Recomendaciones

24/02/2010

No entienden el euro, por Pedro Schwartz

Remunerar el delito, editorial de Factual

Pagar los rescates traerá más secuestros, editorial de Libertad Digital

The Poverty of Stimulus, by Bradford Cornell

Help the Third World — Protect Property Rights, by Doug Bandow


Recomendaciones

24/02/2010

Contra el mundo laboral, de José Antonio Martínez-Abarca

Las mujeres cobran lo mismo que los hombres en igualdad de condiciones, de Domingo Soriano

Dineros ajenos, de Òscar Celador, profesor de Derecho Eclesiástico del Estado y de Libertades Públicas

Everyone Who Knows What They’re Talking About Agrees with Me, by Ronald Bailey

¿Necesitamos un banco central?, por Juan Ramón Rallo


Recomendaciones

23/02/2010

The Stimulus Evidence One Year On, by Robert Barro

Jubilarnos antes de trabajar, de Benito Arruñada

How Politics Caused Fiscal Disaster, by David Stockman

Europe: Either Bismarck or the Euro, but Not Both, by José Pinera

El desprestigio de los economistas, de Juan Ramón Rallo


Recomendaciones

22/02/2010

Who Manages Best, by Robin Hanson

France’s Foolish Idea, by Mario Rizzo

Entrevista a Russ Roberts, por Ángel Martín

Recesión y recuperación: seis errores básicos II, por Robert Higgs

Immigration and Crime, by Steve Chapman


Basura selecta

22/02/2010

Una revista de prensa en absoluto neutral, de José María Izquierdo

Capitalismo piñata, de José Ignacio Torreblanca

Ungüento de serpiente, de Joaquín Estefanía

Ojo con la derecha sin complejos, de Berna González Harbour

Los ‘ultras’ conquistan la TDT, de Rosario G. Gómez


Recomendaciones

22/02/2010

El diamante pierde brillo, de John Carlin

The GOP’s “small government” tea party fraud, by Glenn Greenwald

Ignoring: There Is Such a Thing As Free Sleep, by Bryan Caplan

Israel Kirzner, Macroeconomist, by Steven Horwitz

Sin propuestas, sin voluntad y sin salida, de Roberto Centeno


Basura selecta

21/02/2010

La ley del embudo, de El Gran Wyoming

¿Quién paga los costes del euro?, de Vicenç Navarro

¿Es el Gobierno español paranoico?, de Vicenç Navarro

¡Es Europa, estúpidos!, de Juan Torres

De tejas arriba, de Antonio Montero Moreno, arzobispo emérito de Mérida-Badajoz

En el mensaje del Papa al reciente Congreso internacional en Roma, «Dios hoy: con Él y sin Él, todo cambia», leemos lo que sigue: «Las experiencias de un pasado, aún no muy lejano de nosotros, nos enseñan que, cuando Dios desaparece del horizonte del hombre, la humanidad corre el riesgo de dar pasos hacia su propia destrucción». Huelga decir que Benedicto XVI se refiere a las tremendas catástrofes, en el siglo pasado, de los dos grandes imperios: Nazi y Estalinista, que, más que ateos, fueron furiosamente antiteístas.

Los ateos químicamente puros suelen ser siempre escasa minoría, puesto que negar o intentar demostrar la inexistencia de Dios es mucho más complicado que su contrario. Pienso que eso no ocurre sin lucha ni frustraciones interiores, lo que inspira un respeto a su conciencia, sin hurgar más en el asunto. Me sacudió hondamente hace muchos años, esta terrible afirmación de Nietzsche: «Si hubiera Dios, yo no soportaría no serlo». Saqué entonces la conclusión de que, cuando el hombre aparta a Dios de su existencia, no le queda otra salida que la de endiosarse a sí mismo.

En todo caso, el no creyente, aunque domine al máximo las ciencias o las técnicas del progreso, lo ignora todo sobre sí mismo: su origen, su misión y su destino. ¿De qué sirve, dijo Malraux, que el hombre llegue a la luna, para luego suicidarse allí? Es lo que llamó Henri De Lubac, El drama del humanismo ateo, y lo que ha llamado después Joseph Ratzinger, La orfandad del agnóstico.

No hay, sin embargo, que demonizar a nadie porque, como afirma San Pablo «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad», y el mismo Jesús, que excusó ante el Padre a sus verdugos «porque no sabían lo que hacían». Optamos pues, en línea con el Secretariado pontificio para los no creyentes, y con la libertad religiosa en una sociedad democrática, por una convivencia civilizada con toda clase de personas, cuidando, en todo caso, de que nuestro testimonio evangélico contribuya a apagar la sed de Dios que late siempre en el corazón humano.

Pasando a nuestro Credo, reconocemos que la fe es un don de Dios, quien nos creó a su imagen por amor; y que su Hijo bajó hasta nosotros del cielo al suelo, atravesando el tejado como el tullido del Evangelio. «En Dios vivimos, nos movemos y existimos», les predicó San Pablo a los intelectuales griegos en el Areópago de Atenas. Y encontramos pleno sentido a nuestra vida en la afirmación lapidaria de San Ignacio de Loyola: «El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios y, mediante esto, salvar el alma».

Me conmueve por eso escuchar la marcha militar fúnebre, que cantan los soldados, cuando portan sobre sus hombros el cuerpo inerte de un compañero, caído en acto de servicio: «Tú nos dijiste que la muerte/no es el final del camino;/ que, aunque muriendo, no somos/carne de un ciego destino./Tú nos hiciste, tuyos somos;/ nuestro destino es vivir,/siendo felices contigo, /sin padecer ni morir».


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