Basura selecta

“El mejor economista de la historia”, de Joaquín Estefanía

Hace menos de un lustro, cuando Paul Samuelson cumplió sus primeros 90 años, tuve que escribir un artículo en este periódico que titulé Los maestros nonagenarios y en el que pretendí rendir homenaje a dos de esos economistas, leyenda vida de nuestro tiempo: el propio Samuelson y John Kenneth Galbraith.

Además de Schumpeter, en Harvard estudió con otros economistas como Wassily Leontieff o Alvin Hansen, uno de los discípulos favoritos de Keynes, quien publicó un libro titulado ¿Recuperación total o estancamiento?, que vuelve a estar de actualidad ahora, y en el que defendía que el capitalismo puede permanecer en un estado de crecimiento lento, alto desempleo o subempleo, y exceso de capacidad o, lo que es lo mismo, de estancamiento.

Pero si Samuelson tuvo influencia fue por sus libros. Su manual Curso de economía moderna: una descripción analítica de la realidad económica ha sido uno de los más vendidos entre los estudiantes de Ciencias Económicas de todo el mundo, y el más popular en la historia de la economía. Hizo rico a Samuelson y contribuyó a formar a muchas generaciones de técnicos. Publicado a finales de la década de los cuarenta, no llegó a España hasta 1965, traducido por otro maestro nonagenario como José Luis Sampedro, éste afortunadamente entre nosotros. En el prólogo, el economista traza su objetivo: brindar al ciudadano “una teoría que le permita comprender las instituciones y los problemas básicos de la civilización de mediados del siglo XX”.

Samuelson se consideraba a sí mismo un centrista incurable. Hace poco tiempo, en unos de sus artículos recomendaba a Obama que se situase en esas posiciones para arreglar los problemas económicos que asolan a EEUU dentro de la Gran Recesión. Como consecuencia de tal equidistancia intelectual, fue atacado a izquierda y derecha. La izquierda consideraba que con sus reflexiones había contribuido a domar la parte más insurgente del pensamiento keynesiano, al insertarla en el análisis neoclásico: lo que acabó llamándose la “síntesis neoclásica keynesiana”, que fue apodada por Joan Robinson (una economista que mereció el Nobel) como “keynesianismo bastardo”. La derecha se cebó en él por sus ataques inmisericordes a Milton Friedman y Friedrich Hayek, los padres del neoliberalismo, a los que consideraba culpables de lo que ha ocurrido en el planeta en los últimos años. En un artículo titulado “Adiós al capitalismo de Friedman y Hayek”, publicado en el último trimestre del año pasado, cuando todo parecía posible, escribió: “En el fondo de este caos financiero, el peor en un siglo, encontramos lo siguiente: el capitalismo libertario del laissez faire que predicaban Milton Friedman y Friedrich Hayek, al que se permitió desbocarse sin reglamentación. Esta es la fuente primaria de nuestros problemas de hoy. Hoy estos dos hombres están muertos, pero sus envenenados legados continúan”.

En uno de sus artículos finales Paul Samuelson sentenciaba “Los sistemas de mercado no regulados tarde o temprano se suicidan”. Él no se suicidó sino que vivió más de nueve décadas de enseñanzas fecundas para muchos. Por eso fue un maestro. Y por ello Kenneth Arrow, otro Nobel de Economía, le consideró “el mejor economista de la Historia”.

Paul A. Samuelson, Groundbreaking Economist, Dies at 94, by Michael M. Weinstein

In receiving the Nobel Prize in 1970, Mr. Samuelson was credited with transforming his discipline from one that ruminates about economic issues to one that solves problems, answering questions about cause and effect with mathematical rigor and clarity.

His textbook taught college students how to think about economics. His technical work — especially his discipline-shattering Ph.D. thesis, immodestly titled “The Foundations of Economic Analysis” — taught professional economists how to ply their trade. Between the two books, Mr. Samuelson redefined modern economics.

The textbook introduced generations of students to the revolutionary ideas of John Maynard Keynes, the British economist who in the 1930s developed the theory that modern market economies could become trapped in depression and would then need a strong push from government spending or tax cuts, in addition to lenient monetary policy, to restore them. No student would ever again rest comfortably with the 19th-century nostrum that private markets would cure unemployment without need of government intervention.

Remarkably versatile, Mr. Samuelson reshaped academic thinking about nearly every economic subject, from what Marx could have meant by a labor theory of value to whether stock prices fluctuate randomly. Mathematics had already been employed by social scientists, but Mr. Samuelson brought the discipline into the mainstream of economic thinking, showing how to derive strong theoretical predictions from simple mathematical assumptions.

His relentless application of mathematical analysis gave rise to an astonishing number of groundbreaking theorems, resolving debates that had raged among theorists for decades, if not centuries.

Mr. Samuelson also formulated a theory of public goods — that is, goods that can be provided effectively only through collective, or government, action. National defense is one such public good. It is non-exclusive; the Navy, for example, exists to protect every citizen. It also eliminates rivalry among its many consumers; that is, the amount of security that any one citizen derives from the Navy subtracts nothing from the amount of security that any other citizen derives.

The features of public goods, Mr. Samuelson taught, stand in direct contrast to those of ordinary goods, like apples. An apple eaten by one consumer is not available to any other. Public goods, he concluded, cannot be sold in private markets because individuals have no incentive to pay for them voluntarily. Instead they hope to get a free ride off the decisions of others to make the public goods available.

Mr. Samuelson’s resulting “synthesis” amounted to the notion that economists could use the neoclassical apparatus to analyze economies operating near full employment, but switch over to Keynesian analysis when the economy turned sour.

As a student at Chicago and later at Cambridge, Paul Samuelson had at first reacted negatively to Keynes. “What I resisted most was the notion that there could be equilibrium unemployment” — that some level of unemployment would be impossible to eliminate and have to be tolerated. “I spent four summers of my college career on the beach at Lake Michigan,” he explained. “It was pointless to look for work. I didn’t even have to test the market because I had friends who would go to 350 potential employers and not be able to get any job at all.”

Eventually he was converted. “Why do I want to refuse a paradigm that enables me to understand the Roosevelt upturn from 1933 to 1937?” he asked himself.

Mr. Samuelson said he had never regarded Keynesianism as a religion, and he criticized some of his liberal colleagues for seeming to do so, earning himself, late in life, the label l’enfant terrible, emeritus. The experience of nations in the second half of the century, he said, had diminished his optimism about the ability of government to perform miracles.

If government gets too big, and too great a portion of the nation’s income passes through it, he said, government becomes inefficient and unresponsive to the human needs “we do-gooders extol,” and thus risks infringing on freedoms.

But, he said, no serious political or economic thinker would reject the fundamental Keynesian idea that a benevolent democratic government must do what it can to avert economic trouble in areas the free markets cannot. Neither government alone nor the markets alone, he said, could serve the public welfare without help from the other.

As nations became locked in global competition, and as the computerization of the workplace created daunting employment problems, he agreed with the economic conservatives in advocating that American corporations must stay lean and efficient and follow the general dictates of the free market.

But he warned that the harshness of the market place had to be tempered and that corporate downsizing and the reduction of government programs “must be done with a heart.”

Despite his celebrated accomplishments, Mr. Samuelson preached and practiced humility.

La misión no cumplida de Bernanke, de Paul Krugman

Si queremos recibir noticias realmente buenas, alguien tiene que asumir la responsabilidad de crear muchos empleos adicionales. Y a estas alturas, ese alguien tiene que ser, casi necesariamente, la Reserva Federal.

No pretendo absolver a la Administración de Obama de toda responsabilidad. Está claro que el Gobierno propuso un plan de estímulo económico que era demasiado pequeño desde el principio y que se vio recortado aún más por los centristas del Senado. Y las medidas que el presidente Obama ha propuesto a principios de esta semana, aunque crearían un número significativo de empleos adicionales, se quedan muy cortas para lo que la economía necesita.

Gagnon insta a la Reserva Federal a ampliar el crédito comprando otros dos billones de dólares en activos. Un programa así podría contribuir enormemente a un crecimiento más rápido, sin tener prácticamente ningún lado negativo.

Así que, ¿por qué no lo hace la Reserva Federal? Parte de la respuesta podría ser política: los adversarios ideológicos del activismo gubernamental tienden a ser tan críticos con el aumento del crédito de la Reserva como lo son con el estímulo fiscal de la Administración de Obama. Y probablemente esto es lo que ha hecho que la Reserva Federal sea reacia a hacer pleno uso de sus poderes. Mientras tanto, un número significativo de funcionarios de la Reserva, especialmente en los bancos regionales, están obsesionados con el miedo a una inflación similar a la de los años setenta, que creen que acecha a la vuelta de la esquina aun cuando no hay ningún indicio de ello en los datos reales.

Pero creo que también es una cuestión de prioridades. La Reserva Federal pasó inmediatamente a la acción cuando se enfrentaba a la perspectiva de bancos destrozados; no parece igual de preocupada por la perspectiva de vidas destrozadas.

Y es de eso de lo que estamos hablando aquí. Ese paro elevado y prolongado que se adivina en las previsiones de la propia Reserva Federal es garantía de un inmenso sufrimiento humano: millones de familias que pierden sus ahorros y sus casas, millones de jóvenes estadounidenses incapaces de iniciar su vida laboral como es debido porque no hay trabajo disponible cuando se licencian. Si no hacemos que el paro baje pronto, estaremos pagando el precio durante una generación.

Así que es hora de que la Reserva Federal abandone esa complacencia, se deshaga de ese fatalismo y empiece a echar una mano para crear empleo.

Entrevista a Kofi Annan, ex secretario general de la ONU

La otra cuestión que ha quedado al descubierto es esa supuesta idea de que el mercado es el que sabe. Dejémoslo en manos del mercado: eso también ha desaparecido.

Por eso se alegraron de tener un cambio, de dar una oportunidad a Obama. Y él empezó bien, pero tiene que hacer frente a un número increíble de problemas. Quiero decir, cuando uno empieza con dos guerras y una depresión económica, en un país en el que 40 millones de personas no tienen atención sanitaria, y quiere hacer algo al respecto, no lo tiene fácil. Y las expectativas son muy altas. Hace no mucho dije que deberíamos ayudarle entre todos, y deberíamos ayudarle reduciendo esas expectativas. Pero el hecho de que consiguiera todo ese apoyo e impulsara a los jóvenes es un indicio de que existe un anhelo -no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo- de tener un buen liderazgo, la gente quiere que le lleven en la buena dirección. Existe una necesidad mundial a la que responde Obama, y deseo verdaderamente que tenga éxito; todos deberíamos desearlo, porque, si no lo tiene, la próxima vez, el péndulo oscilará en el otro sentido.

Cuando era niño, me despertaba por la mañana y veía a los mayores hablando de sus cosas y, por cómo estaban de atentos, sabía que eran cosas importantes. La regla era: si hay un problema, hay que discutirlo, hablar y hablar hasta encontrar una solución. Diálogo, paciencia, la capacidad de perdonar: éstas son las lecciones que ofrece África.

Sociedad baja en carbono, de Jordi Sevilla

Hay cosas que no son opinables. Para los 2.500 científicos del mundo agrupados en el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), y para los 192 países que firmaron en 1992 la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, el calentamiento del Planeta como consecuencia de la actividad humana relacionada con el ciclo del carbono y el exceso de emisiones de gases de efecto invernadero no es una cuestión relacionada con la libertad de pensamiento, ni un asunto de chisme o de broma: es una evidencia científica sobre la que se van acumulando pruebas a favor, predicciones cumplidas y, sobre todo, damnificados que ya empiezan a ser muchos y conocidos.

En los últimos 200 años, hemos montado en los países industrializados un sistema económico y de vida basado en el consumo masivo de fuentes energéticas ricas en carbono: carbón, petróleo, gas. Su legítima generalización al resto del planeta lanza a la atmósfera una cantidad de partículas contaminantes, en especial CO2, superior a la que ésta puede depurar, por lo que se acumulan creando un efecto invernadero que calienta la atmósfera con sus impactos conocidos sobre el clima: subida del nivel del mar, sequías, ciclones, acidificación del océano, etcétera, con una intensidad y frecuencia superior a lo que venía siendo normal sin este fenómeno.

Esto es ya un hecho irreversible: la nave espacial Tierra se está calentando hagamos lo que hagamos a partir de ahora. Por ello, estamos viendo ya efectos del cambio climático sobre poblaciones y territorios, así como sobre la salud, y por ello hay que poner en marcha medidas para mitigar los efectos que ya están teniendo lugar, así como los previsibles.

De lo que se trata en Copenhague, como antes en Kyoto, es de elaborar estrategias eficaces que limiten los daños a algo controlable: una subida tope de dos grados centígrados de media, que se puede obtener, según el consenso científico, con un máximo de emisiones de 450 partes por millón. Alcanzar estos objetivos exige disminuir la cantidad la CO2 lanzada a la atmósfera mediante tres mecanismos esenciales: reduciendo las emisiones globales, ensanchando los espacios naturales de sumideros de CO2 (áreas forestales) y capturando emisiones y enterrándolas adecuadamente.

Dado que existe tecnología suficiente para lograr los objetivos fijados hasta 2020 deben arbitrarse mecanismos que permitan su generalización a todos los sectores y países, lo que lleva asociado el problema de las transferencias de dicha tecnología a zonas atrasadas en condiciones más favorables que las del mercado. Pero además, hace falta un fuerte esfuerzo inversor en nuevas tecnologías que permita dar el siguiente salto reductor en 2050.

Estamos, por tanto, ante un problema de coste y su reparto y otro tecnológico en su doble faceta, difusión e investigación nueva. Pero con una única idea clara: si no queremos que las repercusiones del cambio climático se descontrolen con un coste social y económico muy superior, el futuro deberá construirse sobre una sociedad que utilice menos el carbono.

Estamos, pues, ante una cuestión transversal que afecta a nuestra manera de producir, consumir y vivir requiriendo una respuesta coordinada tanto de las empresas como de las administraciones, diseñando, por ejemplo, las nuevas ciudades sostenibles con emisión cero de CO2, los investigadores y los financieros que deben crear mecanismos que aseguren dinero suficiente para todos estos cambios.

Y me atrevo a decir que eso es así, pase lo que pase en Copenhague, porque la responsabilidad de dar una respuesta global a un problema creado por nuestro sistema actual de vida no es en exclusiva de los gobiernos allí representados. Es mucho lo que las grandes empresas internacionales están haciendo y apoyando bajo el manto de Naciones Unidas o de otras estructuras mundiales. Por ejemplo, a iniciativa del premier británico, Gordon Brown, más de 100 CEO’s de grandes empresas de varios sectores de actividad, junto a 200 expertos académicos y gubernamentales, han trabajado un año en el marco del World Economic Forum para elaborar un documento de sugerencias que en base a una colaboración público-privada permitan construir una arquitectura de respuesta de abajo arriba en asuntos como las inversiones, la eficiencia energética, las nuevas tecnologías adecuadas a un crecimiento cero en emisiones así como en transformaciones en el sistema energético con el objetivo de transitar hacia una economía baja en carbono.

Pero todavía es más lo que se debe hacer desde la sociedad civil española, incluyendo un posicionamiento activo de la industria y de las empresas -fundamental para transformar la lucha contra el cambio climático en una gran oportunidad de negocio que puede ser muy rentable y, además, sostenible, es decir, con cero emisiones- junto al de organizaciones sociales y sindicales.

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