Estado social vs. Estado de bienestar, de Juan Francisco Martín Seco
Agua y desarrollo, de Pedro Reques Velasco, catedrático de geografía humana de la Universidad de Cantabria
El agua dulce, que constituye el elemento más básico del equilibrio ecológico, no debe convertirse solo en un bien económico, sino que ha de ser considerada como patrimonio común de la humanidad y como un derecho fundamental para toda la población. Sin embargo, este derecho solo puede alcanzarse luchando contra su privatización y su mercantilización y promoviendo un modelo de consumo y de gestión que asegure su uso futuro para las nuevas generaciones, de lo contrario los conflictos futuros por el llamado oro azul pueden llegar a alcanzar una magnitud mucho mayor que la que esta alcanzado el conflicto por el oro negro.
El agua dulce, actualmente el más grave problema ambiental de la Humanidad, será el más importante reto de la gobernanza mundial y constituirá, sin duda, el mayor desafío global del siglo XXI.
La hora del impuesto Robin Hood, de Jeffrey Sachs
Cerrado por reformas, de Jordi Sevilla
Cuando se produjo la actual crisis financiera internacional, fue el presidente francés quien señaló la necesidad de «refundar el capitalismo». Si hacemos memoria de algo ocurrido hace menos de dos años, esa propuesta parecía lo menos que se podía hacer frente a la creciente indignación de los ciudadanos del mundo conforme íbamos conociendo algunas de las prácticas habituales en estos mercados, a partir de la desregulación, con los consiguientes abusos por parte de algunos de sus directivos. La sensación de haber depositado mucho poder en manos inadecuadas corrió como la pólvora por el mundo. Algo había que hacer, y frente a las tentaciones de acabar de un plumazo con ese capitalismo de casino y paraísos fiscales, refundarlo parecía lo mínimo.
La autoridad monetaria europea y autoridades presupuestarias nacionales sin una Política Económica Común constituyen una combinación peligrosa desde el principio, aunque sólo se evidencia cuando una recesión como ésta obliga a poner en marcha planes monetarios europeos masivos junto a impulsos presupuestarios nacionales de entidad, sin una coordinación suficiente. Entonces es cuando se constata lo inconveniente de haber frenado la profundización en la integración en favor de la ampliación europea, dando lugar, incluso, a un fortalecimiento de los poderes nacionales ante una Comisión políticamente diluida. Como muestra, la falta de ambición de la nueva estrategia Europa 2020 tras el fracaso de la anterior de Lisboa.
Reforzar el carácter vinculante de determinados compromisos relacionados con política económica sería caminar a favor del sentido común. El método establecido para alcanzar la convergencia nominal necesaria para constituir el euro fue un éxito y debería aplicarse a otras políticas en sus cinco facetas: fijación de estrategias comunitarias; establecimiento de objetivos cuantitativos nacionales con plazos; mecanismo comunitario de seguimiento y medición de los mismos; ayudas para superar desviaciones y sanciones ante incumplimientos.
La propuesta de constituir un Fondo Monetario Europeo que represente para las políticas presupuestarias, algo equivalente a lo que el Banco Central Europeo es para las políticas monetarias, ayudaría a dar solidez a la Unión, reforzaría los lazos internos. empujándolos hacia la cooperación supranacional, y acabaría con los movimientos especulativos externos por parte de mercados financieros especulativos. Un FME que podría aprovechar las ventajas que representa la Unión de cara a efectuar, por ejemplo, emisiones conjuntas de deuda pública o avales cruzados, basando en ello su legitimidad para definir impuestos europeos o un seguro común de desempleo, o para involucrarse más en supervisiones preventivas sobre las políticas presupuestarias nacionales.
Como se ve, hay mucho trabajo pendiente. Esperemos que lo estén haciendo bien y que pronto podamos volver a abrir la Unión Europea al público. A partir de ahí, ya sólo faltará que EEUU y China se enteren de que existimos y de que hemos abierto después del cierre por reformas.
Jóvenes y funcionarios, de Alfredo Pastor
Parece ser que, en una encuesta reciente dirigida a jóvenes de aquí, un 60% de los encuestados respondieron que aspiraban a ser funcionarios. No creamos que la afición por el servicio público que parece revelar esta respuesta tenga algo de patológico: en una encuesta similar, realizada en Francia hace pocos años, la cifra correspondiente era el 75%. Pero quienes dan la cifra lo hacen con pesar -como si la vocación pública fuera el reconocimiento de una falta de ambición personal- y suelen acompañarla con la manida observación de que la juventud de hoy ya no tiene la “cultura del esfuerzo”. Este es un tópico que conviene combatir, no sea que terminemos por tomárnoslo en serio.
¿A qué puede obedecer la preferencia por la condición de funcionario? Por desgracia, la encuesta no lo pregunta, de modo que hay que especular. Pero no hay que concluir sin más que sea una preferencia por la vida fácil y sin complicaciones, aunque improductiva: puede ser que la elección sea hecha tras comparar la vida burocrática con otras que se ofrecen a nuestros jóvenes.
No hay que extrañarse demasiado de ver que, frente a este panorama -voluntariamente exagerado, pero no desfigurado- muchos optan por un trabajo modesto, pero estable, donde el esfuerzo y el trabajo bien hecho son reconocidos y recompensados dentro de ciertos límites (la verdad que bastante estrechos, porque también la carrera administrativa es muy corta en nuestro país): características todas de la existencia burocrática.
No creo que sepamos muy bien a qué se debe ese cambio de tendencia, pero sí deberíamos preguntarnos si podemos hacer algo por corregirlo, y trasplantar así alguna de las virtudes de la vida funcionarial al sector privado.