La Cámara de entrometidos arrogantes, de John Stossel
One, Two, Three…, de Fernando Suárez
The dilemma for the dollar, by Paul De Grauwe
La Cámara de entrometidos arrogantes, de John Stossel
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The dilemma for the dollar, by Paul De Grauwe
¿Vivimos mejor sin el comunismo?, de Isaac Rosa
Un avance en la Reforma Sanitaria, de Darío Valcárcel
América europea, de Xavier Vidal-Folch
El conflicto de clases mundial, por Vicenç Navarro
Conozco bien EEUU (donde he vivido más de 40 años) y hay que ser conscientes de que en aquel país hay clases sociales que están en conflicto. Hay una lucha de clases (además de razas) de enorme intensidad y crueldad (la esperanza de vida de un trabajador no cualificado es menor que la de una persona de la clase media alta en Bangladesh, uno de los países más pobres del mundo).
Economistas curiosos y demagogos contra la crisis, por Juan Ramón Rallo
How Green Are Your Nukes?, by Ronald Bailey
Memento y la ética de la libertad, de Albert Esplugas
El funcionariado sale caro, de S. McCoy
The Writing on the Wall, by Bryan Caplan
Los piratas y la problemática del derecho, por José María Ruiz Soroa
Jordi Sevilla reivindica a Marx, por Fernando Díaz Villanueva
Educación para la Ciudadanía, la Empresa y el Estado
Blog de una prostituta, por Albert Esplugas
Sube el paro, pero ¿cuánto?, por Roberto Centeno
El paro real en Estados Unidos es del 17,5%, por S. McCoy
Sin clima de acuerdo, para variar, por George Will
New York Times “Celebrates” the Fall of the Berlin Wall
Are Women Picky?, by Robin Hanson
Joaquín Estefanía, Dos utopías regresivas
Tear down this wall! And save the planet, by Mikhail Gorbachev
Obama hace historia, editorial en El País
Según Juan Manuel de Prada, sobre la sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo que ordena la retirada de los crucifijos de las aulas, “detrás de esa retirada está el suicidio de Occidente”. Claro, quitamos un símbolo religioso particular de un espacio público y nos estamos suicidando.
Ha sido “victoria de la más feroz de las tiranías, que no es otra que aquélla que despoja a los seres humanos de su capacidad de discernimiento moral”. ¿Así que los seres humanos tienen capacidad de discernimiento moral sólo si los crucifijos permanecen en las aulas públicas?
Al parecer se trata de un “expolio de lo que es constitutivamente humano”: efectivamente, la fe religiosa es muy humana; pero eso no la hace verdadera ni útil (esto último dependerá de sus contenidos). Además a nadie le están expoliando nada, por muy tremendos que se pongan.
La nueva tiranía no actúa reprimiendo la conciencia moral, sino desembridándola, de tal modo que sus sometidos dejan de regir su conducta por la capacidad de discernimiento, dejan de ser propiamente humanos, para guiarse únicamente por la satisfacción de sus intereses y caprichos. Y la nueva tiranía, ataviada con los bellos ropajes de la libertad, otorga a esos intereses el estatuto jurídico de «derechos», sin importarle que sean intereses egoístas o criminales; porque en la protección de tales intereses la nueva tiranía ha encontrado el modo de mantener a sus sometidos satisfechos. Ya no son hombres, sino bestias satisfechas, porque han extraviado la capacidad para discernir lo que es justo y lo que es injusto; pero las bestias satisfechas en sus intereses y caprichos egoístas o criminales, además de adorarse a sí mismas, adoran a quien les permite vivir sin conciencia, pues si alguien les devolviera la capacidad de discernimiento la vida -su vida infrahumana- se les tornaría insoportable.
Claro, sólo la fe religiosa puede “embridar” la capacidad de discernimiento moral. Los agnósticos y los ateos son peligrosos inmorales capaces de cualquier crimen, impropiamente humanos que sólo quieren cumplir sus caprichos sin obedecer a las órdenes del más allá, bestias infrahumanas satisfechas sin discernimiento, que después de dejar de adorar a las divinidades no han decidido no adorar nada ni nadie sino mirarse mucho el ombligo.
Y ésa es la razón por la que la nueva tiranía ordena la retirada de los crucifijos: constituyen un recordatorio lacerante de que hemos dejado de ser propiamente humanos. Nos recuerdan que nuestra naturaleza caída fue abrazada, acogida, redimida, perdonada por aquel Cristo que murió colgado de un madero. Pero la noción de redención, como la de perdón, exigen una previa capacidad de discernimiento moral; exigen un juicio sobre la naturaleza de nuestros actos. Y cuando alguien se niega a juzgar sus actos, por considerar que están respaldados por una libertad omnímoda, la presencia de un crucifijo se torna lesiva, agónica y culpabilizadora. Y lo que la nueva tiranía nos promete es que podemos vivir sin ser redimidos ni perdonados, que podemos vivir sin culpa ni agonía; esto es, sin lucha con nuestra propia conciencia, por la sencilla razón de que hemos sido exonerados de tan gravosa carga. La nueva tiranía nos promete que todo lo que nuestra naturaleza caída apetezca o ansíe será de inmediato garantizado, protegido, consagrado jurídicamente; lo mismo da que sean meros caprichos de chiquilín emberrinchado que crímenes infrahumanos como el aborto. Frente a esta promesa de libertad omnímoda, el crucifijo aparece entonces a los ojos de esos hombres convertidos en bestias como una oprobiosa cadena: les recuerda que han renunciado a su verdadera naturaleza; les recuerda que esa naturaleza a la que han renunciado era su posesión más preciosa; les recuerda que Dios mismo entregó su vida por abrazarla. ¡Afrentoso recordatorio!
Nuestra naturaleza caída, esa que no evolucionó desde formas de vida anteriores, sino que fue expulsada de su situación paradisíaca. Porque la moralidad no puede explicarla la ciencia: no existen, por ejemplo, “Moral minds”, de Marc Hauser, o “The science of good and evil”, de Michael Shermer. Sólo los creyentes de una fe concreta, la católica, apostólica y romana, pueden juzgar correctamente sus propios actos: y los demás no sentirán ni culpa ni agonía.
¡Lo verdaderamente natural es lo sobrenatural!
Bad climate for global worriers, by George F. Will
Beware Inward Apologetics, by Robin Hanson
We can signal loyalty to a group by showing our confidence in its beliefs. And our ability to offer many reasonable arguments for its beliefs suggests such confidence. But sometimes we can show even stronger loyalty by showing a willingness to embrace unreasonable arguments for our group’s beliefs. Someone who supports a group because he thinks it has reasonable supporting arguments might well desert that group should he find better arguments against it. Someone willing to embrace unreasonable arguments for his group shows a willingness to continue supporting them no matter which way the argument winds blow.