabajo, la cual implica que siempre tendremos que pagar a otros (gasto).

Ruiz de Elvira no parece entender que no todas las inversiones (eso que él llama a su manera generadores de dinero) merecen la pena: algunas destruyen valor (los productos finales valen menos que lo que ha costado producirlos), generan pérdidas.

Ni Lomborg ni Calzada tratan el gasto en cambio climático como suntuario: simplemente observan que existen mejores alternativas para utilizar esos recursos.

La realidad es la contraria: Para frenar el cambio climático las medidas son no tirar el dinero al mar (aislar las casas, por ejemplo, construir un sistema de transporte eficiente basado en trenes, plantar árboles) y generar energía, es decir, producir dinero.

Ni se molesta en evaluar cuánto cuesta aislar una casa (¿debe hacerse de forma perfecta o qué fugas son aceptables) y da por hecho que el tren es eficiente, lo que no es cierto.

A Antonio Ruiz de Elvira Madrid le da asco, no puede resistirlo y tiene que compartirlo con todos.

…la atmósfera de Madrid es irrespirable, es una masa de aceite de moto y de gasóleo mal quemado que sale de los tubos de escape, y de monóxido de carbono de la combustión de la gasolina.

Para ser irrespirable resulta curioso comprobar cuántos millones de personas la respiran…

Me gustaría, ya que no puedo ir al trabajo en bicicleta en Madrid, al menos poder nadar un kilómetro todos los días, en invierno. ¿Dónde lo puedo hacer? Madrid solo tiene una piscina olímpica cubierta para 5 millones de personas. ¿Cómo poder conseguir una calle para nadar?

Pobrecito que no tiene una calle en piscina de cincuenta metros para él solo… ¡Qué gran oportunidad empresarial que seguramente no va a aprovechar!

Espero que el Comité Olímpico reconozca la realidad de Madrid: Aire contaminado, falta de posibilidad para el deporte, coches que rechazan con ira a los ciclistas, ruido insoportable en las calles, diversión para la cual es preciso hacer oposiciones, museos para entrar en los cuales es preciso hacer cola, música para escuchar la cual es preciso abonarse a la orquesta.

¿Música para escuchar la cual? ¿Mande? Todo lo de las colas y demás lloros, básicamente por una noche anómala, la Noche en blanco, que toma como representativa. Qué gran científico observador de la realidad social.


Más necedades de Antonio Ruiz de Elvira

23/08/2009

No resulta especialmente sorprendente que Antonio Ruiz de Elvira se haga un lío aquí con los derechos de propiedad:

En contra de las propuestas que continuamente leemos: ‘Mi’ caja, ‘mi’ aeropuerto, ‘mi’ lengua, voy a hacer una para todos: ‘la’ energía de todos y para todos.

Frenar el cambio climático exige dejar de explorar los mares en busca de petróleo, como se quiere hacer en Guinea, y aceptar, sencillamente, -aceptar- (lo que no es tan difícil) que hay otras energías y que esas energías no son de empresas particulares, ni de regiones concretas: Que una vez instaladas son de cada uno y funcionan en todas las regiones: Que son de todos y que no tienen barreras.

Frenar el cambio climático no requiere dejar de buscar petróleo. Ni siquiera requiere dejar de utilizarlo como combustible. Si el CO2 atmosférico es un problema no es imprescindible dejar de añadirlo a la atmósfera: también se puede retirar de ella tanto como se añada (o incluso más), o compensar sus efectos térmicos con otras medidas de geoingeniería. Qué acciones sean más acertadas dependerá de sus costes relativos.

Dudo que haya mucha gente que no acepte que haya otras energías. Además como la física es universal, funcionan en todas las regiones. El problema es si son económicamente competitivas o no. Aparte de que las energías no se instalan: lo que se instala son dispositivos para captarlas, almacenarlas, procesarlas, transportarlas y aprovecharlas.

No queda muy claro que la energía sea de todos y de cada uno: ¿quiere eso decir que cualquiera puede enchufarse a mi panel solar o a mi molino de viento? Si algo es mío ¿no significa que puedo excluir a otros de su uso? El viento y la luz solar son tan abundantes que son casi bienes libres; pero una vez transformados en energía eléctrica, ¿es esta mía o es de todos y para todos? Lo de la ausencia de barreras, ¿se refiere a que no hay ningún límite físico o de nuevo se trata de que los propietarios no pueden construir barreras para delimitar sus posesiones?

Necesitamos, y podemos, montar 5 gigavatios de energía solar al año. De molinos de viento, de celdas solares, de energía solar térmica, de biocombustibles. Algunos ingenieros con quien he hablado me dicen: “Muy difícil”. Esos no son ingenieros. Los ingenieros son aquellos que dicen: “Vamos a hacerlo”. Como Watt, como Telford, como von Braun, como Gates y Steve Jobs.

Algunos economistas me dicen: “Es muy costoso”, y no los entiendo. Montar, por ejemplo, un gigavatio al año de celdas solares en los tejados de las casas exige cinco mil montadores, cinco mil preparadores, los trabajadores de las fábricas de celdas, los transportistas, etc. Podemos calcular que unos cincuenta mil empleados. Dar trabajo a cincuenta mil personas significa generar empleo para quinientas mil. Y ese empleo es reciclable: No es dar dinero para hacer un jardín, un camino o montar una feria: Actividades que mueren cuando el jardín acaba, o se termina el camino. No. Significan crear infraestructura industrial.

Antonio Ruiz de Elvira decide por todos nosotros lo que necesitamos o no (si lo pagara él de su bolsillo, tal vez hasta le podríamos dejar jugar un ratito). Y además determina quién es ingeniero y quién no. Ya no hace falta estudiar y examinarse: basta con decir “Vamos a hacerlo”. No está claro que las personas que menciona, que quizás se avergonzarían de ser alabadas por un necio integral, tuvieran éxito simplemente con esas tres palabras: quizás también se preguntaron si merecía la pena hacerlo, si los costes eran asumibles para lo que se iba a obtener. El sesgo del éxito es muy común entre quienes ponen como ejemplo a los que han triunfado pero olvidan mencionar a todos aquellos que han fracasado intentando cosas relativamente parecidas.

Ruiz de Elvira reconoce y demuestra una y otra vez que no entiende el concepto de costes, pero no importa: él sigue pontificando como si supiera algo de economía. Aquí confunde generar empleo (con números inventados completamente arbitrarios) con producir riqueza, y además ignora lo que no se ve: lo que podría haberse hecho con esos recursos escasos utilizados de otra manera.

La energía solar exige vehículos de hidrógeno. Un plan Manhattan que resuelva el problema que queda en un plazo de cuatro años. Un plan Manhattan significa sueldos para diez mil personas: Esos sueldos se multiplican en otros cincuenta mil empleos. Es claro que hay que pagar. Pero esos pagos vuelven a los bolsillos de quien paga, o las arcas del estado, en un plazo de cuatro años, a base de impuestos directos e indirectos en una economía relanzada, mientras que el dinero del paro desaparece sin dejar rastro.

Una economía de hidrógeno exige montar las generadoras, los gasoductos, los nuevos motores, las ‘hidrogeneras’ que deben reemplazar en su día, pero que durante un tiempo deben coexistir con, las gasolineras. Los talleres de reparación, las ventas, etc. Negocio y empleo.

La energía solar no exige vehículos de hidrógeno. Quizás funcionen mejor las baterías eléctricas. O quizás sea más rentable utilizar energía solar para sintetizar algún tipo de combustible, o para cualquier otro sistema aún no inventado.

Pretender relanzar una economía con un plan Manhattan es propio de un completo ignorante que no entiende los problemas de la planificación central del socialismo, pero éste además se cree muy listo al tiempo que no para de meter la pata. El dinero del paro no desaparece sin dejar rastro: o se atesora, o se ahorra e invierte, o se gasta en consumo.

Si él está tan seguro de que hay que gastar más y más dinero no importa en qué porque el dinero circula automáticamente y siempre vuelve a su origen, que predique con el ejemplo, que gaste de forma alocada y se siente a esperar. Tal vez le sorprenderá ver lo mal que funciona el multiplicador del gasto.

Frenar el cambio climático es un negocio de todos y para todos: Es creación de empleo. Se olvida constantemente, sobre todo por el nuevo primer estado, los nuevos nobles, que no hay riqueza si no la tiene el pueblo. Que la riqueza concentrada dura lo que un porro a la puerta de un colegio.

Frenar el cambio climático es un negocio para unos pocos grupos de interés que apuestan por seguir recibiendo subsidios, como las energías renovables. Los empleos que se crean hay que pagarlos, suponen costes, y esos recursos gastados no pueden dedicarse a otros sectores seguramente más productivos. Si queremos sólo crear empleo, destruyamos todas las herramientas.

Se nota que Ruiz de Elvira no entiende gran cosa de lo que es la riqueza. Algún millonario podría explicarle que la riqueza existe aunque esté concentrada, que uno puede ser rico y otros no.

Aquí se pregunta si vivimos en la Tierra. Anda un poco despistado.

Cada día entiendo menos de la economía que nos gobierna.

No hace falta que lo jure. Lo demuestra cada vez que escribe.

Un editorial del New York Times se queja de que China protege su industria de energía solar. Es de sobra conocido que la única manera que tiene cualquier país de acceder a la riqueza, es desarrollar su propia industria, y para ello necesita cuidarla en invernadero como se cuida a las plantas antes de trasplantarlas. Lo hizo Inglaterra durante la revolución industrial, lo hicieron los EEUU en el siglo XX, Japón y recientemente Corea. Es imprescindible.

“Es de sobra conocido” es la muletilla previa a todo tipo de disparates. El del proteccionismo “imprescindible” es de los que demuestran ignorancia económica de la buena, de los mercantilistas proteccionistas de todos los tiempos. Que muchos países hayan sido y sean proteccionistas no significa que eso les haya beneficiado colectivamente: sólo ha supuesto un trasvase coactivo de recursos de los ciudadanos a los sectores protegidos. Y a las plantas se las cuida en viveros, no necesariamente en invernaderos (qué obsesión con el cambio climático).

Y sin embargo las quejas surgen siempre. Que si las empresas europeas no pueden competir, que si es injusto, etc. Derivan estas quejas de dos tremendos errores de las hipótesis implícitas (y nunca explicitadas) del pensamiento económico: Uno de ellos, que la riqueza es escasa y si la tiene otro no la tengo yo. Y por tanto para ser rico yo los demás tienen que ser pobres. El segundo, que uno solo puede competir en lo que ya sabe, que no hay cambio en el mundo y que las empresas no se adaptan.

¿Nunca se ha explicitado que la riqueza es escasa? ¿Pero qué ha leído este personaje? Lo de que para ser rico yo los demás deben ser pobres efectivamente es una falacia, pero no está claro que todos los economistas la cometan: con el libre comercio ambas partes se benefician y es posible que todos se enriquezcan de forma interdependiente. Pero si yo tengo un objeto físico que es un bien económico, otro no lo tiene: mi bicicleta la tengo yo, no otro.

Hay algunas visiones estáticas de la economía (giro uniforme, equilibrio general) en las que no hay cambios, pero no todo el pensamiento económico ignora la empresarialidad.

Ambos errores nos han traído hasta aquí, a la enésima crisis aceptada como natural por los economistas profesionales. Es como si los médicos aceptaran como lo más natural del mundo que cada diez años un cuarto de la población debiese sufrir una pandemia sin hacer, para controlarla, otra cosa más que esperar a que pase.

Parece que conoce a todos los economistas profesionales y que todos piensan lo mismo.

Pues bien: Los desastres económicos de España (y como los nuestros, los de los demás) se han basado siempre en insistir en la hipótesis de ‘estaticidad’: Siempre se iba a necesitar acero, siempre se podrían vender barcos baratos, siempre venderemos fresa, vino, etc.

Esta es la idealidad de Marte. En la Tierra las cosas cambian, cambian constantemente y cambian muy deprisa. No solo ahora. En el siglo XVII las pañerías españolas, ancladas en tradiciones antiguas, tuvieron que cerrar porque la tecnología (holandesa) había cambiado y las nuestras ya no podían competir (lo mismo pasó en Florencia y las ciudades italianas).

¿La solución? Cambiar más deprisa de lo que cambia el entorno, el medio donde vivimos, el medio ambiente. Adaptarnos. Estudiar, trabajar.

La idea antigua es que una vez acabado el colegio, la universidad, ya no hay que estudiar más. Los ejecutivos de la naval, de los altos hornos, que no estudiaban constantemente, tuvieron que cerrar.

Está muy bien insistir en que las cosas cambian. El problema es que no todo cambia igual de deprisa, algunas cosas casi son constantes, y no basta con afirmar que las cosas pueden cambiar, lo interesante es prever los cambios y anticiparse a ellos con perspicacia empresarial, para lo cual no hay garantías de acierto. Estudiar e innovar consume recursos, es una actividad que tiene el coste de reducir la producción presente: por eso no se hace sin más.

Por otro lado parece que asume que el medio ambiente puede cambiar y que podemos adaptarnos: entonces ¿a qué viene tanta histeria respecto al cambio climático? ¿Por qué insistir en frenarlo a cualquier precio?

Las empresas solares europeas pueden competir con las chinas, siempre que ofrezcan mejores productos. Si han invertido mucho en los productos anteriores, tendrán que invertir más en los nuevos ¿pasa algo?

No se trata sólo de ofrecer mejores productos, también hay que tener en cuenta los precios. Y si otro país subsidia a sus exportadores (a costa de sus ciudadanos contribuyentes) quizás la competencia no sea muy justa. Respecto a invertir siempre más, Ruiz de Elvira parece no entender que el capital es escaso y que hay usos alternativos, no se trata de invertir más sin ton ni son, sino de decidir en qué se invierte. Aparte de que también está el consumo presente que limita lo que se ahorra e invierte.

El primer error es peor aun: Henry Ford explicó, con el ejemplo, que la riqueza es general. Que para hacerse él rico no tenía que hacer pobres a los demás, a sus trabajadores. Al revés: El negocio está en que no solo 200 millones de chinos, sino 1400 millones se hagan ricos: Así nos comprarán los productos que, mediante el estudio y la adaptación, fabriquemos nosotros.

Henry Ford nunca pensó que tuviera la opción de empobrecer a sus trabajadores. Lo que hizo fue fabricar un producto al cual podían acceder sus trabajadores, popularizando así el automóvil. Se repite mucho la tontería de que decidió pagar bien a sus empleados para que pudieran permitirse comprar sus productos: sus empleados son una fracción ínfima de los consumidores potenciales; un empresario no puede decidir unilateralmente cuánto paga a sus empleados, ya que si les paga poco se los lleva la competencia y si les paga demasiado quiebra.

Es estupendo que todos nos hagamos ricos, pero esto no sucederá gastando a lo loco e invirtiendo a ciegas.

La riqueza no es escasa: Se ha multiplicado por veinte en 200 años, se puede multiplicar por 100 en los próximos 200 años.

La riqueza es escasa: nunca hay suficiente para satisfacer todos los deseos de los seres humanos. Mañana seguramente habrá más riqueza que hoy, y seguirá siendo escasa.

¿Corregimos las hipótesis?

¿Pueden los necios corregir el pensamiento de los demás?

La última serie de sandeces de Ruiz de Elvira criticadas en esta entrada las ha publicado en su artículo “El penoso informe del doctor Calzada” (ese tan famoso del Instituto Juan de Mariana sobre la destrucción de empleo por las subvenciones a las energías renovables), aparecido en la revista Integral (número 355) junto a otros artículos de alto nivel científico como “Curarse con flores de Bach”. En su reseña biográfica además nos avisa (o amenaza) de que está desarrollando nuevos modelos económicos dinámicos para el problema del cambio climático.

Según Ruiz de Elvira el IJM se basa en el fundamentalismo liberal: o sea que somos liberales con fundamentos, muchas gracias por el reconocimiento intelectual. Pero el informe tiene “varios errores de bulto, desde el punto de vista de la mejor teoría económica actual”. No me queda claro cómo alguien absolutamente negado y ciego para la economía puede entender o dominar “el punto de vista de la mejor teoría económica actual”. A ver por dónde nos quiere llevar.

Empieza por criticar que no se use o cite ningún modelo económico, que prácticamente sólo se recopilan datos históricos. Claro, si no tienes una simulación matemática de la economía no puedes hacer ciencia en serio: habrá modelos malos y los habrá peores, pero son ineludibles según este experto en metodología y epistemología de la economía. Si no usas un modelo, no mereces crítica científica, y además no te van a entender.

Además las conclusiones son inválidas para una economía antigua y más para la economía moderna.

Supongo que no se refiere a la economía como ciencia, cuyos principios son universales, sino a la situación económica, a la coyuntura histórica.

El trabajo está basado en la filosofía defectuosa que subyace los trabajos del Instituto Juan de Mariana: la filosofía de que nada cambia en este mundo. Por lo tanto, ni hay cambio climático ni destrucción de la naturaleza ni cambio económico.

Ante esta afirmación uno se pregunta si estamos ante un completo inepto que no se entera de nada o ante un mentiroso sin ninguna vergüenza. ¿Conoce algún otro trabajo del IJM para poder hablar en plural de sus trabajos? ¿Conoce la filosofía en la que se basa su pensamiento? ¿Entiende que si por algo se caracteriza la escuela austríaca de economía y el liberalismo como filosofía política es por su insistencia en la empresarialidad, el cambio, el dinamismo, la creatividad? Por otro lado, la existencia o no de cambio climático es una cuestión empírica que poco tiene que ver con la ciencia económica. Que las cosas puedan cambiar no implica que tengan que cambiar constantemente o que esos cambios sean relevantes o perjudiciales.

Los modelos económicos actuales incluyen las derivadas en el tiempo, la evolución económica y social. Una realidad básica de la economía es que las fuentes energéticas cambian en el tiempo. Antes de 1800 derivaban de la madera viva. En el siglo XIX de la madera fósil, el carbón. En el XX, de la microfauna fósil, el petróleo. Hoy deben derivar directamente del sol actual, no del fósil.

Ruiz de Elvira ha descubierto América y nos informa de la existencia de derivadas en el tiempo en los modelos económicos actuales: quedamos a la espera de que nos aclare si son derivadas parciales o totales, y si existen también derivadas de órdenes superiores (derivadas de las derivadas).

Que las fuentes energéticas cambian en el tiempo no es un principio fundamental de la ciencia económica sino un rasgo coyuntural de la historia económica, resultado del principio fundamental de que tienden a usarse los medios de producción más económicos según la tecnología, el capital y la demanda existentes.

Es interesante observar cómo pasa de describir cambios que sucedieron en el pasado, a prescribir lo que debe hacerse en el presente (a sus órdenes, jefe). Típico de necios sermoneadores que quizás en sus limitadas mentes no perciben lo que han hecho, o que sí lo hacen y pretenden engañar a algún incauto que no se dé cuenta de la jugada.

Una de las afirmaciones, curiosa, es que montar molinos de viento impide montar tenderetes de venta de hamburguesas, por tanto destruye puestos de trabajo y dificulta el desarrollo económico y la actividad productiva. Muestra que los autores de este estudio, doctores y licenciados en Ciencias Económicas, han pasado por las facultades como la luz por el cristal: sin entender nada de economía. ¿Cómo pueden ser actividades productivas” fabricar y vender hamburguesas? Producir quiere decir obtener algo que no existe antes, es decir, capturar energía no previamente almacenada. Fabricar y vender hamburguesas son esencialmente actividades transformadoras, que implican exclusivamente un flujo de dinero que circula una y otra vez, disipándose al cabo de algunos ciclos como cualquier actividad natural.

¿Puede un incompetente sumo en el ámbito de la economía distinguir quién sabe economía y quién no? Obviamente no. Si producir es obtener algo que no existe antes, fabricar hamburguesas es productivo (la carne picada no es una hamburguesa; la carne picada con forma de hamburguesa pero aún no cocinada no es una hamburguesa); incluso venderlas es productivo, se presta el servicio de hacer llegar al consumidor potencial un bien económico (no es lo mismo una hamburguesa inalcanzable o que una persona hambrienta no sabe dónde está que una hamburguesa en un restaurante).

Confunde producir con capturar energía no previamente almacenada: tal vez está un poco obsesionado con la física y con la energía solar. Lo del flujo de dinero que circula y se disipa es una de las analogías con la física más desafortunadas: el dinero no se diluye inevitablemente.

Obviamente Ruiz de Elvira no ha entendido el meollo del informe. Montar molinos de viento impide montar restaurantes igual que montar restaurantes impide montar molinos de viento: los recursos productivos en un momento dado (capital y bienes de capital) son escasos y no es posible satisfacer todos los planes empresariales imaginables; lo que se dedica a una cosa no puede dedicarse a otra (noción de coste de oportunidad, que este genio a menudo confiesa que no entiende).

Lo que destruye (de forma neta) puestos de trabajo y dificulta el desarrollo económico son las subvenciones al sector de las energías renovables: porque requieren mucho capital por cada empleo generado allí (ese capital habría creado más empleo en otros ámbitos) y porque es una decisión política centralizada no conforme con los deseos y capacidades de los ciudadanos.

Es verdad que el estudio no considera el futuro sino sólo el pasado. Sus autores no aspiran a adivinos, sólo quieren describir y explicar qué ha pasado en realidad: se ha destruido empleo, en contra de las reiteradas aseveraciones de la propaganda gubernamental, que sólo menciona lo que se ve (los puestos de trabajo en el sector renovable) y no lo que no se ve (los puestos de trabajo que no han podido crearse en otros sectores por falta de capital).

Parece que el estudio insiste en el “mercado”, “una entelequia que ni siquiera funciona en la teoría”. Abundan las teoría erróneas en las que el mercado no funciona (se le exige que sea perfecto, y eso es mucho pedir). Pero también hay teorías qué explican cómo funciona y por qué no hay alterativas (salvo que se prefiera el empobrecimiento generalizado).

Las empresas energéticas actuales viven de las rentas de las inversiones públicas (guerras, entre otras) de los años 40 del siglo XX. La única solución para generar riqueza para el futuro es que la sociedad invierta hoy sin esperanza de beneficios en unos años. Puesto que los empresarios que viven hoy de la inversión pública pasada no lo van a hacer, lo tienen que hacer los estados.

Ruiz de Elvira no es de los que acumulan múltiples estupideces entre algún que otro acierto al principio y al final. Él se zambulle en seguida en la idiotez y no para hasta la traca final.

Resulta curioso entender la guerra como una inversión pública. Supongo que se refiere a que de algunos programas bélicos (bomba atómica) se ha obtenido conocimiento científico y tecnológico que luego se ha aplicado a campos civiles como es el caso de la energía nuclear. Pero las empresas energéticas (que obviamente no son todas nucleares), aun siendo públicas muchas de ellas, han tenido que seguir invirtiendo, no se han limitado a vivir de las rentas de hace ¡seis décadas! El capital se amortiza.

En la economía actúan personas y empresas, no actúa “la sociedad”. No es la sociedad quien invierte (a veces lo hace el Estado, pero eso tiene poco que ver con la sociedad y es más gasto que inversión productiva rentable). Es posible que algunas inversiones tarden en madurar: hay que asumir unos años de pérdidas hasta lograr beneficios. El problema es que este lumbrera no especifica cuántos años van a ser (decenas, cientos, miles) ni en qué hay que invertir. Pero seguro que acertamos si nos fiamos de él, por su vasta (o quizás basta) experiencia empresarial jalonada de múltiples éxitos por todos conocidos.

Naturalmente que hay muchos presuntos “empresarios” que no hacen más que vegetar a la sombra del Estado. Pero asegurar que la única solución es que el Estado haga de empresario demuestra estar en la más absoluta inopia: quizás por no entender qué es y qué hace un auténtico empresario. Algo completamente ajeno a sus conocimientos teóricos (si es que hay alguno) y a su experiencia personal.


Crisis y dirigismo económico

09/06/2009

Artículo en Libertad Digital.


Antonio Ruiz de Elvira, la energía y la economía

02/06/2009

Según Antonio Ruiz de Elvira, los comentarios críticos que le hacen en su bitácora “por los “liberales” y por todos aquellos que rechazan la realidad y sus soluciones” se basan en los mismos argumentos de los esclavistas norteamericanos.

Que no se puede “imponer” nada contra la libertad de cada cual de emitir o no emitir gases contaminantes y que atrapen la radiación infrarroja, y que la economía española, y mundial se desplomaría si se eliminasen los combustibles de carbono fósil.

Ambos argumentos fallan de manera estrepitosa. De la misma manera que en el siglo XIX se dijo a los esclavistas que el derecho a la propiedad individual no era ilimitado, hoy podemos decir con toda la racionalidad del mundo exactamente lo mismo. El derecho a la propiedad individual acaba donde empieza el derecho a la propiedad de los demás.

Parece que Ruiz de Elvira entiende algo sobre el derecho de propiedad. Pero quizás no entiende a los “liberales”, que defienden la propiedad, se oponen a la agresión y debaten sobre si ciertos cambios ambientales deben considerarse agresiones o no. Y la continuación de su análisis muestra que en realidad no entiende gran cosa sobre la propiedad:

Una persona es propietaria de una vivienda porque la ha comprado, primero, pero en segundo lugar, porque sus conciudadanos han pagado para que esa persona pudiese ganar dinero y la vivienda se pudiese construir. Han pagado, en primer lugar, el ejército, la policía y los jueces que mantienen los derechos. En segundo lugar, las escuelas y universidades que han formado a los arquitectos y constructores, y el servicio de salud que mantiene a todos capaces de construir y comprar. De manera que la vivienda de cada uno es un poquito de los demás. La libertad de propiedad y de actuación debe someterse a las normas adecuadas para garantizar el bienestar de los demás, ahora y en el futuro.

Resulta que la propiedad privada, que tiene sentido para localizar e individualizar las decisiones y el control, al final es algo profundamente colectivo sobre lo cual todo el mundo puede inmiscuirse porque han aportado algo de forma indirecta. Por un lado mi propiedad acaba donde empieza la del vecino, lo que parece sensato, y por otro se asegura que todo es un poco de todos, lo que es un disparate contrario a lo anterior: Ruiz de Elvira no entiende en absoluto el sentido del derecho de propiedad.

Por otro lado olvida que muchos de esos pagos que menciona a los sistemas estatales de defensa y justicia no han sido libres y voluntarios; además que los miembros de un grupo paguen una defensa común (o la enseñanza, o la salud) no significa que se hagan copropietarios de sus posesiones, sólo que comparten esos servicios y los pagan de forma colectiva (de nuevo de forma coactiva e involuntaria en muchos casos).

La economía de los EEUU no se hundió cuando acabó la esclavitud. De hecho, creció de manera explosiva, al obligar a introducir máquinas donde antes trabajaban personas. Hubo una crisis pasajera considerable, producto, no de la eliminación de la esclavitud, sino de la guerra que promovieron sus defensores. Estos tenían en la mano el haber accedido a una prosperidad mucho más alta que la producida por los esclavos si hubiesen invertido las ganancias que obtenían en ir reemplazando el trabajo humano por máquinas. Pero generalmente gastaban el dinero obtenido mediante el trabajo humano en fiestas y ostentaciones.

¿Máquinas encargadas del cultivo y la recolección del algodón a mediados del siglo XIX en Estados Unidos? ¿Historia ficción?

Ruiz de Elvira sistemáticamente sermonea a todo el mundo para decirle en qué debe invertir, siempre asegurando que se obtendrán beneficios si se siguen sus instrucciones: los problemas de la incertidumbre y el riesgo parecen serle ajenos. Y tampoco es muy tolerante sobre ciertos gastos en “fiestas y ostentaciones”.

Hoy podemos substituir, con los beneficios obtenidos por ellos, los combustibles fósiles por máquinas modernas que aumentarán radicalmente nuestro bienestar. Los que se oponen a ello son los nuevos propietarios de esclavos, los que hacen beneficios impidiendo el progreso de la sociedad. No importa nada que desaparezcan los millonarios árabes, o venezolanos. O ExxonMobil. La sociedad necesita prosperar.

Los propietarios de petróleo (desgraciadamente estatales en una gran mayoría) y las compañías petrolíferas son “los nuevos propietarios de esclavos”: ¿no teme este necio que le acusen por difamación? ¿No entiende que los combustibles fósiles han sido una fuente de energía aprovechada para el progreso de la sociedad? Tiene la arrogancia del ignorante más absoluto: con total certeza afirma que los combustibles fósiles son perfectamente prescindibles, ya, mañana mismo. Afortunadamente se le hace poco caso a este insensato (lo cual le indigna muchísimo), porque de lo contrario podríamos comprobar la magnitud de ese imposible desplome económico.

Él mismo reconoce su profunda ignorancia de todo lo que tenga que ver con la ciencia económica:

Puesto que no entiendo bien el concepto de “coste” ni el de “costoso”, me he metido a economista. Pero tras 5 años de estudio, sigo sin entender el concepto de “coste”.

No se puede ser economista y no dominar el concepto de coste: Ruiz de Elvira no se ha metido a economista; juega a creerse que lo es. Tal vez pretenda ser irónico, pero le sale bastante mal.

Es evidente que a principios del siglo XX no se debía invertir en fábricas de coches. Las mulas eran muchísimo más baratas que los coches. Los coches eran muy “costosos”. De la misma manera, en los años 70 y 80 del siglo XX se estableció en el gobierno de España una comisión que controlaba si se compraban o no ordenadores, porque eran “muy costosos”. De la misma manera, las familias no deben educar a sus hijos, porque la educación, incluso si es pública, es “muy costosa”. Y ¿qué decir de la salud? No hay nada más “costoso” en el mundo.

Se trata de comparar lo que algo cuesta con lo que se obtiene a cambio, y no es seguro a priori que se obtengan beneficios. Es posible hacer malas inversiones, que generen pérdidas, que se destruya más valor que el que se crea; es incluso posible invertir en exceso en salud o educación, porque hay otros usos alternativos de los recursos escasos que podrían ser más valiosos. Son los empresarios quienes arriesgan su propio capital (o el de quienes se lo han cedido) e intentan prever un futuro incierto.

…la idea de la vida es que hay que invertir.

No, invertir no es obligatorio: si no se aspira a gran cosa es posible vivir sin apenas bienes de capital. Y si se invierte, se trata de hacerlo de forma inteligente, no vale cualquier inversión. Por eso Ruiz de Elvira no es ni será nunca asesor financiero: su incompetencia analítica se lo impide.

…no interesa el “coste” para la eléctrica, sino para la sociedad, que algo mucho más grande que cuatro empresas.

A la eléctrica sí le preocupa el coste para ella. Y lo del coste para la sociedad suena a colectivismo.

Sólo podemos progresar invirtiendo en cosas “costosas”. La alternativa: nada de educación, nada de salud, nada de tecnología, porque son “costosas” hasta decir basta.

No se trata de todo o nada, se trata de cuánto invertir en qué cosas; los estudios de economía no le han alcanzado para llegar al marginalismo. Y tampoco parece entender que los costes son relativos y subjetivos.

…la riqueza de un país no se mide por sus minas o sus campos de trigo, sino por la educación y salud de sus ciudadanos y por la tecnología propia que maneja. Riqueza en euros, no en bienes intangibles. En euros.

Siendo importante el capital humano y tecnológico, los recursos naturales algo ayudan.

Dejemos de lado el argumento del “coste” cuando hablemos de energía. No tiene el menor sentido.

¿La energía no tiene coste? ¿Las distintas formas de producir energía no tienen costes diferentes? En el diario El Mundo no parece preocuparles que se escriban estas estupideces.

Necesitamos otros argumentos muy distintos. España puede ser un país exportador de energía, si ésta es solar. Exige una cierta inversión, pero también la exigen otras muchas cosas. Y el resultado es un país limpio, seguro durante siglos, que genera trabajo (¿cuántos puestos de trabajo ofrece una central nuclear? No más de doscientos para un negocio fabuloso. Este es uno de los argumentos de los banqueros que las apoyan).

Necesitamos argumentos correctos, algo alejado de su incapacidad intelectual. Está enamorado de la energía solar, la más ineficiente de todas (en términos económicos, que suele confundir con lo termodinámico). Sólo hay que invertir algo, igual que otras cosas requieren que se invierta también algo: eso es precisión. Le motiva la generación de trabajo, no la generación de riqueza.

En cuanto a Lovelock, es claro que perdió el norte hace unos cuantos años. No merece la pena leer sus últimas publicaciones. Son, realmente, una filfa.

Antonio Ruiz de Elvira contra Lovelock: qué comparación más injusta para la filfa.

Necesitamos, urgentemente, energía, de todos y para todos.

La gente ya sabe que necesita energía: lo de que sea de todos suena a comunismo; a esa lección de economía aún no ha llegado.


Antonio Ruiz de Elvira, la economía y la libertad

24/05/2009

Es curioso observar a un necio en economía pretender dar lecciones sobre el tema:

El presidente Obama por fin ha comprendido algo de la realidad económica.

La resistencia numantina de Bush a aceptar medidas de eficiencia energética ha acabado como Numancia: En el desastre absoluto de la industria de Detroit.

Ruiz de Elvira parece creer que los coches hasta ahora no eran más eficientes respecto al consumo de combustible por un capricho de alguien, y que se puede conseguir de forma mágica mediante un mandato legislativo. Como todos los que insisten en fijarse sólo en ese aspecto de un vehículo, se permite ignorar otros como la seguridad, la comodidad y el precio: tal vez a él no le importan.

Además falta a la verdad respecto a Bush: no incrementó las exigencias legales respecto a la eficiencia energética, pero tampoco las eliminó. El desastre absoluto de la industria de Detroit se debe a que estaba capturada por el sindicato de los trabajadores del automóvil (UAW) que la hacían muy poco productiva.

Las centrales de carbón deben desaparecer, lo mismo que las centrales nucleares. Lo dice ya hasta el dinosaurio (una ideología de mediados del siglo XIX) que es el PSOE.

A sus órdenes, señor Ruiz de Elvira: ¿para cuándo las quiere desaparecidas? ¿Ha tenido en cuenta que la energía que producen desaparecería con ellas? ¿Que la sustituiríamos por la producida con molinos de viento y placas solares? Siga soñando, y cuando despierte dentro de unos años quizás sean ya económicamente competitivas.

Es de agradecer que este gran intelectual se dé cuenta de que el socialismo es una ideología anticuada (aunque pretender que está extinta es algo prematuro). Pero parece que no entiende lo esencial, por qué es errónea: porque es imposible planificar una economía compleja de forma centralizada. Ruiz de Elvira no lo sabe pero él comete el mismo grave error al insistir en imponer mediante mandatos coactivos cómo debe ser el mercado de producción y distribución de energía.

Las empresas pueden invertir en nuevas tecnologías sin más que dejar de pagar primas a sus ejecutivos.

Ruiz de Elvira, empresario y directivo en tantos proyectos empresariales, nos aconseja olvidar las primas a los ejecutivos. Tal vez entonces no tengamos a los mejores o no estén motivados por los resultados, pero seguro que eso no importa. Y los mercados de capitales no deben de ser necesarios para captar recursos, porque con lo que vamos a ahorrar en salarios tendremos suficiente para el desarrollo de nuevas tecnologías. Palabra de Ruiz de Elvira, que conoce a tantos ejecutivos “más preocupados por el avión privado y el yate en Mallorca que en crear riqueza”.

Los signos externos de riqueza son una reliquia del dominio de los genes. Los genes utilizan los cuerpos que ellos mismos crean para garantizar su propagación. Su evolución se basa en utilizar todos los recursos para sobrevivir. Uno de estos es que los cuerpos, sus vehículos, lleven, por ejemplo, plumas de pavo real. El ser humano, un producto genético, puede, sin embargo, pasar por encima de las órdenes genéticas. La exhibición genética de riqueza, que no sirve a nuestra parte humana, puede ser superada por la razón. No necesitamos lanzar señales. Hoy día podemos comunicar directamente sin conducir Roll-Royces o Ferraris.

Es un dolor leer a este hombre por lo mal que escribe y argumenta, hay que corregirle algo en cada frase. El éxito evolutivo se basa en utilizar recursos de forma eficiente y adaptativa. No tenemos una parte no humana. La razón no es omnipotente. Necesitamos comunicar mediante señales. La señalización es un fenómeno esencial en evolución muy relacionado con la cooperación y la selección sexual (que no se molesta en mencionar). Los seres humanos no pueden simplemente ignorar las órdenes genéticas: pueden complementarlas con instrucciones procedentes de otros replicantes: los memes y la cultura. Ruiz de Elvira simplemente usa un discurso chapucero presuntamente científico para disfrazar su fobia a ciertas señales de riqueza de crítica científica. Es algo que practica a menudo en sus artículos: odia las carreras de coches, a los deportistas de élite muy ricos, las viviendas junto al mar, especialmente si tienen piscina…

La economía, la riqueza, el progreso, es utilizar hoy portátiles, memorias flash y WiFi. ¿Quién haría dinero hoy vendiendo ordenadores de 20 kg de peso, 1 mega de memoria y más lentos que los perezosos de la América tropical? De la misma manera no se puede crear riqueza manteniendo una economía basada en el ladrillo, la construcción naval de baja tecnología, o las minas y centrales de carbón. O basada, como quiere el dinosaurio PSOE de Extremadura, en las refinerías.

Ya saben, agentes económicos: Ruiz de Elvira les ha dicho lo que deben producir y lo que no. Háganle caso, que si no igual le da una rabieta.

Sobre la libertad:

La libertad jamás se compra. La libertad se tiene, la tiene cualquiera que rechace la esclavitud, sin necesidad de comprarla. La tiene, esencialmente, el que respeta a los demás.

Algunos esclavos compraban su libertad. No es libre el que rechaza la esclavitud, sino el que no está esclavizado. No es libre el que respeta a los demás, sino el que no es agredido por los demás. Hay gente que rechaza la esclavitud y sin embargo no son libres: los esclavos; y ya puestos, los súbditos del Estado.

La ciencia se diferencia de otras muchas formas de ver el mundo, de religiones y filosofías, simplemente en que lo que dice lo puede comprobar cualquiera. No por consenso. Simplemente mirando.

No es tan fácil. No todo el mundo tiene la capacidad intelectual como para comprobar las afirmaciones científicas, y muchas son ambiguas, discutibles, la evidencia empírica no es concluyente.

Para saber si hay o no cambio climático basta con subir al Pirineo, o acercarse al Ártico en cualquier momento del año. ¿Cómo están los glaciares? Si han disminuido notablemente es que hay cambio climático.

Un fenómeno local no es necesariamente señal de algo global. Además podría ser algo pasajero.

Empecé hace años pidiendo a los fumadores, en el tren que me llevaba a Alcalá, que apagasen los cigarrillos. ¿Es esto una “imposición” de modo de vida? Los que fuman, fuman ellos y hacen fumar a los demás. Pedir que apaguen los cigarrillos es eliminar la imposición de algo que no quiero respirar. De la misma manera, pedir que los coches dejen de emitir humo es exigir que me obliguen a respirar algo que no quiero tragar. Y exigir que me dejen seguir viviendo con glaciares y con lluvia.

Supongo que lo que quiere es que no le obliguen a respirar humo, no que le obliguen a respirar humo que es lo que realmente ha escrito. Pero él no pide que los coches no emitan humo, sino que no se emita dióxido de carbono, que no es tóxico y cuyos efectos sobre otras personas son muy indirectos y variados. Pretender que se tiene derecho a los glaciares y a la lluvia es algo problemático; la lluvia, de todos modos, no va a desaparecer con el cambio climático, más bien al revés.

El mundo es un conjunto de individuos, personas, plantas y animales. La libertad individual tiene muchísimos límites. El primero, la libertad de los demás. El segundo, el derecho del resto de seres vivos a seguir su vida. La libertad de una persona para hacer ruido acaba donde empieza la libertad de otra de no tener que oírlo. Una persona tiene libertad individual sólo, y exclusivamente sólo, mientras no perturbe la libertad de los demás.

¿Lo entendemos?

Obviamente él no lo entiende aunque por partes de su retórica parezca que sí. Es bastante problemático asignar derechos a todos los seres vivos a seguir con su vida: ¿qué vamos a comer? Uno es libre cuando su ámbito de decisión (su propiedad) no es perturbado por los demás. Los ladrones no dejan de estar libres cuando roban, sino cuando los meten en la cárcel. Tal vez lo que le cuesta decir bien es que no tenemos derecho a perturbar la libertad de los demás, y que si lo hacemos los poderes públicos nos quitarán la libertad.

¿Lo entiendes?


Carlos Blanco, ¿niño prodigio o perfecto necio?

19/05/2009

Afirma tajante Carlos Blanco:

Cuando vivimos una situación tan complicada como la actual, derivada de una crisis financiera de dimensiones desorbitadas que, sólo en España y por el efecto sumatorio del precario modelo de crecimiento de nuestro país, se ha traducido ya en más de cuatro millones de parados, conviene plantearse cuál es el papel de los economistas en el debate público. Y, en este caso, creo que urge, en aras del progreso social de Europa, ser sumarios e incluso lapidarios: un economista que no defienda el modelo social europeo y de prestaciones sociales (subsidios de desempleo, pensiones, dependencia, mejora de la educación pública…) será necesariamente conservador y regresivo, y propondrá volver al pasado en lugar de avanzar hacia el futuro; mientras que un economista que admita que toda solución de la crisis económica pasa por reforzar esos pilares sociales del estado de bienestar y, por tanto, por mejorar el nivel de vida de los ciudadanos, podrá ser calificado de progresista.

O sea que criticar o simplemente no defender activamente el modelo antisocial europeo, que básicamente consiste en la dependencia del Estado para casi todo, es malo. Sólo quien asegure convencido que el estado de bienestar mejora el nivel de vida de los ciudadanos es bueno, progresista. Si esto lo dijera alguien inteligente, los liberales podríamos estar preocupados. Pero lo dice un niño prodigio, un superdotado según algunos tests de inteligencia, que obviamente no miden gran cosa de los conocimientos sobre las ciencias sociales.

Aquí no caben medias tintas ni compromisos cómodos y acomodaticios. Las políticas económicas nunca son ideológicamente neutras, porque la economía, como ciencia social, no puede esconderse en el cómodo refugio de la indiferencia científica frente a los valores éticos. El fin nunca puede justificar los medios: el fin (salir de la crisis y conseguir crecimiento y prosperidad) no puede justificar el empleo de medios que lesionarían gravemente las grandes conquistas sociales que han hecho del modelo europeo un paradigma de cohesión y de integración social.

Resulta que hay grandes economistas, a quienes Carlos Blanco obviamente no ha leído o comprendido, que explican por qué la economía es una ciencia libre de valoraciones. En su discurso parece más un agitador profesional que un científico: lo suyo es la cruzada moralizante. Obsérvese cómo da por hecho un error tras otro: lo que llama “conquistas sociales” (¿a quién se han conquistado?) han producido un sistema antisocial, donde las relaciones sociales no son voluntarias, cooperativas, libres y espontáneas sino que están mediatizadas por la ineficiencia burocrática de los funcionarios del Estado al amparo de la violencia difusa institucional. Pero para Blanco es un paradigma de cohesión e integración social. La misma cohesión que tienen los sólidos inertes: sin vida y sin voluntad.

No hay progreso auténtico sin progreso universal: de nada sirve crecer en cifras macroeconómicas si ese crecimiento no supone, de por sí, su extensión al máximo número posible de ciudadanos. Y para hacerlo no basta con exigir una libertad negativa e indiferente, como la defendida interesada y acríticamente (ignorando las conclusiones de la ciencia sociológica) por el liberalismo, sino fomentar las condiciones para el ejercicio positivo de la libertad, tarea para la que es imprescindible la existencia de igualdad de oportunidades, imposible sin el gasto social y sin el papel activo del Estado y de los agentes sociales.

Resulta que el liberalismo defiende la indiferencia, de forma interesada y acrítica, e ignorando las conclusiones de la sociología. Algo debe de andar mal en la cabeza de Carlos Blanco para confundir el rechazo de la violencia con la promoción de la indiferencia. Sugerir intereses espurios refleja que no da para mucho más, y por eso piensa que el liberalismo es acrítico: quizás no le suena el racionalismo crítico de Hayek. Cae precisamente en el racionalismo constructivista que criticaba Hayek, pretende en su megalomanía que el progreso sólo es real y aceptable si es universal (usted en su acción local particular no progresa de verdad) y que éste sólo es posible si es tutelado y dirigido por el Estado.

La igualdad de oportunidades es un deseo de algunos: pero como parece que les da vergüenza plantearlo como una preferencia personal, insisten en que es una exigencia irrenunciable para el ejercicio positivo de la libertad (tener riqueza y poder). Olvidan cómo el Estado destruye la libertad negativa para presuntamente conseguir (que no lo hace) la libertad positiva.

De nada le servirá al liberalismo teórico, sistémicamente insolidario, bunkerizarse en apelaciones vanas a la caridad individual. La beneficencia y la limosna constituyen privilegios que ennoblecen a quienes los realizan; con todo, sus resultados son prácticamente nulos y no se objetivan en derechos. Perpetúan una situación de por sí injusta y cortoplacista, en lugar de edificar un modelo social a largo plazo que permita que los ciudadanos sean libres y autosuficientes, dotados de derechos, dentro de un marco de solidaridad institucionalizada. Frente a propuestas individualistas que encuentran en la caridad la coartada para neutralizar el papel del Estado, debemos ser conscientes de que una sociedad madura, no infantilizada, no se contenta con lo que hacen los individuos solos y aisladamente, sino que construye un marco que coordine las acciones individuales de cara al interés social.

El liberalismo resulta ser sistemáticamente insolidario: no las personas, sino la teoría; curioso. Entonces su opuesto, el socialismo (quizás democrático) será solidario y maravilloso. Blanco no explica el valor moral de la solidaridad a la fuerza, la que es impuesta desde el poder político y no realizada voluntariamente por las personas. Y es que Blanco ignora tanto la realidad (es muy joven y quizás le falta experiencia) que desprecia la caridad individual como vana y de resultados nulos, mostrando una arrogante ignorancia acerca de la realidad histórica de la ayuda entre seres humanos.  Le parece mal que los pobres no tengan derechos a costa de los ricos: la igualdad ante la ley no parece importarle gran cosa. Su criterio de justicia no es el clásico de proteger la libertad y la propiedad privada: ahora consiste en ser todos más iguales. Su visión temporal está justo al revés: cree que es sostenible un modelo como el estatal de parasitismo y depredación de todos sobre todos. No entiende que las instituciones auténticamente funcionales son las que surgen de múltiples interacciones voluntarias entre muchos individuos, y las confunde con las organizaciones coactivas propias del Estado. No explica que los derechos que defiende los consiguen unos a costa de otros, lo cual no parece una receta acertada para la armonía social. Y si aspira a ciudadanos autosuficientes, ¿para qué van a relacionarse unos con otros si no se necesitan? No entiende que la sociedad es interdependencia voluntaria. Él, cuya madurez brilla por su ausencia, pretende saber qué es una sociedad madura y además habla en nombre del colectivo. Seguramente no le suena la idea de los órdenes espontáneos donde se coordinan las acciones individuales para el interés de los participantes sin necesidad de planificación estatal.

Es la hora de decidir qué es preferible: una economía individualista, conservadora y regresiva; o una economía social, imaginativa y progresiva. Las acusaciones de simplismo, ante la gravedad de la actual crisis, significarían de por sí un alineamiento casi automático con la primera de las tendencias. Es hora de defender los valores éticos que subyacen al modelo social europeo, la mejor herencia de la larga tradición filosófica y humanista de nuestro continente, frente a los cantos de sirenas que aún después de esta crisis todavía se atreven a decir que la suma de los egoísmos individuales, guiada por una mano invisible, conducirá al bienestar general.

Carlos Blanco no parece tener preferencias sino que decide qué es preferible, es decir qué puede ser preferido por todos. Y asigna la imaginación a las doctrinas más colectivistas, repetitivas y empobrecedoras, que se autocalifican de progresistas para ocultar que son esencialmente retrógradas: típicas de pequeñas tribus pero inadecuadas para sociedades extensas. Carlos Blanco tal vez no merece ser acusado de simplista: perfecto necio (y muchos otros adjetivos que vienen a decir lo mismo con más o menos gracia) le cuadra mucho mejor. No parece preparado para emitir juicios de valor sobre la herencia intelectual europea.

Su patética ignorancia acerca de la economía y las finanzas le lleva a culpar al liberalismo de la actual crisis: ni siquiera es original.


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