Doce consejos clave para invertir en bolsa, de Manuel Llamas
Público contra las agencias de rating, de Juan Ramón Rallo
Entrevista a Víctor Beker, economista argentino, de Daniel Luna
Oráculos al banquillo, de Jesús Maraña
Consumo insostenible, de Borja Vilaseca
Sorprendentemente, cuanto más infelices somos, más consumimos. Y cuanto más consumimos, más infelices somos.
El fin de un modelo, de Jesús Maraña
El ingobernable presupuesto de EE UU, de Jeffrey D. Sachs
Sin más impuestos, una economía moderna, competitiva, de EE UU no es posible.
La competitividad en el mundo actual depende de una fuerza laboral instruida y unas infraestructuras modernas. Eso es cierto en el caso de todos los países, pero es particularmente pertinente para los países ricos. EE UU y Europa están en competencia directa con Brasil, China, India y otras economías en ascenso, donde los niveles salariales son en algunos casos cuatro veces inferiores (si no más, incluso) a los de los países de ingresos elevados. EE UU y Europa solo mantendrán su alto nivel de vida basando su competitividad en aptitudes avanzadas, tecnologías de vanguardia e infraestructuras modernas.
Esa es la razón por la que Obama pidió un aumento de las inversiones públicas de Estados Unidos en tres sectores: educación, ciencia y tecnología e infraestructuras (incluidas las conexiones por banda ancha a la red Internet, los ferrocarriles de gran velocidad y la energía no contaminante). Expuso una concepción del crecimiento futuro en la que las inversiones públicas y privadas serían complementarias, pilares que se sostendrían mutuamente.
Los impuestos en Estados Unidos son -crónicamente- demasiado bajos para apoyar el nivel de inversión gubernamental que hace falta.
Las consecuencias económicas y sociales de una generación de reducciones de impuestos están claras. Estados Unidos está perdiendo su competitividad internacional, desatendiendo a sus pobres -uno de cada cinco niños americanos está atrapado en la pobreza- y dejando una montaña de deuda a sus jóvenes.
Personalidades de la izquierda piden ‘hacer frente al abuso’ del neoliberalismo
Intelectuales impulsan el ‘Tea Party’ de izquierdas
La ecología de la crisis, de Juan López de Uralde, director de Equo
No hay izquierda sin Europa, por Carlos Carnicero Urabayen
La crisis económica ha demostrado insistentemente que cualquier respuesta eficaz solo puede articularse a nivel europeo, pero los partidos políticos y sus discursos siguen siendo fundamentalmente nacionales.
La hecatombe financiera que castiga a Europa más que a cualquier otra región del mundo, también se ceba más con la izquierda que con la derecha. A pesar de las expectativas de cambio generadas -fue el propio Sarkozy quien habló de «refundar el capitalismo»-, la izquierda ha sido incapaz de dar una respuesta convincente y alternativa a la conservadora. Y el coste de oportunidad ha sido bien elevado: justo cuando las ideas económicas que entraron en crisis en septiembre del 2008 estaban en cuestión, la izquierda no fue capaz de presentar una alternativa en línea con sus valores.
La mayoría de los análisis sobre la decadencia de la socialdemocracia se han centrado en una sola variable: el idilio entre las formaciones progresistas y la ortodoxia de las políticas económicas liberales desde los años 90, lo que convirtió a la socialdemocracia en copracticante de un modelo económico ahora fracasado.
La única forma de hacer frente a la crisis de una manera progresista es mediante una coordinación y un discurso europeo. No hay izquierda sin Europa; pero lamentablemente sí hay Europa sin izquierda.
Tres años de profundos cambios energéticos, de Pedro L. Marín, ex secretario de Estado de Energía
Está claro que el esfuerzo de todos los ciudadanos en la promoción y asentamiento de las nuevas tecnologías renovables no tiene parangón en nuestra historia económica. Ha llegado la hora de que todos los españoles se beneficien de los avances alcanzados por estas tecnologías gracias a la enorme aportación de recursos destinados a su desarrollo.
Todos estos son logros que aportan una doble consecuencia positiva. Por una parte, el sector energético, en su conjunto, ha reducido sus emisiones contaminantes en un 31,5%, y en un 40% si nos referimos exclusivamente al sector eléctrico. Por otra, España es hoy 4,2 puntos menos dependiente de las importaciones energéticas que en 2007. La menor dependencia se proyecta en una mejora instantánea de nuestra balanza de pagos y, en definitiva, en una sustancial mejora de la competitividad de nuestra economía.
Valdría decir, como resumen, que transcurridos estos últimos tres años, el sector energético español es más innovador y sostenible, favorece la competitividad de la economía y ha reforzado la seguridad de suministro, primera y principal obligación de cualquier Gobierno.
Cláusula de revisión salarial, de Juan Francisco Martín Seco
Las políticas económicas y sociales de Obama siempre se han centrado en la recuperación de las empresas. Después de la desastrosa gestión económica de George W. Bush, uno se pregunta por qué a la comunidad empresarial le ha costado apreciar eso. A menos, claro está, que su concepción de lo que es favorable a la empresa signifique poco más que hacer cualquier cosa que ellos pidan para aumentar sus ganancias. Al contrario que la economía neoliberal del laissez faire, partidaria de la pura y simple reducción de impuestos, la libertad de mercado y la llamada “economía por goteo”, las políticas progresistas de Obama se centran en los factores cruciales que inciden en la capacidad de competir de la economía nacional y azuzan la innovación en el siglo XXI.
Los Gobiernos progresistas eficaces siempre han tratado de alentar el éxito de las empresas y de la iniciativa privada mediante políticas que favorezcan la formación de la población activa y determinen qué infraestructuras necesitan los negocios para prosperar -antes carreteras, vías férreas, puertos y aeropuertos, y hoy trenes de alta velocidad, Internet de banda ancha y energías sostenibles-, y a través de una regulación que corrija los defectos del mercado, impida la formación de monopolios y fomente el desarrollo de nuevos sectores comerciales.
A largo plazo, España y todos los otros países de Europa se han dado cuenta de que además de ser una responsabilidad, el tomar medidas contra el cambio climático también puede favorecer el auge económico.
Si las compañías están emprendiendo medidas por obligación o por interés en el medio ambiente es algo que no me importa. Mientras estas medidas se lleven a cabo y las empresas se encaminen en la dirección correcta. Pero mientras que los mercados por naturaleza sigan buscando generalmente resultados a corto plazo -pues las empresas deben asegurar rendimientos constantes a sus accionistas-, los políticos tienen la obligación de considerar las consecuencias a largo plazo y guiar el mercado.
Por eso, esta primavera la Comisión Europea lanzará el Plan de trabajo 2050 para economía baja en carbono, un plan de eficiencia energética y un libro blanco sobre transporte. Y con ellos, empezamos a planificar para las próximas décadas.
Al final, las empresas privadas serán las que den soluciones. No obstante, Davos confirmó mi creencia de que sin políticas públicas ambiciosas será demasiado poco, demasiado tarde.
Lo nuclear es lo moderno, de Juan Carlos Escudier
¿Merecen los economistas un Premio Nobel?, de Joaquim Coll, historiador
El FMI seguía creyendo ciegamente en la capacidad de los mercados para autorregularse y autocorregirse. Una idea que se había transformado en pensamiento único hasta el punto de que no pocos analistas de dicho organismo temían ver truncadas sus carreras profesionales si expresaban críticas.
En realidad, no deberíamos sorprendernos del fundamentalismo de mercado con el que ha funcionado el FMI. Lo denunció ya Joseph Stiglitz en El malestar de la globalización, uno de los libros más importantes de los primeros andares del siglo XXI, donde puso al descubierto las salvajes recetas económicas que se imponían a medio mundo. La crisis económica actual revela el fracaso de la utopía del mercado autorregulado.
Lo que pone en peligro las pensiones, de Juan Francisco Martín Seco
El conocimiento, ¿valor o precio?, de Manuel-Reyes Mate, filósofo
Parecería lógico pensar que si los recursos de la tierra son limitados, habría que plantearse una forma de vida más modesta. Y si el empleo es un bien escaso, lo suyo sería renunciar al pleno empleo y planificar la distribución de ese escaso bien. Vivimos pegados al ordenador que viaja a la velocidad de la luz. A esa velocidad solo viajan las máquinas: ¿podemos tomar esa idea del tiempo como modelo de nuestro ritmo vital? Esa aceleración no hay cuerpo que la resista. Tenía razón el autor de El conocimiento inútil: ya sabemos mucho; ya nos hemos dado cuenta de lo absurdo de la prisa, de que el pleno empleo no volverá y que el planeta va muriendo, pero por extraños prejuicios no queremos darnos cuenta.
Firefighters: Make an appointment to be sick, by Douglas French
Congressional Testimony on the Stimulus, by Russ Roberts
La maldita prima de riesgo, de Xavier Sala i Martín
La curiosa y atractiva historia de un emprendedor sorprendente, de S. McCoy
La contradicción del euro, de Pedro Schwartz y Juan Castañeda